LOS GIROS DEL DESTINO por Laney Traducido del francés por Yue-chan Capítulo III "¡A las armas!" Mme Martin frunció el ceño. Abandonando su escoba por un momento, salió en el calor de la mañana y tomó el camino pedregoso que conectaba su posada con la vía principal en dirección hacia el pueblo. A pesar de la distancia, hizo todo lo posible por llegar lo más rápido al camino, para luego paralizarse de sorpresa. Decenas de hombres, mujeres, niños y también ancianos, desfilaban en dirección a la plaza del pueblo. Todos portaban una bandera con los colores errados: azul, blanco y rojo. Desconcertada, tomó a una mujer del brazo y la forzó a detenerse: -Juliette, pero ¿qué ocurre? -¡Ah! ¿No has escuchado el rumor que recorre el pueblo de un lado al otro desde esta mañana? -Sabes bien que mi posada se encuentra muy alejada del pueblo y del camino. Por eso te pregunto una vez más, ¿qué ocurre? -Algunos grupos se están formando en todo el país. Han sido los parisinos quienes han lanzado la idea. Quieren hacer presión sobre el Rey, y tomar las armas por todos los medios. -¡Dios mío! Eso quiere decir... -... ¡que una Revolución se prepara si Luis XVI no cambia su comportamiento!- completó alegremente su amiga, quien continuó su camino gritando al igual que los otros "¡A las armas!" Mme Martin volvió pensativa a su posada. En efecto, era urgente cambiar las cosas en ese país carcomido por el hambre y la pobreza, pero al mismo tiempo, no podía dejar de preguntarse si las consecuencias no serían también desastrosas. Todas las muertes, las ruinas... Mme Martin suspiró y cerró lentamente la puerta tras ella a fin de no hacer ruido. Su esposo, desde el alba, había ido de caza como todas las mañanas. En cuanto a sus hijos Louise -de 11 años- y Joseph -quien pronto celebraría su octavo aniversario- ciertamente estaban en camino a hacer la limpieza de las habitaciones de la planta superior. Todos esperaban que el fin de semana trajera clientes. Los tiempos eran duros, la familia Martin apenas podía reunir algo de dinero. Pero si la posada continuaba a prácticamente vacía, tendrían que encontrar otra cosa que hacer. Mme Martin era también una buena costurera, además de ser una cocinera sin igual. Más o menos cada semana recibía uno o dos encargos, la mayoría de las veces para vestidos o enaguas. Esta entrada de dinero, aunque modesta, era algo más que la familia recibía con alivio. Mme Martin desempolvó los muebles de la sala y del comedor, luego, inquieta por no entender la agitación de sus hijos, subió lentamente las escaleras de madera con estrepitosos pasos. Una vez en el corredor, los sorprendió delante de la puerta de una habitación, por el momento cerrada. Ellos intentaban mirar a través del ojo de la cerradura. -¡Louise! ¡Joseph! -dijo murmurando- ¿qué hacen aquí? -Eh... nada, mamá. Pasábamos un trapo sobre la puerta para quitar el polvo -respondió con el mismo tono la pequeña. -Es inútil, yo me encargo -replicó la madre-. Mejor vayan a buscarme la leña para hervir el agua. -¿Hoy viene el tío Georges? Mme Martin se conmovió. En efecto, el esposo de su hermana venía muy a menudo desde hacía algunas semanas. Ambos vivían a más o menos 50 kilómetros de la posada Martín. Para su cuñado, que venía a caballo, le tomaba varias horas de camino. Sonrió entonces a Joseph, quien había hecho la pregunta: -Sí, es muy posible que venga hoy. Pero espero que sean buenos, ¿entienden? Él estará muy cansado cuando llegue aquí. Ahora, vayan a buscarme la leña. Asintieron con la cabeza y descendieron silenciosamente la vieja escalera. Mme Martin se dirigió hacia la puerta cerrada y tomó una llave de su