LOS GIROS DEL DESTINO Por Laney Traducido del francés por Yue-chan Capítulo V -¡Louise! ¡Joseph! ¿Qué traman nuevamente? Con los puños sobre las caderas, y fingiendo estar furiosa, Mme Martin se acercó a los niños y escuchó sus explicaciones. Eran casi las doce, y tardaban en preparar la mesa del comedor para los clientes del hospedaje. El muchachito salió de la cocina y respondió: -Nos propusimos ayudar a nuestra invitada. Tu sabes que todavía se encuentra débil, mamá. La hospedera no pudo dejar de sonreír ante la solicitud y la gentileza de su hijo. Ella murmuró: -Muy bien Joseph, ¿pero le preguntaste si ella necesitaba ayuda? -No se preocupe, Mme Martin. Vuestros hijos son encantadores- afirmó una alta mujer rubia, que secaba los cubiertos antes de entregárselos a Louise. Luego se quitó el delantal y preguntó: -¿Si os molesta entonces me retiro? Iré a mi habitación. -De ningún modo. Descansa, te lo mereces. -Gracias. Bajaré mas tarde para ocuparme de la vajilla. Gabrielle Martin asintió con la cabeza como signo de agradecimiento, y terminó de ayudar a sus hijos a poner los cubiertos. Por su parte, la rubia joven se encerró en su habitación. Una horrible migraña le hacía estallar la cabeza, y tenía una gran necesidad de descansar. Por eso no había hecho gran cosa a lo largo de la mañana... Solamente había desempolvado los muebles del comedor y secado los cubiertos para el almuerzo. Se recostó cuidadosamente sobre la cama y contuvo un gesto de dolor. Todavía le dolía la espalda, y el menor de sus gestos era un esfuerzo inconmensurable para sus músculos. La joven suspiró. No había salido de su estado comatoso sino después de una semana, y soportaba ya cada vez menos su condición. Todavía estaba indispuesta y casi lisiada. "No puedo hacer nada para hacerme útil aquí... Y estas personas tan simpáticas y cariñosas que me acogen en su hogar... no sé como expresarles mi gratitud. Se han ocupado tanto de mí... yo, que me he convertido un despojo..." Cerró los ojos y trató de relajarse. No se sentía siempre a gusto en ese hospedaje. Su incapacidad para realizar las labores más simples como la cocina o incluso el lavado de la ropa la hacían sentir mal. Tenía la impresión de haberse convertido en una carga adicional para esa valerosa familia, que procuraba justamente no caer en la miseria más obscura. Pasó sus brazos por debajo de la nuca y trató de reflexionar. Cuanto más días transcurrían, más tenía la certeza de no haber conocido ese lugar. No era por desagrado, solo un desconcierto del que había hecho mal en deshacerse. Cuando Mme Martin le había alistado gentilmente algunas ropas que le pertenecían, de cuando era mas joven, se sorprendió por no sentirse cómoda en esas ropas, unas faldas compradas a bajo precio. La hospedera había entonces dicho riendo que la rubia joven debía tener el hábito de llevar pantalones. Luego, agregó con un tono más penoso que su protegida vestía un uniforme cuando los esposos Martin la habían encontrado en el bosque. Fue a partir de esta observación, en apariencia insignificante, que todo había comenzado. Gabrielle Martin le preguntó por qué llevaba ese uniforme azul. Para gran sorpresa de todo el mundo, la rubia joven no había podido responder a esa pregunta. Tampoco sabía por cual razón había sido salvajemente agredida en el bosque. Abrió lentamente los ojos y frunció el ceño. Le era muy difícil imaginar lo que debió haber experimentado mientras su agresor se ensañaba con ella. No guardaba ningún recuerdo de su pasado. Golpearon tres veces la puerta. La joven se levantó penosamente y recibió a Mme Martin con una débil sonrisa. La hospedera inmediatamente se alarmó: -¿Ocurre algo? -Intentaba recordar cualquier cosa. Veo algunos rostros, pero nada significativo por el momento. -... -Espero recuperar la memoria los más rápido posible. Sé muy bien que soy una carga para ustedes. -¡En absoluto! -Mme Martin se ofuscó-. Todo lo