LOS GIROS DEL DESTINO por Laney Traducido del francés por Yue-chan Capítulo IV -¡Un trago, un trago es lo que necesitamos! -cantaba Alain, de los Guardias Franceses.- ¡Hey tabernero! ¡Sírvanos un poco más de ese excelente vino! El tabernero sonrió, y les señaló las botellas colocadas de forma evidente sobre la barra: -¿No crees que ya has tenido suficiente por esta noche, soldado? -¡Vamos, no me vas a privar de eso! Mira a los otros por allá: los pondría verdaderamente tristes que no tengas a bien ofrecerles de beber también a ellos. Su voz parecía amenazante, pero el tabernero estalló en risas: -¡Sírvete pues, si eso te place! ¡Pero no me ocuparé de ti si te desplomas ante la puerta de mi taberna! -No lo hagas -respondió Alain con un tono alegre. "La bonne table" era la taberna preferida de los Guardias Franceses. La mayoría de las veces, después de haber vaciado el contenido de más de media docena de botellas, estallaba una gran batalla donde se involucraba todo el mundo. -Y dime Alain, este va a ser nuestro paseo de guardia. Deberíamos partir -le dijo un soldado con aire cansado. -Está bien Jacques, pero dame un momento para terminar esta copa -le respondió suspirando.- ¡Cuando hay que partir, hay que partir! Después de algunos minutos, los dos hombres se levantaron bajo los abucheos de sus camaradas. Alain no se molestó por ello y abrió la puerta de la taberna gritando: -¡Diviértanse muchachos! ¡Veremos en que estado se encontrarán mañana por la mañana! Cuando se volteó para ver las reacciones de los otros soldados, de repente se paralizó: no se había dado cuenta que un soldado de los Guardias Franceses estaba sentado, solo, en un rincón oscuro junto a una ventana. -Oh no -murmuró.- Jacques, -dijo en voz alta- parte primero, yo te alcanzo. -Pero Alain... -¡No discutas! El soldado cumplió la orden de mala gana. Alain atravesó la sala ignorando las observaciones de sus camaradas, y se acercó al soldado que estaba sentado a la mesa, solo, delante de una botella de vino. -¿Por qué permaneces en ese rincón así? Siéntate con los otros. -Pienso. Alain sacudió la cabeza y se sentó cerca del soldado: -¿Por qué no has venido al cuartel en estas últimas semanas? Te hemos buscado por todos lados. Qué buen susto, pero ¿dónde has estado André? El otro tomó la botella y bebió un gran trago de vino, antes de responder con una voz patética: -Tenía la intención de ir hoy. Ves, hasta me puse el uniforme. Pero finalmente, no me sentí capaz y preferí dar un paseo. -No me has dicho nada a cerca del Coronel. ¿Has renunciado a encontrarlo después de todo este tiempo? André lo miró y dijo con un suspiro: -Ella está muerta. Es decir... eso parece... Alain lanzó una mirada a la botella, luego a André, y dijo con un tono vacilante: -Creo que has bebido mucho, viejo. ¿"Ella" esta muerta? Pero eso no tiene ningún sentido, el Coronel Oscar de Jarjayes no es una mujer. -Puedo jurarte que sí. Siguieron largos minutos de silencio. Alain no podía creerle a su amigo. Era tan... ¡increíble! ¿Cómo una mujer habría podido servir en la armada? Pero recordó el comportamiento de André cuando alguien hacía alusión al Coronel... un comportamiento que Alain nunca había logrado comprender. Entretanto André prosiguió: -El General de Jarjayes organizó los funerales de su hija. Aquella fue una jornada horrible, en todo el sentido del término. Yo mismo intenté acabar con mi vida aquel día. Alain tuvo cuidado en escoger sus palabras: -Escucha, todo esto me parece extraño. No te hemos visto durante varias semanas, de repente apareces en esta taberna y me dices cosas... ¡extraordinarias! ¿qué has hecho durante todo este tiempo? Su compañero suspiró y tomó nuevamente la botella de vino. La examinó por largos minutos, luego la lanzó a través de la ventana abierta diciendo: -Ya no sé verdaderamente. Me convencí por sobre todo que ella me esperaba en algún lugar. Fue por eso que traté de encontrarla. -Bueno es suficiente, te llevo a casa. -¿A casa? No tengo hogar desde que Oscar no se encuentra más a mi lado. De ahora en adelante nada será igual. -Estoy harto de tus tonterías, ¿conforme? Me voy, estoy de guardia esta noche. Alain