LOS GIROS DEL DESTINO Por Laney Traducido del francés por Yue-chan Capítulo I -Me hace feliz el confirmar que os encontráis mejor, amiga mía. Oscar sólo sonrió, colocando su copa vacía sobre la mesa del salón de los Jarjayes. Echando una mirada a través de la ventana, terminó por responder: -Es gracias a vos si André y yo logramos salir, Fersen. Os debemos la vida. El caballero sueco bebió un sorbo de vino y se levantó para acercarse a la ventana: -Vamos, es muy natural. Vosotros dos sois mis amigos, seguramente habríais actuado de la misma forma si yo hubiese sido atacado por aquella banda de bribones. Oscar no respondió. Aun cuando había evitado perder la vida la noche anterior, podía comprender los sentimientos del pueblo, oprimido desde hacía tanto tiempo por un monarca inconsciente y mal aconsejado. Se unió a Fersen en la ventana, y ambos observaron a André, quien sacaba agua de la fuente del jardín para empapar sus cabellos. El joven deslizó una rápida mirada hacia ella, y sus labios no pudieron dejar de esbozar una ligera sonrisa. La expresión de Oscar se había suavizado al ver a su amigo, quien trabajaba bajo el sol matinal. Entonces, no teniendo más, Fersen rompió el silencio: -Debéis estar aliviada al ver que ha salido sin muchos rasguños, Oscar. Oscar, entendiendo el verdadero sentido de sus palabras, sólo asintió ruborizada: -¿Quién podría alegrarse con la pérdida de un amigo? -Tenéis razón. Vosotros dos os conocéis desde hace mucho. -Así es... -Entonces dejad de envolver vuestro corazón con el miedo, que no va a ser lastimado. Puedo aseguraros que todo irá bien... a condición, sin embargo, que vos lo aceptéis. La joven fue sorprendida por estas palabras tan directas. ¿Por qué Fersen tenía esta clase de ideas? Ella misma no comprendía nada de lo que ocurría... su corazón no era sino flamas, tenía la impresión que todo su ser se consumía. Pero no lograba comprender los sentimientos que la agitaban. Nunca antes había sentido algo así... Dándole la espalda a Fersen, fue a servirse otra copa de vino, y al ver que el caballero no la imitaba, volvió a su lugar delante de la ventana. El joven despejó la voz: -Bien, ya debo irme. -Podéis quedaros a almorzar con nosotros -dijo Oscar con la mirada fija en André. -Lo lamento, pero me esperan en Palacio. Había pronunciado débilmente esta última frase. Oscar se volteó hacia él y dijo con un tono amable: -Entonces partid, ella debe aguardaros. Os agradezco vuestra visita, Fersen. -Reflexionad bien lo que os he dicho -le sonrió cerrando la puerta. Oscar sacudió la cabeza, divertida, y volvió su atención hacia André. Estrechaba la mano del noble sueco, y mantenía una conversación animada con él. La joven tenía curiosidad por saber lo que ellos se decían. Más observaba a su amigo de infancia, más sentía el rubor invadir sus mejillas... Como si adivinase lo que ocurría, André levantó la cabeza hacia ella; el corazón de Oscar saltaba de su pecho, sintió la copa de vino deslizarse de sus manos, y el ruido del cristal al romperse la devolvió a la realidad. Durante ese momento, Fersen se despedía y montaba su caballo. Oscar se apresuró en recoger los pedazos de su copa, y subió a su habitación para cambiarse antes del almuerzo. Ese día, ellos estuvieron solos en el almuerzo. Oscar estaba extrañamente tensa, y André se preguntaba por qué su actitud había cambiado tan bruscamente en el espacio de algunas horas. Antes de la llegada de Fersen, todo estaba normal, y ahora, algo había cambiado. El joven sintió su puño cerrarse: ¿todavía estaba enamorada de su amigo sueco? y cuando ella dejó caer su copa hacía un rato... ¿quería