bolsillo. La introdujo lentamente en la cerradura, abriéndose el tablero de roble con un ligero rechinar. La habitación estaba inundada de penumbra. La hospedera se dirigió hacia la única ventana de la pieza e intentó abrir los postigos de madera. Una luz cálida y soleada atravesó entonces el aposento, dirigiéndose Mme Martin hacia la pequeña cama que dominaba el centro de la habitación. No hubo ninguna reacción. Observó atentamente pero la blanca sábana no se movió. Emitiendo un profundo suspiro salió, teniendo cuidado de cerrar la puerta con llave. De regreso en la cocina, vio los leños cuidadosamente colocados sobre el suelo. Sus labios esbozaron una ligera sonrisa; Louise y Joseph estaban satisfechos de finalizar su labor rapidamente para al fin poder ir a jugar. Mme Martin puso a hervir el agua necesaria para cocer las papas y esperó pacientemente a que su esposo regresase de la caza. Esperaba que trajese buenas presas, sino tendría que apelar a todo su ingenio para preparar la cena, sobre todo si llegasen clientes. Sólo esperaba que todo marchase bien, esta vez... Tenía la costumbre, al menos desde hacía algunas semanas, de acompañar a su esposo de caza. En muy raras ocasiones, cuatro brazos no habían sido de más para llevar las presas. Pero desde aquella ocasión, había decidido quedarse en la posada; no tenía porque hacer más extraños descubrimientos. Después de algunos minutos, un hombre alto apareció en el umbral portando al hombro un bolso de lona: -¡Ahí tienes, Gabrielle! Es todo lo que encontré. La cosecha no ha sido satisfactoria esta mañana. Había matado dos liebres. Mme Martin no pudo dejar de exclamar: -¡Pero está muy bien, Arthur! Poniendo cuidado, ¡tendremos para no menos de cuatro o cinco comidas! -Espero tener mejor suerte mañana. Sabes, hace poco pasé delante de la tienda del boticario, y me preguntó si Georges iba a venir esta tarde. Un incómodo silencio se instaló entre ellos. Mme Martin respondió: -Es muy posible. A pesar de todo me siento culpable... hace algunas semanas que viene, y siempre se rehúsa a que le paguemos. -Es el esposo de tu hermana... -¡Eso no impide que deba también ganarse la vida! Estoy segura que piensa que no tenemos los medios para... -... y tú sabes que es cierto -completó Arthur Martin-. Tranquilízate, todo esto pronto terminará, estoy seguro. Mme Martin confiaba en que su esposo tuviese razón. Además, no era culpa de nadie. Aguardaría pues al resultado de los acontecimientos. Mientras su esposo se ocupaba de descuartizar las libres, ella terminó de preparar la comida. Mme Martin no había encontrado otra cosa sino un minúsculo pedazo de tocino, que tendría que dividir en cuatro para acompañar las papas. El almuerzo transcurrió con buen humor. Los esposos Martin estaban orgullosos de sus hijos: les ayudaban en todos los trabajos de la posada, y hacían de todo para agradar a sus padres. Nunca reprochaban su condición de vida, a veces difícil, y en raras ocasiones se rebelaban contra las decisiones de sus padres. M. Martin aprovechó la tarde para ocuparse del huerto, que se extendía detrás de la posada. Estaba situado en el centro de un pequeño bosque lo suficientemente ralo. Así, al estar alejados del pueblo, los hospederos tenían asegurada una gran tranquilidad. Por eso, el bosque únicamente les ofrecía serenidad, tan así era que ningún animal vivía ahí. En efecto, un gran incendio había devastado la mayor parte de los árboles hacía muchos años, y las presas se habían refugiado en el bosque donde M. Martin cazaba. Georges Dupont llegó a mitad de la tarde, al mismo tiempo que tres clientes. Era un hombre de unos cuarenta años, con