vistió nuevamente su chaqueta, pero un rumor apenas audible le impidió partir: -Te lo suplico... debo hablar con alguien... si supieses cuan mal me siento... Alain volteó, y se dio cuenta con gran sorpresa que André estaba llorando. Alarmado, se sentó nuevamente a su lado y murmuró: -Muy bien, te escucho. -No. Aquí no. Arribaron más tarde a las cerrada verjas del château de los Jarjayes. -André, no sé si es una buena idea el... -No te inquietes, no hay nadie aquí. La servidumbre se ha ido, y el General está en Inglaterra en compañía de sus hijas y de mi abuela. Es ella quien nos crió a Oscar y a mí. Una vez en le salón, André encendió el fuego e invitó a Alain a sentarse. Respiró profundamente y le contó todo: su infancia con Oscar, los sentimientos que probaba por ella desde la primera vez que la vio, la Guardia Real, los Guardias Franceses. Cuando terminó su relato Alain murmuró: -Era eso entonces... ya me decía que había algo muy extraño acerca de ese Coronel... una mujer... André movió la cabeza y su compañero prosiguió, elevando la voz: -Y ahora, su desaparición. ¿Dónde ha sido llevado su féretro? -No lo sé y no quiero saberlo. De lo único que estoy seguro, es que ella no está muerta. -Espera un minuto, me has hablado de sus funerales, y... -Te he dicho también que todo aquello fue una jornada insensata. El féretro estaba vacío. Alain levantó la mirada: -Ya no entiendo nada... -En fin, había al menos algunas cosas: los trozos de su uniforme, por ejemplo, y... pedazos de carne blanca. Cuando llegamos al bosque, todo estaba completamente bañado por un mar de sangre seca. -¿Cómo puedes estar seguro que... los trozos de tela azul provenían de su uniforme? -Los cabellos rubios estaban mezclados con sangre -respondió André tratando de dominar su temblorosa voz-. Y encontramos delgados jirones de tejido dorado, lo que nos hizo pensar que provenían del cuello del uniforme. Alain recibió en silencio estas revelaciones. Luego dijo: -Ahora entiendo lo que querías decir con "insensato". El General organizó unos funerales que no tenían por qué haberse realizado, solamente para rendir honores a su hija. Ah, esos nobles... ¿Al menos ha aceptado la desaparición del Coronel? -Se volvió loco al ver todo eso. La sangre, los cabellos rubios... No lo pudo soportar, y se convenció de que Oscar estaba muerta. Según él su agresor la transportó a otra parte. Se dio cuenta que no podía raptarla, supongo que ella debió defenderse con todas sus fuerzas... Entonces él la asesinó en ese lugar. Luego ocultó su cadáver en algún otro lugar. La teoría de Monsieur de Jarjayes puede confirmarse, hemos encontrado largos rastros de sangre sobre la hierba, como si ella hubiese sido arrastrada. -Pero tú no crees que ella esté muerta. Te rehúsas a admitirlo. -¡No hay nada que admitir, Alain! ¡Oscar está viva, estoy convencido de ello! -¿Tienes la menor idea de lo que dices? André sacudió la cabeza: -No, pero lo sé. Lo siento, ¿no puedes entenderlo? -Entonces ¿por qué intentaste suicidarte? ¡Eso me dijiste en la taberna! -Estaba desesperado en ese momento. No había comprendido que los indicios que teníamos en ese momento no hablaban. Tomé entonces el arma del General y la apoyé sobre mi sien. El problema fue que no estaba cargada. -Y bendito sea, ¡llegaste muy lejos! ¡Maldición André, habrías cometido un gran error si te hubieses suicidado! -Estoy seguro que es un signo. Era como si... Oscar estuviese conmigo y hubiese detenido mi acción... como diciéndome "no lo hagas". Alain se levantó y se estiró un largo rato: -¿Qué piensas hacer ahora? -Después de algunas semanas intenté buscarla, sin éxito. Estaba verdaderamente al límite cuando me encontraste esta noche, ¡pero ahora me siento listo a cruzar las montañas! ¡La encontraré! -¿Me necesitas? -preguntó Alain sonriendo, feliz de ver nuevamente el buen humor sobre el rostro de su compañero. -No, continua ocupándote de la Compañía. Sólo te pido que no le digas a nadie que Oscar puede estar viva. Todo mundo la cree muerta. André lo acompañó hasta las rejas de la propiedad y después de semanas, por primera vez, aquella noche su sueño no fue agitado. Al día siguiente, muy