que queremos es tu bienestar. Puedes quedarte aquí todo el tiempo que desees. La joven rubia se levantó y se acercó a la ventana, con aire pensativo. La hospedera se asombró una vez más de la gracia con la que su protegida se desenvolvía, a pesar su estado. "No debe ser de este mundo..." -Quizá debería salir un poco más para encontrar lugares que me sean familiares. -¡No puedo dejarte salir sola! -No se inquiete, madame. Esperaré recuperar fuerzas antes de aventurarme afuera, se lo prometo. -Bien. Venía a decirte que el almuerzo finalizó. Si todavía quieres ocuparte de la vajilla, tengo algunos asuntos que hacer esta noche. -Cuente conmigo. Ambas descendieron juntas a la cocina, y la joven empezó a lavar los platos. Mientras preparaba su cesta, Mme Martin la observaba sin que se diera cuenta. Era evidente que su protegida nunca había tocado una esponja en su vida. Sin embargo la dejó hacerlo para no molestarla. Se daba cuenta de que no debía ser fácil perder toda una vida de un solo golpe y sentirse inútil. Y con el ánimo tranquilo se puso en camino hacia el pueblo. Después de haber terminado con la vajilla, la joven visitó las habitaciones del hospedaje para constatar que se encontraba sola. Los niños habían acompañado a su madre, mientras que M. Martin se encontraba de caza. En cuanto a los clientes, no estaban a la vista, debían haber salido igualmente. Volvió a su habitación e intentó ponerla en orden. La pieza no estaba desordenada, pero su habitante deseaba ocuparse el ánimo. Cuando tomó su uniforme azul, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Se deslizó hasta su cama y se dejó caer, aferrándose con firmeza a la vestimenta. Seguramente había sido soldado... esta constatación la sumergió en una incertidumbre. Tocó la tela con la punta de los dedos, lo que desencadenó un torbellino de imágenes en su cabeza. Parecía hablar a soldados, vestidos de forma diferente a ella. ¿Quizá había sido su jefe? Uno de ellos, que llevaba una suerte de pañuelo rojo alrededor del cuello, se le resistía. Otro se aproximaba a ella y la tomaba del brazo para calmarla. El corazón de la joven se estremeció. Era nuevamente aquel hombre de cabello oscuro, con maravillosos ojos verdes. Lo veía frecuentemente en sus sueños. ¿Por qué siempre se sobresaltaba cuando aparecía? Todavía le parecía escuchar la conversación que había tenido con el doctor Dupont: -Vuestra amnesia es leve, ya que podéis recordar algunos rostros. -Es posible, pero no puedo darles un nombre. Incluso no sé cual es el mío- respondió con amargura. -Ya lo hará. Necesita tiempo y una chispa para explicarlo todo. No sé que más aconsejarle sino concentrarse en las personas que ve, y de ubicarlas en su contexto. -Su contexto -murmuró- todo eso es muy bello, pero no lo consigo.- Colocó el uniforme a un lado y observó por un largo rato los lazos dorados del cuello, las manchas en las partes desgarradas, la chaqueta casi hecha jirones. Las lágrimas se asomaban a sus ojos. "Alguien me detesta tanto que... ¿Dios mío, qué he hecho para merecer esto?" De repente una idea le inundó el espíritu. M. Dupont le había dicho que había perdido mucha sangre, y que había logrado permanecer aún viva. "Algo me retuvo... he luchado por permanecer viva... he luchado por algo... ¿o alguien?" El rostro del hombre con ojos color esmeralda colmó nuevamente su espíritu. "Sería... ¿por él? Pero entonces, ¿dónde está? ¿Por qué no me ha buscado?" A pesar de estas amargas ideas, sabía que había dado un gran paso en su camino a recuperar la memoria. Observó sus muñecas y se juró encontrar a su agresor. "Va a pagar por lo que me ha hecho... me ha robado mi vida..." Después de un rato, con un humor menos terrible, cerró la ventana de su habitación y salió del hospedaje. ¡Aquella temporada del año hacía tanto bien! Miró alrededor de ella. Se sintió revivir cuando su mirada se posó en un ramo de rosas rojas. Se acercó y se impregnó