el rostro ya fatigado debido a los largos viajes. Mientras abría la puerta de la posada, su caballo había alcanzado la pequeña e improvisada caballeriza que M. Martin había construido. -¡Georges! Mme Martin se dirigió alegremente hacia él y le ofreció una silla: -Por favor, siéntate y descansa. ¿Cómo estas? -Pues bien, a pesar del trayecto. Caroline te envía saludos. Pero, ¿qué ocurre en el pueblo? He visto grupos formándose por todos los rincones. -Quieren tomar las armas para luchar contra el Rey. Creo que terminarán calmándose. ¡Dios sabe qué pueden traer los motines! Pero cambiemos de tema. Entonces, una vez más mi hermana no ha venido contigo -dijo Mme Martin decepcionada. -Ella se ocupa de Marc, quien pronto cumplirá tres meses. No quería imponerle un viaje tan largo. -Ah bueno. ¡Yo que esperaba ver a mi sobrino! Arthur está en el huerto, voy a llamarlo. Ya se dirigía hacia la puerta cuando M. Dupont la detuvo: -Pero no lo molestes. Voy a terminar con unos asuntos y enseguida visitaré algunas personas en la aldea. -Muy bien. ¿Quizá desearías comer algo antes de partir? -No gracias. Ocúpate mejor de tus clientes -agregó con una sonrisa, señalando a los tres hombres que esperaban cerca del pequeño bar al lado de la escalera. M. Dupont se fue entonces y Mme Martin sirvió la cidra, la especialidad de la casa, a los recién llegados. Luego, los dejó con su juego de cartas y subió al siguiente piso, encontrándose nuevamente dentro de la habitación que ella había abierto por la mañana. Esta vez había llevado un recipiente lleno de agua caliente y toallas limpias. Después de haber cerrado la puerta con llave, colocó el recipiente cerca de la cama y contempló a la persona que estaba ahí tendida. "Pobre mujer" no pudo dejar de pensar, "¿cómo algo semejante le pudo ocurrir?". Se sentó delicadamente en una esquina de la cama y apartó la sabana que cubría a la joven. Era muy bella, a pesar de las numerosas heridas que llevaba en el rostro. Su cabello era semejantea una capa de oro sobre la almohada. Su frente estaba sudorosa. De un momento a otro, se agitaba durante su sueño. "Voy a limpiarla antes que Geroges la examine", dijo Mme Martin. Cerró la ventana de la habitación y empezó. Durante todo el tiempo que duró su baño, la joven no abrió los ojos ni una sola vez. Parecía una muñeca de trapo, completamente insensible a lo que le ocurría. De repente los ojos de Mme Martin se posaron sobre los puños de la rubia mujer. Todavía no se habituaba a ver los estragos que un cuchillo había ocasionado sobre esta hermosa y blanca piel. No era sino colgajos de carne, coloreados por la sangre actualmente seca. El sangrado de las cortaduras era menos abundante después de un tiempo, pero algunas gotitas de sangre se escapaban todavía de la cicatriz que aún no había cerrado del todo. Todo el cuerpo de la joven no era sino contusiones. Parecía haber sido golpeada salvajemente, probablemente con la ayuda de una piedra. Su agresor debió haberla golpeado el tiempo suficiente para ponerla en peligro de muerte, y luego, sin ninguna piedad hacia la mujer ya al filo de la agonía, le había cortado las venas condenándola así a una muerte más lenta que si le hubiese encajado su cuchillo en el corazón. Mme Martin no había olvidado el día que su esposo y ella habían descubierto el inanimado cuerpo de la joven. En un principio habían creído que el soldado se había suicidado, pero al inclinarse sobre "él" para ver si "él" respiraba, Gabrielle Martin descubrió con estupor que era una mujer la que yacía a sus pies y que había sido golpeada. Su respiración era jadeante, estaba extremadamente débil, por lo que