THE ROSE OF VERSAILLES por Fátima Capítulo IX: Un extraño visitante. Sin mucha dificultad, había pasado varios pueblos para llegar a Chalôns. Había cabalgado por días, pues en aquellos momentos el vulgo empezaba a apedrear a los carruajes. Habían saqueos en las mansiones de los nobles, especialmente en la campiña francesa. Los que serían años mas tarde aquellos “Sans cullotes” robaban por los caminos a todos aquellos que aun olieran a aristocracia. ¿Qué robaban? Lo que podían. Si la victima tenia dinero, servia para alimentar a la familia por unos días; si no tenia dinero, una medalla, un anillo, un saco, el peluquín, incluso, las medias de seda, tenían siempre algún valor ponderado en sus mercados de pulgas donde siempre habría algún interesado en aquella mercancía. Alain lo sabia perfectamente. Por eso decidió tomar uno de los más veloces caballos y partir sin mucho dinero. Temió al preguntar por los familiares de Oscar en tabernas y hospedajes o a campesinos en grupo, no quería levantar sospechas en aquellos parajes, donde Jarjayes todavía significaba “nobleza”. Llegó a la sombra de un gran manzanero, donde vio a una anciana tratando de alcanzar alguna fruta; descabalgó de su animal y alzando la mano arrancó una manzana y se la ofreció. La anciana lo miró cándidamente, y en sus ojos azules hubo mucha gratitud. “Ojos azules”... recordó. Recordó lo que producían en él los reflejos azulados sobre unas ojeras pálidas, mientras las pestañas jugueteaban nerviosamente tratando de evitarle la mirada. “Desde aquel beso tan idiotamente arrancado de tus labios” - había pensado. La anciana adivinó que por unos segundos, aquel soldado se había trasportado en el tiempo. Nuevamente le agradeció aquel favor para conectarlo a la tierra. Alain preguntó si conocía a la familia Routhier o Jarjayes. La vieja mujer, asintió y le aseguró que no muy lejos de ese lugar, como a unos kilómetros sobre aquel sendero polvoriento, podría divisar el portal que llevaba a esa mansión. Pudo percibir en el diálogo de aquella mujer, cierta calidez al hablar de Madame Cecile. Al dejar a la anciana, Alain partió sobre su caballo levantando polvareda tras su galope. ************** Jacques estuvo toda la mañana sentado en las gradas de la gran escalera del salón principal. No tenía absolutamente nada que hacer. Le prohibieron ir a los aposentos de Oscar debido a que el niño solo pretendía oír las historias de su heroína, pero ésta no podía forzar su herida. Observaba a su madre y a la gobernanta de la casa realizar los quehaceres, a las mucamas sacudiendo, y limpiando todo el pequeño chateau. De pronto oyó el galope de algún caballo, y segundos después escuchaba los ladridos desesperantes de su perro. Corrió detrás de la sirvienta que tenía como tarea recibir en la puerta. -Disculpadme, podríais vos decirme si en esta casa se encuentra Madame Routhier? El jovenzuelo abrió todo lo que pudo los ojos, y emitió un breve gemido de sorpresa al ver a aquel hombre, de aspecto un poco sucio, lleno de polvo, pero luciendo magníficamente un uniforme azul, con la chaqueta semiabierta y un sudado pañuelo rojo al cuello. “es un soldado de la Revolución como mi tía” había pensado Jacques. -Señor, puedo saber quien busca a Madame? -Inquirió formalmente la sirvienta bajando la mirada y posando las manos sobre su blanco delantal. -Oh, Mademoiselle, decidle que soy Alain de Soisson. Tal vez ella no me reconozca, pero decidle también que fui Sargento en el pelotón que dirigió su hermano, Oscar.