LOS GIROS DEL DESTINO por Laney Traducido del francés por Yue-chan Capítulo II André llevó la bandeja cargada de copas vacías a la cocina para llenarlas nuevamente. Había hecho mal en creerlo. Todas esas personas desconocidas, la mayor parte de ellas nobles y también burgueses que recorrían el salón de los Jarjayes... El General no había escuchado las protestas del joven; había ido muy lejos, André no era sino un sirviente. No tenia nada que alegar. Sobre cualquier cosa. Emitiendo un profundo suspiro, volvió al salón y sirvió de beber a los nuevos invitados. -¡André! Se volteó y estrechó la mano del Conde Víctor Clément de Girodelle, quien había llegado a toda velocidad. Parecía que el hombre estaba conmocionado, y su mano temblaba en la de André. -He venido porque me enteré... Dios mío es imposible... ¿Dónde está?... -Allá -lo interrumpió André señalando el rincón más oscuro de la habitación iluminado por algunos cirios. Desde hacía horas no dejaba de señalar aquel lugar a las personas que se lo pedían, pero él mismo no se había atrevido a ir. ¿De qué serviría? Ya se reprochaba lo suficiente de... Una mano se posó sobre su brazo interrumpiendo así sus pensamientos. André levantó la mirada y se sorprendió de ver a Axel de Fersen. Con una expresión tensa en el rostro, lo llevó a un lado y le preguntó: -¿Cómo estáis, amigo mío? -Sois la primera persona que me lo pregunta. No lo sé. Honestamente tengo la impresión que todo lo que ha pasado aquí no me afecta. Creo que aún no me he dado cuenta que... -Lo siento, André. Todo es tan increíble, ¿no lo crees? Quizá podríais... -Seguro. Salgamos, podremos conversar mejor fuera. Empiezo a asfixiarme en esta habitación. Los dos hombres se ubicaron cerca de la fuente que dominaba el centro del jardín. El sol brillaba en el horizonte, y el cielo empezaba a tomar tonalidades de color naranja. Fersen no pudo dejar de señalar: -Hace un tiempo magnifico el día de hoy. Y ese perfume de rosas es simplemente divino. -Sí, los rosales de Madame de Jarjayes están siempre cuidados. Ella adora tanto las rosas- añadió con un aire pensativo. Fersen no consiguió animarlo. Su amigo no hacía sino hablar del pasado... Sin embargo André se repuso y con una voz firme, empezó a hacer el relato de su terrible jornada al caballero sueco. *** Aquella mañana André se levantó a la aurora. Había pasado toda la noche rememorando las últimas palabra de Oscar hacia él... Una palabra dicha... su nombre... estaba a punto de decirle algo muy importante. Lo había notado, ella tenía el semblante confuso y ruborizado. Había tenido entonces la mínima esperanza de escucharle decir las simples palabras que soñaba escuchar desde siempre, pero la llegada de Alain había roto ese bello sueño. Luego, ella había desaparecido en ese bosque. Ningún rastro, nada les indicaba una primera explicación referida a su brutal desaparición. André había decidido no avisar al General y a la abuela; esperaba ver los resultados de sus investigaciones. Después de haber tomado un rápido desayuno, se puso en camino hacia el cuartel de las Gardes Françaises. Alain había tomado el lugar de Oscar en su ausencia; los soldados se entrenaban en tiro cuando André llegó: -Alain, necesito hablarte inmediatamente. -Supongo que partes en búsqueda del Coronel. -Sí. No sé cuando regresaré, no esperes verme aquí el día de hoy. -¿Quieres hombres contigo? Puedo licenciar una decena si te parece necesario. -No, debo ir solo. No le digas a nadie, ¿de acuerdo? Necesito actuar con toda discreción. Alain lo observó largamente en silencio, luego hizo la pregunta que quemaba sus labios desde hacía muchas semanas: -¿Ambos están muy ligados? ¿Pues qué hay entre ustedes? André fue tomado por sorpresa. Montando su caballo, puso cuidado en escoger sus palabras: -No puedes entender. Déjame encontrar al Coronel, y un día, si me siento capaz, te contaré todo. E inició su trayecto al galope. Alain lo observó partir y pensaba: "Creo que no vale la pena, André. Me lo acabas de decir todo." El sol recién se había elevado al cielo cuando André llegó al pueblo que se encontraba cerca del bosque donde probablemente había desaparecido Oscar. Los aldeanos estaban intrigados por su presencia; ¿qué venía a hacer un soldado en su pequeña y tranquila aldea? André pensó que con esa vestimenta le sería más fácil convencer a los desconocidos que iría a interrogar. Fue