los esposos Martin comprendieron que corría peligro de muerte si ellos no se apresuraban en llevarla a su posada. El uniforme de esta mujer estaba rasgado en varios trozos, y algunos colgajos de carne estaban desparramados sobre el suelo. Demasiado apresurados por llevar consigo a la joven lo más rápidamente posible a su posada, no les había alcanzado el tiempo a los esposos Martin para limpiar el lugar. Por eso, las hierbas conservaban el color rojo de la sangre y los trozos de tela azul esparcidos sobre el suelo, mientras que los pedazos de carne empezaban a descomponerse. Afortunadamente para la herida, el cuñado de Gabrielle, un médico, estaba justo de paso por ahí. Se había ocupado muy bien de ella y había recomendado tranquilidad absoluta en la posada. Louise y Joseph estaban intrigados por la presencia de esta desconocida, pero sus padres les habían hecho prometer no hablar sobre su presencia con nadie. En efecto, los Martin no sabían nada de ella. En primer lugar, ¿por qué llevaba un uniforme? Era imposible que fuese un soldado. Eso era absurdo, ninguna mujer servía en la armada. Era posible que el intento de asesinato del cual había sido víctima tuviese razones políticas. Además, esta mujer no había abierto los ojos luego de su llegada a la posada. Nunca había hablado, lo que había hecho temer a los Martin un estado comatoso. Temores confirmados por Georges Dupont. Esta bella joven estancada entre la vida y la muerte. Sin embargo, desde hacía algunos días, Gabrielle Martin había notado algo diferente en esta mujer. Tenía la impresión que sus pálidas mejillas empezaban a colorearse. Podía deberse a las heridas que le cubrían el rostro, pero Mme Martin estaba segura que ella empezaba a recobrar vida. Lentamente pero con seguridad. Por eso no se sorprendió mucho cuando la joven penosamente abrió los ojos al final de aquella tarde. La hospedera había finalizado su baño y se disponía a colocar la sabana sobre su protegida cuando escucho un estertor: -¿Qué... qué hago aquí? Mme Martin quedó boquiabierta. Por un instante, estuvo dividida entre ir rápidamente a buscar a M. Dupont y su curiosidad hacia esta mujer. Pero prefirió quedarse: -Estás en la seguridad de una habitación de mi posada. ¿Puedes hablarme? -Sí... creo -respondió la joven con un suspiro. -Te encontré inconsciente en un bosque algo alejado de aquí. ¿Puedes decirme la razón de tu presencia en ese lugar? -Yo... yo... En ese momento se escucharon tres golpes a la puerta. Mme Martin se levantó rápidamente y fue a abrir; era su cuñado, quien le preguntó en voz baja: -¿Puedo examinarla ahora? Ya terminé en el pueblo. La hospedera asintió y colocó una silla cerca de la cama donde la joven había cerrado nuevamente los ojos. Gabrielle Martín suspiró: -Había despertado cuando tocaste la puerta. Me iba a hablar, pero sentí que le costaba un gran esfuerzo. Hela ahí, dormida nuevamente -agregó decepcionada. El médico sacó toda suerte de instrumentos de su bolso negro y respondió: -Ya es un buen comienzo. No hay que precipitarse, Gabrielle. Deja al tiempo hacer su trabajo. Su cuñada asintió con la cabeza, resignada, y fue a preparar el café. Media hora más tarde, M. Dupont volvió a bajar al comedor y se sentó en una mesa, agotado. Inquieta, Mme Martin se acercó a él y le tomó por el brazo: -¿Qué ocurre Georges? ¿No te sientes bien? -Sí, sí, estoy bien. Hoy he tenido una jornada agotadora. -Serviré la cena. ¿Quieres que la lleve a tu habitación? -Sí, gracias. Se levantó y empezó a subir las escaleras. La hospedera ansiaba preguntarle por la joven, pero no se atrevía. Como si hubiese leído sus pensamientos, su cuñado