temprano, se puso en camino. Esperaba dilucidar el misterio de la desaparición de Oscar, y fue directamente al bosque para buscar nuevos indicios. Sabía muy bien que sus oportunidades eran mínimas, pues ya que habían transcurrido varias semanas desde que habían perdido el rastro de Oscar. Por el momento no habían otras pistas que investigar. André amarró las riendas de su caballo a un árbol, y avanzó lentamente a través de la espesa cobertura verde. Más se adentraba, más una emoción que difícilmente podía contener amenazaba hacerse presente. Sintió su corazón estremecer a la vista de la pequeña rivera que se deslizaba apaciblemente, y se detuvo a pensar: "cuánta tranquilidad... y pensar que este lugar ha sido testigo de un intento de homicidio...". Ciertamente no creería en la muerte de Oscar sino hasta ver su cadáver. A estas palabras, un escalofrío recorrió su espalda, y se juró encontrar a la joven, pero viva. Cuando se acercaba a la rivera, escuchó unos pasos. Dio rápidamente media vuelta y se ocultó detrás de un árbol de tronco grueso. Intrigado, vio a tres hombres avanzar cerca de la rivera, y sentarse descuidadamente sobre la tierna hierba. Uno de ellos gritó de repente: -¡En todo caso fue perfecto! ¡Te has desenvuelto como un jefe, Marcel! -Es posible, pero te recuerdo que había asesinado a uno de los nuestros. Y eso, no creo que Saint-Just pueda algún día perdonarle, aun si ya está muerto. André no podía creer lo que escuchaba. ¿Era posible que estuviesen hablando de Oscar? Saint-Just... el joven no ignoraba la profunda aversión que aquel sentía hacia Oscar. Entretanto el denominado Marcel proseguía: -Era el lugar ideal. Se hacía el altanero al principio, pero cuando le di el golpe de gracia, perdió su seguridad. Estaba sangrando... sólo sus grandes ojos azules tenían aún la fuerza para expresar su cólera. ¿Ven esos rastros por allá? Yo lo arrastré hasta esta rivera para sumergirlo en el agua, finalmente, cuando vi que respiraba aún, preferí darle una muerte más lenta que un simple ahogamiento. La sangre de André se heló en sus venas. Entonces eso fue... ese canalla había intentado asesinar a Oscar... y de un forma evidentemente horrible. Sus temores fueron confirmados cuando Marcel agregó: -¡Le corté las venas de las muñecas a ese pequeño Coronel de pacotilla! Y créanme, ahora debe estar pataleando de rabia, mientras se asa en el infierno. Sus dos cómplices estallaron en risas junto a él. André, por su parte, estaba paralizado de asombro y horror. Su pobre Oscar... ¿cómo habría podido sobrevivir a todo eso? Por primera vez en varias semanas, dudó... ¿y si Oscar estaba muerta? Todo concordaba. El único problema que quedaba era... su cadáver. André se apoyó contra el árbol y trató de asimilar lo que hacía poco había descubierto. "Dios mío, no es posible... no puede estar muerta... eso no puede ser posible..." El joven levantó sus empañados ojos hacia los tres hombres que continuaban su conversación. Pensaban que el cadáver de Oscar había sido devorado por algún animal, y estaban convencidos que debían destruir los eventuales indicios que, ciertamente, aún se encontraban en el lugar. "No se los voy a permitir..." -¡No hay nada aquí! Después de todo este tiempo... Vengan, regresemos. ¡Oh! Pero qué... André se abalanzó sobre ellos con una gruesa rama en la mano, gritando de rabia y de dolor. Desconcertados, los tres hombres intentaron protegerse como podían. Pero ellos no llevaban armas, y fue en un lamentable estado que pudieron huir lejos de la cólera de André. "Los encontraré... Lo juro..." Vencido por los nervios, el joven se dejó caer sobre la verde hierba, todavía manchada en algunas partes. Apoyo sus ensangrentados labios sobre la manga de su camisa, consecuencia directa de un puñetazo que había recibido en el rostro. Pero eso no era lo que le causaba más dolor. Todas sus esperanzas de encontrarla habían desaparecido. Nunca encontraría a Oscar... Una comezón, como nunca había sentido, se apoderó de las comisuras de sus ojos. Pero esta vez, dejó que las lágrimas de sufrimiento y desesperación rodaran libremente a lo largo de sus ardientes mejillas. Continuará...