EMOCIONES JUVENILES por Laney Traducido del francés por Yue-chan CAPITULO 2 Oscar, por su parte, era víctima de terribles dudas. ¿Por qué había estrechado la mano de André entre las suyas? ¿Qué locura había atravesado sus pensamientos? Molesta consigo misma respondió indiferente al saludo de la acompañante de André. Los tres subieron al carruaje en silencio; André y la jovencita estaban sentados en la misma banqueta. Oscar reflexionaba sobre si misma. ¿Por qué se había comportado así con él? Podría hacerse más ideas aún. Pero íntimamente, quizá había sentido la necesidad de tomar su mano... sería posible que hubiese necesitado probar lo qué experimentaría en el caso que ambos estuviesen muy próximos. Entonces, ¿qué sentía? Todo era tan confuso en su cabeza... Al final disipó sus pensamientos diciendo que no era ni la hora ni el momento de tener semejantes reflexiones. Su mirada se posó entonces por primera vez en la jovencita que acompañaba a André, y ahogó un grito de sorpresa. Ella era de una belleza desarmante, lo que despertó la curiosidad de la adolescente. Entonces, con un tono cortés, Oscar tomó la palabra: -Mademoiselle, perdonadme por haber estado tan distante hace un rato. Estaba perdido en mis pensamientos. -No es nada, Monsieur. Traté de encontrar un hermoso vestido para el baile, espero que este sea el conveniente. -Estas encantadora, Alicia -respondió André, con ojos brillantes. La jovencita le devolvió una sonrisa encantadora y le tomó del brazo: -¡Eres muy adulador, André! En castigo, será necesario que me enseñes a bailar. -Debo reconocer que no tendréis mejor maestro -dijo Oscar con un tono mordaz. Ella estaba furiosa. ¿Dónde diablos su amigo había encontrado a esta joven? Parecía ser la perfección hecha mujer. Belleza, amabilidad, cortesía, gracia. La adolescente sentía la sangre bullir. En un abrir y cerrar de ojos, su opinión sobre Alicia había cambiado. Sin preguntarse por qué, ya sabía que detestaba a la linda jovencita que tenía en frente. André por su parte, contemplaba la escena con un aire pensativo. Nadie más dijo una palabra hasta que el carruaje llegó a su destino. Oscar se levanto primero, y dijo con voz seca: -André, me reuniré con ambos aquí en dos horas. Abran bien los ojos. Y ella subió lentamente las escaleras de mármol que conducían a la entrada de la sala de recepción de Mme de la Grange. "Ánimo Oscar, no estarás por mucho tiempo. Animo..." Alicia se volvió hacia su pareja, con una mirada interrogativa: -Se diría que tu amigo no me aprecia mucho. -No te preocupes, él no se siente bien -respondió de forma risueña. Estaba encantado de ver el giro que tomaban los acontecimientos. Después de haber saludado a Mme de la Grange, Oscar se puso a inspeccionar el parque que rodeaba el castillo. Los violines y clavecines habían empezado una nueva danza, pero ella no sentía envidia al contemplar la maravillosa pareja que formaban André y su acompañante. "Imagino que pensará vigilar los alrededores en lugar de jugar a los galantes" se dijo Oscar con rabia. De repente, se llevó una mano a la cabeza. "¿Pero qué me pasa? Esta joven no me ha hecho nada... sin embargo... no puedo dejar de desear poner mis puños sobre su linda figura... tendré una discusión con André... deberá escoger muy bien sus palabras para explicarme por qué y cómo eligió a esa Alicia..." Sacudió la cabeza. "No sé que estoy diciendo... soy yo la única responsable... yo lo forcé a venir a este maldito baile..." La adolescente llegó cerca de una fuente, y contempló por largo tiempo su reflejo sobre la centelleante agua. "Y bien mi querida Oscar, no es halagador", susurró una pequeña voz en su cabeza. "¡Mírate un poco! Tienes la apariencia del más perfecto caballero en este uniforme, que no es otra cosa que un disfraz... Quieres ocultar a los otros tu femineidad, tu misma quieres ignorarla... ¿Pero podrás mantenerte así por más tiempo? Me parece que después de todo este tiempo, tienes mucho mal que eliminar, esa parte de mujer oculta en lo más profundo de ti... Ella no quiere sino un rinconcito en tu corazón... y en tu mente... Ella quiere vivir, Oscar... Esta mujer en ti, no aspira sino a la vida... fingir ignorarla te matará a lentamente..." Una triste sonrisa se dibujo en el rostro melancólico de la joven. Ella no dejaba de parecer cortés, alegre y seria ante los ojos del mundo, cuando era necesario, pero la verdad era que por dentro estaba en llamas. "Mi mal humor repercutió en André... él no lo merecía... Sin saberlo, me recordó que yo era diferente de él y los demás hombres... y por haberme hecho tomar conciencia de eso, me mostré detestable con él, casi inhumana... y él no dijo nada..." Oscar interrumpió su reflexión pues había escuchado unos pasos. Frunciendo el