se dirigió hacia ella: -Ella estará mejor. Creo que ahora no me necesita más. La cena fue silenciosa. Mme Martin había anunciado la buena noticia a su familia, y todo mundo quedó inmerso en sus pensamientos; al fin conocerían la identidad de su huésped. Como cada noche, Mme Martin llevó un plato de comida a la habitación de la rubia mujer y esperaba regresar con el. Sin embargo se sorprendió de encontrarla despierta. Intentaba torpemente acomodar su almohada en la espalda para sentarse; la hospedera se dio prisa en ayudarla. Luego le mostró un plato, y ante la negativa de la joven puso cara de molesta: -¡Ah no, no vas a hacerte la difícil esta vez! ¡No has comido nada desde hace días! La rubia mujer tomó entonces dócilmente la cuchara que Mme Martin le ofrecía, y empezó a tomar la sopa de verduras. No estaba muy cómoda. La hospedera se sentó cerca a ella y le preguntó: -¿Te acuerdas de mí? Intercambiamos algunas palabras hace poco. -Sí... -Dime como te sientes. -No muy bien. Tengo la impresión que todo mi cuerpo ha sido pisoteado. ¿Qué me ocurrió? Gabrielle Martin titubeó. Sobre todo no quería inquietar a esta mujer más de la cuenta; pero sabía bien que tendría que decirle la verdad algún día. Entonces, con una voz neutra le respondió: -Mi esposo y yo te encontramos en el bosque. Estabas casi en agonía. Alguien te golpeó salvajemente y cortó tus venas. Una persona muy cruel, en mi opinión. No quería que tu muerte fuese rápida. La rubia escuchaba sin decir nada. Su mirada estaba perdida en el vacío, y Mme Martin creyó un instante que no le escuchaba más. Ella se calló, pero la otra le pidió luego de algunos minutos de silencio que continuase con su relato. -Puedes decirme... ¿por qué esta persona quiso asesinarte? ¿Tienes alguna idea? La joven la miró un momento, luego volvió los ojos y los fijó en la puerta: -No. En lo más mínimo. -Bien, voy a dejar de molestarte con esto por hoy -dijo Mme Martin, comprendiendo que su protegida necesitaba tranquilidad-. Reposa, retomaremos esta conversación mañana. -Muy bien. Algunos momentos más tarde, la rubia mujer apartó la sabana y se sentó penosamente sobre la cama. Con un gran esfuerzo, se levantó vacilando y se apoyó contra la ventana. Dejó su mirada perderse en el jardín en flor de la posada, iluminado por la luna, y se tomó la cabeza entre las manos. "Me he vuelto loca... no es posible... estoy loca", no dejaba de repetirse. Luego volteó y empezó a reconocer la habitación. Nunca la había visto hasta esa noche. A la luz incierta de una vela puesta sobre la cabecera de la cama, parecía muy pequeña. La joven sentía que se asfixiaba. Se sentía muy mal, y nada en lo que ella veía la daba el más mínimo consuelo. Luego sus ojos se posaron sobre una silla, cercana a la puerta. Tomó una vela para poder ver mejor lo que se encontraba sobre ella, y se sobresaltó por la impresión: era un uniforme azul. Estaba rasgado en varios pedazos, y los delgados trazos de sangre seca habían perdurado sobre los lazos dorados del cuello. Las botas blancas estaban apoyadas contra la silla. -Dios mío... pero es imposible... yo... yo... Luego, unas imágenes se reflejaban dando vueltas en su mente. Los rostros de unos hombres le hablaban, le sonreían o parecían reprenderla; pero un rostro regresaba varias veces. Era el de un hombre atractivo con ojos color esmeralda. La rubia sintió su corazón batir a toda velocidad. Se alejó rápidamente de la silla y se sentó nuevamente sobre la cama. Lágrimas abrasadoras amenazaban inundar sus mejillas, pero ella las enjugó con la ayuda de la manga de su camisa de noche. -¿Qué me ocurre? Señor, ¿qué me ocurre? Continuará...