ocultar que todavía pensaba en él, aun cuando sabía que su corazón pertenecía a la Reina de Francia? André la observaba a escondidas: nunca Oscar había estado tan silenciosa. Ella, de costumbre tan parlanchina, no había pronunciado una sola palabra desde el principio de la comida. Apenas tocaba su plato. Al final, cansado de soportar el silencio, le preguntó: -¿Todo esta bien, Oscar? -Sí seguro, ¿por qué no sería así? -Simplemente me decía que tu comportamiento es extraño. Perdóname por preocuparme por ti. Detrás de la mascara de falsa cólera que él enarbolaba, su decepción era perceptible. Oscar no pudo evitar sonreír: no podía decirle nada ya que ella misma no entendía nada... al menos no podía dejar de reconocer que Fersen quizá tenía razón. Más relajada, respondió luego: -No te preocupes, André. Todavía estoy ligeramente aturdida por lo que vivimos ayer por la noche. Voy a descansar un poco antes de partir hacia el cuartel, deberías hacer lo mismo. Ella se retiró sin otra explicación. Desconcertado, el joven dejó sus platos en la cocina y subió a su habitación. Debió sospecharlo, Oscar no se libraría fácilmente de esa costumbre, no sería ahora que iría a empezar. El sol estaba enrojeciendo en el horizonte cuando se pusieron en camino hacia el cuartel. Los jóvenes cabalgaban tranquilamente uno al lado del otro, sin decir una palabra. Aun si el camino no era seguro, Oscar se sentía protegida con André. Él emanaba tal fuerza, tal calor... no sabía lo que habría hecho si él hubiese sido asesinado por el pueblo encolerizado. Probablemente se habría vuelto loca... no podría vivir sin él, ahora ella estaba segura. Tenía tanta necesidad de su dulce presencia, de su voz cálida y perturbadora, de su mirada franca y tierna... El bochorno inundo sus sentidos cuando le lanzó una rápida mirada; él era de una belleza arrebatadora. Podía adivinar sus tensos y poderosos músculos bajo la tela de su uniforme, y se puso a imaginar que la tomaba entre sus brazos... "Dios mío, pero ¿qué me pasa? ¿Por qué mi corazón me hace sufrir así? Tengo la impresión que un fuego abrasador juega conmigo... ¿Esto es el amor? ¿Es una tortura en todo momento? Este dulce suplicio... ¿por qué estuve ciega tanto tiempo?" André por su parte, deseaba tanto que un cambio se operase en Oscar. Ella parecía perdida en sus tumultuosos pensamientos, y no dejaba de enrojecer minuto a minuto. Entonces, el joven pensó que podría tener una oportunidad... una mínima oportunidad que, suponía él, turbaba de esa forma a aquella que amaba desde siempre. Esperaba que esto fuese cierto cuando Oscar levantó la cabeza y empezó a decir: -André... Se interrumpió y frunció el ceño. Había escuchado los galopes de un caballo que se aproximaba. A la defensiva, apartó su caballo del camino, imitada por su amigo. Era Alain quien descendía rápidamente del caballo: -Coronel, hombres de comportamiento extraño han sido avistados hace una hora cerca del bosque que rodea el pueblo, hacia allá. Nos han dado la orden de encontrarlos e interrogarlos. -¿Cuantos son? -preguntó Oscar mirando fijamente en la dirección que Alain le señalaba. -No sé, Coronel. Más de dos, eso es seguro. -Bien, regresen entonces con los demás al cuartel, esperen mis directivas. André parte con él, yo voy a reconocer el área. -Vamos Oscar es una locura, tu no vas a ir sola, yo voy a acompañarte. -No vale la pena, esto no es sino un asunto de rutina. Ustedes se reunirán conmigo más tarde. Espoleó su caballo y partió a galope. Alain se ensilló nuevamente, y esperó que André estuviese listo para partir en la dirección opuesta. Oscar no pudo dejar de tiritar cuando penetró