ceño, siguió discretamente la sombra de un hombre que se escurría entre los árboles de la propiedad. Luego de un rato, el individuo, con los bolsillos llenos de joyas, al sintirse seguido se detuvo bruscamente y sacó un arma en dirección de Oscar. Ella fue tan rápida como él. Ambos se encontraron frente a frente, esperando un gesto. La adolescente gritó: -Tirad vuestra arma, Monsieur. Si lo hacéis os prometo no disparar. -Sin embargo, ¿vos creéis que voy a dejaros arrestarme? -respondió el otro con una sonrisa burlona. -Vos me obligáis. Ambos dispararon al mismo tiempo, y cayeron al suelo. La bala había rozado el brazo derecho de Oscar, haciendo brotar sangre sobre su inmaculado uniforme. Pero la herida no era grave, y la joven se levantó casi de inmediato para constatar con satisfacción que su propia bala había logrado dar en la pierna del ladrón. El hombre se retorcía de dolor lanzando oscuras miradas a Oscar. Media hora más tarde, Oscar regresaba al carruaje. André y Alicia ya la esperaban. Viendo la sangre sobre sus ropas, el adolescente se precipitó hacia su amiga gritando: -¡Oscar! ¿Qué te pasó? -Nada, no te preocupes. Estoy bien. Ahora entremos. El consuelo que ella percibió en los ojos de André la reconfortó un poco. En efecto, el torniquete que se había hecho ella misma serviría nada más que para detener la sangre, y sería presionada a regresar al château. Los tres se instalaron luego en el carruaje, que rápidamente avivó el paso. -¿Parece que habéis detenido un ladrón? -le preguntó tímidamente Alicia. -Sí. Pero no he logrado descubrir sus motivaciones. ¿Lo hacía por alguien? ¿Por qué desvalijó solamente la residencia de Mme de la Grange? Temo que estas preguntas quedarán sin respuesta. -Oscar, no me digas que... -Lo pienso en efecto, André. A mi parecer ese hombre se suicidará antes de dejarse encerrar en prisión. Nadie ignora el funcionamiento del sistema carcelario francés. Hubo silencio. Alicia terminó por romperlo con una voz vacilante: -Perdonadme pero no veo donde vos deseáis llegar, Monsieur de Jarjayes. André contuvo una risotada antes de responder con un tono más grave: -¿Nunca has oído hablar del tema, Alicia? -Debo confesar que no. -Es el otro nombre comúnmente otorgado a la tortura -explicó Oscar esforzándose en no gesticular bajo el súbito dolor en su brazo-. Los acusados la sufren automáticamente luego de su arresto, antes de comparecer ante un juez tan sádico como crapuloso. Es increíble lo que la venalidad de los cargos provoca en aquellos a quienes ella engorda. André estaba confundido. ¡Nunca había visto a su amiga criticar así al sistema! Definitivamente, nunca terminaría de sorprenderlo. Llegando a Paris, ante la casa de Alicia, los dos amigos esperaron a que ella abriese la puerta antes de cerrar la portezuela del carruaje. Pero la joven volvió e insistió en estrechar la mano de Oscar, que parecía divertida. "Y pensar que había sido odiosa con ella también...". Sin embargo su arrepentimiento se evaporó cuando vio a Alicia lanzarse en brazos de André y plantarle un beso en cada una de sus mejillas. El adolescente no pareció molesto en lo más mínimo. El regreso al castillo fue silencioso. André fingió observar los paisajes iluminados por la luna para no tener que sufrir la mirada inquisidora de Oscar, que no dijo palabra alguna hasta que ambos arribaron. -Entra, André. Cerraba la puerta de la habitación de su amiga. Ella estaba semirecostada en su cama, la espalda apoyada sobre confortables almohadas. Él traía vendas limpias y agua para tratar su herida. Se sentó cerca de ella, afirmando en tono neutro: -Has tenido suerte que esa bala no haya perjudicado tu brazo. -No te pedí que lo digas -respondió con un tono más seco de lo que hubiese querido-. Deja eso, André, yo me ocupo. -No, no eres razonable. ¿Has visto el torniquete has hecho? No entiendo por qué no quisiste que alguien lo hiciera correctamente en casa de Mme. de la Grange. -Puede ser que deseaba que fueras tú quien lo hiciese, -dijo Oscar sin reflexionar. André, que había acercado su mano hacia ella la retiró inmediatamente. Se dio cuenta de lo que había dicho, ella balbuceó: -Quiero decir... sé que los haces muy bien... deberías ser médico, ¡André, has errado tu vocación! Ella intentó parecer alegre, pero no pudo. "¡Estoy loca! ¿Qué he dicho?" Sin embargo el adolescente recobró su animo y sujeto el brazo de Oscar con dulzura. Sin aliento, ella le dejó continuar y no perdió uno solo de sus gestos. La mano de André liberaba tal calor que Oscar tenía la impresión que abrasaba su piel. Sintió temblar su cuerpo bajo el tierno contacto, y trató de reprimir las lágrimas que se asomaban a sus ojos. "Oh André, no podemos hacer esto... no puedo... no debo..." -Listo, terminé. -Muchas