tiempo perdido. A pesar de sus esfuerzos, no obtuvo ninguna información. La gente no había visto ni escuchado nada. A André le pareció esto muy extraño: no se puede hacer desaparecer a alguien sin dejar rastros, si es que Oscar había sido raptada. Pero ¿por qué? ¿Por qué alguien desearía raptarla? Desanimado, se sentó en una banca pública y se tomó la cabeza entre las manos. "¿Dónde estas Oscar?" -Y bien joven, vos me parecéis tan triste. André levantó la mirada y vio un anciano que se había sentado junto a él sin que se hubiese dado cuenta: -Tenéis la mirada desesperada, de aquel que ha perdido su razón de vivir. ¿Me equivoco? -¿Cómo lo sabéis? ¿Sois adivino? -No exactamente. Digamos simplemente que los giros del destino han hecho de mi mal una cualidad. El joven observó más atentamente a su interlocutor y saltó de sorpresa: el anciano era ciego. No podía dejar de responder: -Vos no podéis ver mi mirada, mucho menos que soy joven. Fueron las personas del pueblo quienes le informaron sobre mí. -Debo confesar que eso es cierto, sin embargo he dado en lo correcto: sé que no estáis bien. Lo puedo sentir. Su voz calmada tranquilizó a André; de repente tuvo la impresión que su corazón se estaba desahogando sin poder detenerse: -La mujer que amo ha desaparecido. Ella puede haber sido raptada o... prefiero no pensar en esa posibilidad. Ella es todo lo que yo tengo, no puedo vivir sin ella... ya siento que una parte de mí esta seca, sin vida... -¿Habéis ido al lugar de su desaparición? -No, no creo que ahí haya indicios. La persona responsable de su desaparición habrá hecho de todo para borrar hasta los menores rastros. -Sin embargo vos deberíais ir. El anciano se fue sin más comentarios. Atónito, André se levantó lentamente y monto su caballo. Diversos pensamientos giraban dentro de su cabeza; ¿qué tenía que perder de todas formas? En la ruta que lo conducía al bosque, debió disminuir el paso de su caballo pues un número impresionante de soldados impedía el paso. Frunciendo el ceño se acercó y tuvo la desagradable sorpresa de reconocer a la Guardia Real de Sus Majestades. Tuvo entonces un horrible presentimiento: Oscar había sido su Coronel... Venían pues a participar en la búsqueda. André se abrió paso entre los soldados, y se dirigió directamente hacia su actual coronel, el Conde de Girodelle: -Monsieur de Girodelle, ¿qué significa esta salida? ¿No deberíais estar a cargo de la seguridad de la pareja real? -Nos hemos enterado de la desaparición de Oscar. La Reina Maria Antonieta en persona ha solicitado a la Guardia partir en búsqueda de su antiguo coronel. Hemos registrado los alrededores del bosque, no nos queda más que efectuar la búsqueda en el interior del mismo. Vos sabéis... Sus Majestades esta muy afectados. "Tú también al parecer" pensó André. No ignoraba que Girodelle guardaba ciertos sentimientos hacia Oscar. Entonces retomó la palabra bruscamente: -Estaréis de acuerdo conmigo si digo que vuestra estrategia no es muy discreta. Podría ocuparme de este asunto sin la ayuda de nadie, ¡os recuerdo que un solo hombre no despierta sospechas! -Es suficiente, André. Vos no lo habéis decidido. Sin embargo, ¡no iréis a oponeros a una decisión real! -dijo secamente una voz que el joven reconoció entre las demás. El General de Jarjayes apareció entonces, sujetando su caballo por las riendas. Su rostro estaba extremadamente tenso, y un tic nervioso deformaba la comisura de su boca: -¿Debo recordaros que se trata de mi hija? Todos los medios no serán suficientes para poder encontrar a Oscar. André sacudió la cabeza, vencido. ¿Cómo se habrían enterado que Oscar había desaparecido? Alguien debió haber pasado por el cuartel para hablar con Oscar, y al no verla, forzó a Alain a confesar lo que sabía. A mal tiempo buena cara, siguió pues a los soldados a través del espeso bosque que se presentaba ante sus ojos. En cuanto a Girodelle, había regresado a Versalles para un primer reporte. Media hora después, un soldado vino a buscar al General: -No hay nada aquí, Señor. -¡No, se debe continuar la búsqueda! ¡Se debe continuar!