en el bosque donde habían sido avistados los hombres que buscaba. Empezaba a hacer mucho frío, y el pálido resplandor de la luna contribuía a acentuar esta impresión. De repente, escuchó una detonación y alguien gritó: -¡Lo ven, ahí está su Coronel! ¡Atrápenlo! La joven descendió del caballo y en el menor tiempo que hubiese imaginado, se encontró rodeada por cuatro hombres cuyos rostros estaban cubiertos por una máscara. Oscar sacó su espada de la funda y se preparó para el ataque. Con sorpresa constató que sus agresores no eran tan débiles como en un primer momento pensó. Hirió gravemente a dos, uno en la pierna y al otro en la cabeza. Sus compañeros preguntaron por su estado, luego se lanzaron hacia ella, con aire amenazante. El más grande dijo: -Y bien, puedo ver que no habéis perdido vuestra energía a pesar de los años... Oscar de Jarjayes La sangre de la joven se heló. Esa voz... inexpresiva, como surgida de las tinieblas... Una brisa ligera hizo dar vueltas la capa del hombre que la había interpelado: -¿Entonces? ¿No decís nada? ¿Cómo, no me reconocéis? Levantó lentamente su mascara, y Oscar se paralizó de horror: el hombre que estaba frente a ella era un amigo de Saint-Just, el mismo seguidor de Robespierre. La joven lo sabía muy bien. Recobrando el control, se restableció y lo observó de arriba a abajo diciendo: -Sería mejor para vos que os alejéis, monsieur. -Oh no, no creo Coronel. Y decir que vos habéis escapado de la muerte hace poco más de veinte horas... ¡ella os ha atrapado nuevamente! Su compañero se precipitó hacia Oscar, pero ella pudo evitarlo a tiempo y aprovechó en encajarle su espada en el abdomen. El hombre desenmascarado no hizo ningún caso de él, y avanzó hacia la joven que empuñaba firmemente su espada todavía chorreando con la sangre de aquel que había herido mortalmente: -Pero ¿qué queréis? ¡No tenéis el suficiente coraje para atacarme en pleno día! ¡Vos no sois sino un cobarde! -Desengañaos, monsieur. Quiero teneros a solas, sobre todo no sería problema a vuestros hombres el atacarme -respondió con una voz dulzona. Oscar estaba convencida de lo contrario. Sin embargo debía actuar rápido... y bien. Lanzó una rápida mirada a su cintura: si pudiese tomar su arma sin que él tenga tiempo de percatarse... Pero ella no había notado que el hombre ya había descubierto sus intenciones, y muy tarde se dio cuenta que había perdido la ventaja. Se lanzó sobre ella y la inmovilizó en el suelo, murmurando: -No tendréis el placer de conocer una muerte rápida, Coronel... Vos y todos los nobles de este país no tendréis más una palabra que decir dentro de poco... El tiempo de vuestra gloria ha terminado... Vos debisteis morir ayer por la noche, desgraciadamente el amante de la Reina tuvo tiempo para socorreros... En fin, no me lamentaré de cumplir esta tarea yo mismo... Se interrumpió y escuchó con atención: unos jinetes se aproximaban... por supuesto la compañía de los Guardias Franceses... Entonces, comprendiendo que debía ocultarse, levantó a Oscar, quien se resistía como podía pero no conseguía escapar. Viendo que ella habría la boca para pedir a la ayuda, la empujó violentamente contra el suelo, y lanzó un suspiro de alivio cuando su cabeza chocó contra una enorme piedra. El hombre arrastró a una inconsciente Oscar hasta la oscura maleza, desde donde observó a los soldados de la Guardia Francesa buscar a su Coronel. Alain se volteó hacia André: -Debió haber hecho una patrulla al otro lado del bosque. -Es muy posible, pero su caballo esta ahí. Reconoce que es extraño. -Ves que no esta aquí, viejo. Vamos a ver en otra parte. Oscar, entretanto, recobró