del dulce perfume de la flor. "Las rosas... adoro tanto las rosas..." Supuso que las debía haber tenido en el lugar donde en otro tiempo vivía. Como un relámpago vio una inmensa rosaleda, cercana a un gran caserón... que perecía un château. "Un château... ¿vivía en una de esas bellas residencias?" La joven concluyó entonces que debía ser noble. ¡En ese caso, su familia debería poseer los medios para buscarla! ¿Por qué no la habían encontrado? "Todo mundo piensa que estas muerta" dijo una suave voz en su cabeza. "Es la única explicación." En efecto, Mme Martin le había relatado como su marido y ella la habían encontrado. Ellos también creyeron que era demasiado tarde para ella. Alejó esos deprimentes pensamientos y se dirigió hacia la pequeña caballeriza que orgullosamente se erigía cerca del huerto. Sólo un caballo la ocupaba por el momento, probablemente era de M. Dupont. La joven se acercó al animal y lo acarició por un rato. ¡Se sentía tan bien en ese instante! Repentinamente sintió un gran deseo de cabalgar y recorrió con la mirada la caballeriza en busca de un sillín. Al encontrarlo, lo colocó sobre el lomo de la montura y frunció el ceño. ¿Cómo se colocaba el sillín a un caballo? -Dejadme hacerlo, mademoiselle. Se volteó rápidamente y suspiró con alivio al ver a M. Martin, quien se encontraba cerca de la puerta de la caballeriza: -Gracias. No sé por qué, pero la idea de galopar es tan tentadora. -¿Es muy razonable en vuestro estado? Mi esposa no me lo perdonaría si le ocurriese algo. -¡En ese caso le diría que es completamente mi culpa! Se lo suplico, concededme este favor. El tono de la mujer era tan suplicante que el hospedero no pudo rehusarse. Así cabalgó por más de una hora. Sabía perfectamente como mantenerse en la montura, y tenía los gestos precisos de alguien habituado a llevar a galope a su caballo. "Debo estar habituada a los caballos ya que soy soldado... Dios mío, daría todo por recuperar mi anterior vida..." Cuando volvió, fue recibida por una Gabrielle Martin carcomida por la angustia. Luego de haberla tranquilizado por su salud, la joven se dirigió directamente a su habitación para reposar. Cerró rápidamente la puerta y se desplomó sobre el duro piso de madera, completamente agotada. Su tez era pálida y su respiración jadeante. Por supuesto que se había sentido perfectamente bien durante el transcurso de su paseo, pero pagó las consecuencias a un precio muy alto. A duras penas se lavó y acostó. No respondió al llamado de la hospedera, que vino a buscarla para cenar. -Oh, es tan horrible. Lo siento, Aristide. ¿Quieres que haga algo? -No, gracias Gabrielle. Germaine ya ha preparado todo. La ceremonia empezará a las tres de la tarde. Con el corazón destrozado, Mme Martin observó partir a su hermano. La rubia joven, que descendía bostezando por las escaleras justo cuando el pobre hombre partía, se acercó a la hospedera y le preguntó: -¿Qué ocurre? -Es mi sobrina de cuatro años. Marianne. Ella se ahogó ayer por la tarde. Incapaz de decirle algo más, un nudo en la garganta por las lágrimas, Mme Martin corrió a encerrarse en el comedor. En cuanto a la joven, ella permaneció inmóvil en su lugar. "Qué tragedia" murmuró. "Morir tan pequeña... es terrible..." Había perdido el apetito. Renunció a su desayuno y regresó a su habitación. Curiosamente, esta historia del ahogamiento le evocaba algo... "¿Pero qué?" Trató de concentrarse pero perdió la paciencia rápidamente. Se puso un vestido y un delantal, y regresó a la cocina. Al llegar a la inmensa pieza, examinó su reflejo sobre una gran olla y contuvo un grito de disgusto. Decididamente no se parecía a nada con un vestido... Sin embargo sus moretones habían desaparecido, y su piel había recuperado la blancura de la leche. Sus cabellos dorados estaban atados sobre la nuca con una cinta rosa. "Detesto ese color..." Empezó con la vajilla del desayuno, el ánimo taciturno. No dejaba de pensar en el pasado que intentaba desesperadamente reconstruir... "Si era soldado, eso quiere decir que había conseguido desbaratar los controles de la armada... ¿Cómo no habrían notado que yo era una mujer? Sus pensamientos fueron interrumpidos por la llegada de Louise y Joseph, ambos bañados en lágrimas. Se aferraron a ella sollozando: -Marianne... nuestra prima... Embargada por la compasión, la joven enjuagó sus manos y los tomó a ambos entre sus brazos. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no mezclar sus lágrimas con las de aquellos pequeños y débiles seres que la vida había lastimado profundamente por primera vez. Los niños pasaron toda la tarde en su habitación, sin hacer el menor ruido. La rubia joven había aprovechado para estirarse un poco y descansar; todavía no se había recuperado de su paseo a caballo en la víspera. Terminó cayendo en un sueño profundo. Durante su sueño vio una orilla centelleante, la hierba verde y suave. Escuchaba risas de niños, luego de repente alaridos. Un pequeño niño de cabellos marrones y ojos verdes, de 5 o 6 años, batía frenéticamente los brazos en el agua, animado por una niña rubia con mirada de zafiro de la misma edad que él. Después de un rato la calma volvió, y los niños salían del agua, presos de un gran pavor. Empezaron a conversar, pero sus voces parecían tan lejanas que casi no se podían oír. La joven se despertó bañada en sudor, las sábanas adheridas a su húmeda piel. Llevó sus manos a la cabeza e intentó comprender lo que había visto. Ahí estaba el por qué esa historia del ahogamiento le era familiar... Ella misma había estado a punto de ahogarse siendo muy joven. "Pero entonces, ese niño... ¿era posible que se hubiese convertido en el hombre a quien su memoria era más fiel? En ese caso, nos conocemos desde hace mucho tiempo..." El corazón se le salía del pecho. Su memoria volvía poco a poco... Segura de esta evidencia, se levantó alegremente y volvió a la habitación de los niños, pues la puerta estaba abierta. La sonrisa se desvaneció de su rostro. Los Martin habían regresado, y hablaban en voz baja con Louise y Joseph. Todos tenían un semblante preocupado, y nadie se dio cuenta de la presencia de la joven. Decidió dejarlos solos. No sabiendo que hacer, bajó a la cocina y se puso a buscar un libro de recetas. Quizá podría cocinar esa tarde en lugar de Mme Martin. Cuando apenas había encontrado lo que buscaba, la hospedera entró en la habitación. Con un tono algo incómodo la joven le preguntó: -¿Deseáis que me ocupe de la cena esta noche? -No, sois muy gentil. Debo hacer algo, sino me volveré loca. -Por supuesto puedo ayudaros -osó nuevamente la joven. -Si, está bien. Toma, prepara entonces tres tazas de chocolate. Los clientes los han ordenado. Ella lo hizo. Algunos instantes más tarde, colocó con orgullo las humeantes tasas sobre la bandeja diciendo: -¡No era muy complicado! -Debo confesar que estoy sorprendida -respondió Mme Martin sonriendo por primera vez en el día-. Te lo agradezco. ¿Puedes servir a los clientes? -Por supuesto. Nunca lo he hecho pero no debe ser difícil. ¿A quién debo servir? -Hay sólo tres clientes en el comedor. Me sorprende que no hayan pedido alcohol, no será su costumbre. Me dijeron que era a causa del tiempo. -Reconoced que empieza a hacer frió -remarcó la joven tomando la bandeja. La llevó con cuidado hasta el comedor. Cuando arribó, se hizo silencio en la habitación. Los tres hombres detuvieron su conversación, guardaron sus naipes y se frotaron las manos al pensar en la bebida que los iría a calentar. Pero la joven se quedó inmóvil. Un asfixiante malestar se apoderó de ellas, y dejó caer la bandeja. El humeante chocolate le quemó ligeramente las piernas y salió precipitadamente de la habitación, empujando a su paso a Mme Martin que se acercaba para ver lo que ocurría. Se encontraba ante el umbral de la entrada de la posada, y empezó a vomitar. Continuará...