gracias, -dijo ella en voz baja. Él se levantaba para partir, cuando con una voz más segura ella afirmó: -A propósito, no te he preguntado como conociste a Alicia. Ella es encantadora. André se sentó nuevamente en la cama, con una sonrisa en los labios. Con el corazón afligido, Oscar lamentó haber hecho la pregunta. -La conocí durante un paseo en París. Su buen humor llamó mi atención desde el instante que la vi. Llevaba pan con su madre quien protestaba contra el precio, muy elevado en su opinión. Pero ella lo tomaba con filosofía. Es tranquila, gentil, sonriente, y pensé que sería perfecta para aquel baile. "Ella es todo lo que no soy. ¿Puede ser que me haya equivocado? Él no siente nada por mí... no tiene ojos más que para ella... Por otra parte, no puedo ofrecerle nada... no esta vida insensata que llevo... debería estar feliz por su felicidad... no furiosa..." Entonces, con lágrimas en los ojos Oscar murmuró: -Estoy feliz por ti, André. Te la mereces plenamente. La joven nunca había dicho algo así de difícil. Le costó cada palabra. Sin embargo esperaba en vano la respuesta de su amigo, que parecía pensativo. "Él intenta no lastimarme... ¡Oh, mi querido, mi adorado André! ¡Si supieras como maldigo este uniforme! Nunca pude hacer aquello que deseaba... ni siquiera puedo dejar a mi corazón expresarse... no tengo el derecho de amar... no tengo el derecho de amarte..." -Por qué entonces parecías tan arisca con ella? -preguntó al fin. Su pregunta tomó a Oscar desprevenida. Ella frunció el ceño y terminó por decir: -No estaba arisca. Estaba simplemente irritada por su comportamiento dulzón. Sin embargo, no retiro lo que he dicho. Sean felices los dos, y ahora déjame sola. Ella volvió la cabeza y deslizó sus manos bajo la sábana para ocultar su temblor. Pero André no la dejó. Se acercó a ella lentamente y la forzó a mirarlo. La joven sintió un ardor en la comisura de sus ojos. Parpadeó, pero no pudo evitar que las lágrimas inundasen sus mejillas. -¿Qué te pasa, Oscar? -preguntó el adolescente con una voz dulce. -Nada, me duele un poco el brazo. André déjame, te lo suplico. -Tu no eres el tipo de persona que se queja de una herida. Te calmaré enseguida, tus celos respecto a Alicia son infundados. -¿Mis 'celos'? Cómo te atreves... Antes que ella hubiese podido terminar la frase, André la tomó por los hombros y le dio un beso en los labios. El primer instante de sorpresa pasó, Oscar alejó la sábana y se apartó de su amigo murmurando: -Espero que no hayas hecho eso para consolarme, porque... -Lo he hecho porque siempre lo he soñado -interrumpió él. Siempre has sido lo que más me ha importado. Terminaron por intercambiar una sonrisa, y esta vez, su abrazo fue mas apasionado. Oscar tiritó y se acurrucó un poco más contra André. Ya era muy de noche, y ambos no alcanzaban a cerrar los ojos. Sacaron provecho de su felicidad totalmente nueva, el uno cerca del otro, sin decir nada. Pero la joven pensaba ya en el mañana. ¿Cómo podría ponerse ese uniforme nuevamente? Nada más sería igual en adelante... André acariciaba sus cabellos dorados y reflexionaba también. ¿Qué dirían el General, la abuela, y los demás, si ellos se enterasen de lo que había ocurrido?. Estrechó un poco más a Oscar entre sus brazos y se prometió aprovechar su felicidad juntos, sin preocuparse de las opiniones externas. Luego de un rato la joven rompió el silencio: -¿André? -¿Mmmh...? -Creo que tenemos el deber de ser prudentes. -Esa también es mi opinión. -No puedo abandonar mi uniforme, -advirtió ella. -¡Nunca te lo he pedido, Oscar! No quiero en ningún caso interponerme en tu carrera. Seré paciente. -Gracias. ¡Eres tan comprensivo! Siempre has hecho de todo por mí, me has apoyado, has velado por mí... y yo no he hecho nada a cambio por ti. He sido terrible estos últimos tiempos, y... -Me has entregado tu corazón, Oscar. Era todo lo que yo esperaba de tu parte. Ella le acarició la mejilla como muestra de agradecimiento. Pero no podía dejar de pensar en su futuro... André debió sentir que estaba aún pensativa porque murmuró: -¿Qué tienes, Oscar? -Nada... Estoy aquí -respondió estrechándose más contra él. -No... Se que ya estas en otra parte... Te lo ruego, olvida por un momento todo aquello que nos espera. ¡Si supieras cuan feliz estoy de tenerte al fin entre mis brazos! No perturbes este momento, te lo suplico... quiero hacerte feliz el mayor tiempo posible, Oscar. Felices de estar juntos, aprovecharon algunos momentos de su joven despreocupación. Pero la realidad de los acontecimientos volvió a tomar muy rápido la ventaja. Hicieron los descubrimientos que cambiaron sus vidas, conocían los riesgos. Así, no pudieron exponerse al gran día de 17 años más tarde, al alba del 13 de Julio de 1789. FIN