- respondió el padre de Oscar, carcomido por la angustia a medida que los interminables minutos transcurrían. André había asistido a la escena sin decir una palabra. El General estaba verdaderamente abatido... su mirada cruzaba la del joven, y por primera vez después en mucho tiempo, André comprendió lo que esa mirada, habitualmente arrogante y fría, escondía: un miedo sordo, sofocante... Él también empezaba a sentirlo... no sabía cómo podría sobrevivir a la perdida de Oscar... Sin embargo la búsqueda proseguía. De repente, un grito se elevó en el frescor de la mañana. Un lamento lúgubre, como aquel de un animal profundamente marcado en la carne... Todo mundo acudió al lugar de donde provenía al alarido, y André se petrificó: el General estaba de rodillas sobre la hierba, cerca de una pequeña rivera... Cuando los escuchó llegar el hombre se volvió hacia ellos, y retrocedieron de espanto. Sus ojos estaban perturbados, tenía la apariencia de un demente... Entonces André se acercó prudentemente hacia él, y a su vez cayó de rodillas. Mientras intentaba confusamente comprender lo que él veía, escuchó la voz del General como venida de muy lejos: -¡Mi hija! Oscar... Mi niña... *** Fersen se levantó y se estiró: ya había caído la noche. André había dejado de hablar, y miraba fijamente hacia adelante. Su amigo se acercó hacia él, forzándolo a mirarle a los ojos: -Deberíamos entrar. -... -André, no debéis sentiros responsable por lo que ha ocurrido. -Lo sé bien, Fersen. Pero admitid que no es fácil aceptarlo... todo esto... esta noche que no debió haber ocurrido. Lo más extraño, es que no siento nada de verdaderamente doloroso en mí. Casi siento vergüenza al decirlo, pero todo esto casi no me afecta. -Simplemente vos todavía no lo habéis asimilado. Venid, entremos. Los dos hombres se reunieron entonces con el General en le salón, desierto a esa hora. Todo mundo había partido, la mansión volvió a quedar silenciosa. Los tres se sentaron en los confortables sillones cercanos a la chimenea, y se sirvieron una última copa. El General no dejaba de echar miradas furtivas hacia aquel rincón iluminado por los cirios, y esto molestaba a André. Para intentar romper el hielo, Fersen dijo: -Ten. No he visto a la abuela el día de hoy, ¿dónde está? Monsieur de Jarjayes levantó sus enrojecidos ojos hacia él antes de responder: -Ella está camino a Inglaterra. Pienso que se quedará por mucho tiempo ahí... después de todo lo que ha pasado... -¿No debería llevar a vuestras hijas con ella? -No sé que decidirán ellas. Harán lo que mejor les parezca. Incapaz de soportar más tiempo el tono patético del General, André se levantó y condujo nuevamente a Fersen a la caballeriza, donde se encontraba su caballo negro: -¿Estáis seguro de no quedaros esta noche? -Lo más sabio, creo, es dejaros un poco solo. El pobre padre pronto se irá a acostar, cae de cansancio. Y vos, verdaderamente necesitáis estar solo, André -respondió con los ojos empañados. Se diría que recién estaba tomando conciencia de la situación. El joven sacudió la cabeza y estrechó la mano de su amigo sueco. El rechinar de las rejas que se cerraban tras Fersen lo devolvió a la realidad: necesitaba entrar nuevamente y ordenar todo... afrontar todo de frente. Sin embargo el General le esperaba en el umbral de la puerta. Sin otro preámbulo le dijo: -La Reina vino de visita hace un rato. Ella os transmite sus sentimientos. -Debí estar en los jardines durante su paso. Empezaba a subir los escalones, cuando el General le tomó del brazo: -André, quiero agradeceros por aquello que habéis hecho el día de hoy... Yo no estaba en condiciones de ocuparme de mis amigos, vos lo habéis comprendido bien. -Sí, monsieur. Perdonadme pero debo poner en orden aquella pieza. -Oh sí, seguro. Voy entonces a acostarme. Buenas noches, André. El joven apreció la repentina quietud de la mansión. Con el General retirado, nada le impedía aproximarse al rincón iluminado por los cirios. Además nadie se lo había prohibido, era su propia conciencia que lo detenía cada vez que pasaba cerca del féretro de preciosa madera. Por tanto, sabía que no era responsable... pero luego de varias horas, recordaba haber dudado la noche anterior: había visto su caballo, y había sentido algo retenerlo en él mismo lugar. Pero no había encontrado nada de significativo ahí en ese momento. La oscuridad había jugado contra él. André devolvió al cobertizo las decenas de sillas que llenaban el salón y colocó las copas vacías sobre la bandeja. Todo ese arreglo le tomó cerca de media hora. Al fin iba a acercarse al féretro, cuando el brillante resplandor de un arma retuvo su atención. Era aquella del General de Jarjayes. Muerto