el conocimiento, pero no podía hacer nada, pues el hombre la inmovilizaba bajo su rodilla, le aplastaba la espalda con todo su peso. Ella levantó la cabeza con dificultad, y desde el lugar donde se encontraba, no pudo sino constatar con impotencia que sus soldados daban marcha atrás en el camino. Con sus últimas fuerzas, murmuró: -André... Veía su rostro que le parecía tan lejano, como si estuviese perdido en la bruma. Lo peor para ella fue constatar que vacilaba en abandonar la búsqueda en ese lugar, como si supiese... como si adivinase que ella estaba ahí, en alguna parte, y que necesitaba más que nunca de su ayuda. Pero resignado, André alcanzó a sus compañeros y montó nuevamente su caballo. Entonces, el amigo de Saint-Just rió sarcásticamente: -Habéis visto Coronel, os han abandonado. Nadie vendrá aquí a buscaros. No me queda más que eliminaros. Oscar no escuchaba lo que decía. No pensaba sino en André, y todavía tenia la absurda esperanza que él pudiese regresar y buscarla... Sin embargo, tuvo que admitir que debía salir sola de esa situación. Entonces, con un último arranque y con la poca fuerza que le quedaba, pudo empujar a su agresor quien cayó del otro lado, lanzando un grito de rabia. Oscar se levantó tambaleante, y tomó nuevamente su espada, pero sus manos temblaban; sentía que se deslizaba nuevamente en la inconsciencia... El golpe que había recibido en la cabeza la había debilitado como jamás había estado, y una herida abierta en la sien dejaba escapar chorros de sangre sobre su rostro y uniforme. Avanzó algunos tambaleantes pasos, y terminó por desplomarse, más muerta que viva. Levantando pesadamente los ojos hacia el grupo de soldados que se alejaban, sintió un miedo glacial invadir todo su cuerpo y paralizarle los miembros. Su respiración era jadeante, y tenía la impresión que su corazón iría a quebrarse como un charco de agua helada sobre el cual alguien había marchado. André... en ese instante estaba convencida que no lo volvería a ver más. La sorda angustia que trastornaba sus pensamientos pudo más en ella; tuvo el tiempo justo para ver a su adversario aproximarse hacia ella, con una piedra y un pequeño cuchillo en las manos, antes de caer en las tinieblas. -Y bien André, me pareces pensativo. -Alain, me preocupa el Coronel. No está en ninguna parte, sin embargo su caballo se encontraba todavía en este bosque. Puede ser que haya sido raptado. -Eso me parece poco probable, pero podemos intentar interrogar a las personas del lugar. Arreglaremos este asunto mañana por la mañana a primera hora, ¿está bien? El miedo que descubrió en aquel brillo esmeralda fue la única respuesta que obtuvo. Cuando despertó, Oscar se sorprendió al escuchar, muy cerca de ella, un suave chapoteo de agua. Recién había amanecido, estaba sola, y se sentía horrorosamente mal; todo su cuerpo estaba adolorido, y sus pensamientos eran confusos. Se arrastró hasta la pequeña rivera que se deslizaba muy cerca, los ojos apenas abiertos, apretó los dientes por el dolor que consumía sus puños. La joven sumergió su cabeza en el agua fresca, e intentó sentarse para reconocer su estado. Extremadamente débil, observó primero el bosque que la rodeaba para asegurarse que no había nadie en los alrededores, y sé preguntó por qué su asaltante no la había matado. Luego, bajó la mirada y se paralizó: aparentemente el hombre creyó haberlo hecho. No la habría abandonado así en ese lugar tanto tiempo... algunos minutos a lo sumo. Sus ojos se abrieron de horror y temblando alzó lentamente sus ensangrentadas manos para asegurarse que no soñaba. Las venas de sus puños estaban cortadas. Continuará...