de fatiga, la había separado de su cinturón y la había dejado sobre la mesa baja, cerca de la chimenea, antes de subir a acostarse. El joven la observó con atención, pero finalmente la dejó en su lugar. Luego André se acercó al féretro, y se sentó sobre una silla que estaba muy cerca. No pudo dejar de lanzar un profundo suspiro; ¿por qué no estaba tan triste y afligido como los demás? Este día había sido intenso. Había usado todas sus fuerzas para convencer al General de no organizarlo, pero era él quien quería rendir los honores a su hija. Creía que su duelo así sería más fácil de soportar; a pesar de eso, la locura no le había abandonado desde que se había derrumbado de dolor en la rivera. La locura... era la responsable de todo lo que había ocurrido ese día. El joven acercó su temblorosa mano a la hermosa madera y fue sorprendido por su suavidad. Ella misma no era sino suavidad de todos modos, a pesar del caparazón de acero que se había forjado a lo largo de los años. La suavidad llama a la suavidad... eso se sabía. Entonces las lágrimas empezaron a formarse en sus ojos, pero las enjugó con un gesto brusco: "Si lo hubieses visto... estoy seguro que te habría hecho reír... toda esa agitación, esas personas agobiadas de tristeza que ni te conocían... no como yo... yo soy el único que te conoce verdaderamente... tal como eres... y eso... eso no eres tú... eso no se te parece... no así... ni un sólo segundo lo creo... es por todo eso que el dolor no me invade..." Se levantó y enderezó un jarrón de rosas rojas que amenazaba con caer. Una espina le lastimó el dedo, y observó brotar la sangre del corte sin parpadear: "No... yo lo sé... lo siento... en lo más profundo de mi corazón... me has hecho sufrir tanto otras veces... pero eso no ocurre el día de hoy... la sangre.. no tiene nada que ver con... con eso..." André entonces limpió su mano con la ayuda de un pañuelo blanco, regalo de infancia de su amiga, y se armó de coraje para dejar que su mirada se dirigiese hacia el féretro. Los cabellos rubios, habitualmente luminosos, le parecían sin brillo a pesar del resplandor de los cirios. Los ojos zafiro no eran tan límpidos, y la mirada determinada permanecía fija. Para él, el rostro era un poco más pálido. El joven no había osado mirarla de frente desde el descubrimiento en el bosque. Se había contentado con imaginarla, en sueños... Ahora, ver su rostro bien diseñado le trasmitía una sensación de calor, y sentía que su corazón se consumía por ella; pero se daba cuenta que no tenía frente a él a la verdadera mujer que tanto amaba. Aquella que atormentaba todas sus noches, que era todo para él y también aquella que nunca habría imaginado el giro que habían tomado los acontecimientos. ¿Quién habría podido? André nunca había vivido una jornada tan insensata. Sintiendo la fatiga apoderarse de su cuerpo, lanzó una última mirada a aquella belleza rubia, feroz pero calmada. "No te dejaré sola... espérame..." Luego su temblorosa mano se apoderó del cuadro y lo retiró, haciendo desaparecer el rostro fino, los cabellos sin brillo y la mirada fija de la joven. André así le hizo justicia: Oscar siempre había detestado ese retrato de ella, hecho por un pintor de Versalles. El joven no había conseguido disuadir al General de colocarlo sobre el féretro. Luego, con torpes pasos, se dirigió hacia la chimenea con las brasas a punto de extinguir; sus piernas no lo sostenían más, dejándose caer sobre un sillón. No tenía fuerzas para subir a su habitación, y decidió quedarse en el salón por esa noche. Su mirada adormecida se posó durante un tiempo sobre el arma del General. Estaba bien conservada, y su brillo tenia algo de atrayente. Largo tiempo, mucho tiempo, André luchó contra el sueño para intentar distinguir bien su forma, y comprender por qué le fascinaba tanto... y al final de largos minutos, el joven la tomó lentamente. Sin apartarse de su calma, los ojos casi cerrados, la colocó contra su sien. Los dedos tensos sobre el gatillo, sintió una lágrima silenciosa deslizarse a lo largo de su mejilla. La última que derramaría por la mujer de su vida... Su decisión estaba tomada. Para él, nada más tenía importancia desde ahora. No tenía miedo. Por el contrario, quería solamente reunirse con Oscar lo más rápido posible. André echó una mirada al retrato de la joven. Luego, con un gesto decidido, apretó el gatillo. Continuará...