- Alain se quitó la boina mientras le hablaba, y con su característico humor, sonrió a la joven mujer, y le guiñó un ojo. La mujer se sonrojó, y paso una blanca mano sobre sus labios mientras le sonreía al Sargento. -Madame no tiene ningún hermano... y no es un secreto para nosotros que Mademoiselle vistió toda su vida como hombre... -dijo aquella joven sonriéndole a Alain. Jacques no pudo resistir aquella osadía de parte de la mujer, por revelar algo sobre su adorada tía, y menos que un hombre desconocido viniera a preguntar sobre la vida de Oscar. -Yo soy el hombre de la casa. Soy el hijo de Madame Routhier: Jacques Routhier. Decidme de qué asunto queréis hablar con mi madre. - lo dijo dando un paso frente a la criada y mirando a Alain desafiantemente con una pequeña espada desenfundada en su mano derecha. Alain no pudo evitar el reír a carcajadas al ver a aquel mozo desafiarlo...Esto irritó más a Jacques, en cuya frente ya se podían divisar algunas venas. -Pero miren nada mas a quien tenemos aquí... Así que tú eres el hombre de la casa... -Sí. Decidme qué queréis. -Entonces te seré bastante sincero, ya que estamos hombre a hombre: En realidad, no vengo a buscar a tu madre, sino a Oscar. Será que sabes algo de ella? El chico miró al hombre y vio en sus ojos algo que le daba cierta confianza como para contarle la verdad, pero, a la vez le molestaba el dejo de osadía que descaradamente aquel hombre manifestaba, especialmente al mencionar “Oscar”. No decía Comandante Jarjayes, o siquiera Lady Oscar, como todos acostumbraban a llamar a su tía. Este hombre venia solo a llamar a secas “Oscar” a aquella mujer, sin demostrar el mismo respeto o admiración siquiera, tal como él sentía por su heroína. Justo en aquel instante, apareció tras la puerta Cecile en el corredor, desatándose el delantal y secando sus manos para saludar a aquel caballero. -Soy Cecilia Routhier. A quien tengo el gusto de conocer? -preguntó a un Soisson bastante desconcertado. -Alain de Soisson, Sargento del Regimiento B de la Guardia Francesa. Si no es mucha molestia, quisiera saber si podríais informarme acerca de su hermana Oscar. Yo fui un gran amigo de Oscar y André mientras ella comandaba el regimiento en Paris. Alain dio un paso hacia atrás, haciendo una pequeña reverencia, con la boina sobre el pecho mientras se presentaba, y Cecilia le extendió la mano a la usanza de la época. El soldado percibió que la misma era de piel muy suave y blanca, mas tenia impregnada en la palma, cierto olor característico a los quehaceres culinarios. El aroma pronto causaría estragos en las fosas nasales del hombre, que no pudo evitar dar un pequeño estornudo al retirársele aquella mano. -Oh! Monsieur de Soisson!... Mil disculpas... es la pimienta! Disculpadme. Cecile se acercó al hombre, y sin miramientos, pronto le extendió el pañuelo que ella usaba al cuello. -Por favor, pasad a la casa, que os ofreceré algo con que pasar esta reacción alérgica. -Madame, no os molestéis por una pequeñez tan insignificante. He estado acostumbrado a peores cosas, y, disculpadme por ser un poco descarado, pero me gustan mucho las comidas muy condimentadas. La mujer no pudo evitar sonrojarse mientras reía alegremente ante aquel seudo galanteo realizado por aquel militar. -Lo que pasa, Sargento, es que estaba con la gobernanta tratando de matar un pollo para el almuerzo, y como el animal se resistía, por poco se nos escapa! Nanny lo atrapó, mas no pudo evitar que el pollo atropellara todos nuestros envases de condimentos y especias... Imaginadlo nada más. Qué vergüenza con vuestra merced! Cecile iba comentando aquel acontecimiento mientras iban ingresando todos al salón. Alain notaba que la descripción que la mujer realizaba era para ella un gran acontecimiento. “Si fuera otra persona, pensaría que es muy superficial...” En verdad, Alain estaba muy sorprendido al escuchar a la mujer comentar los detalles de la aventura de un pollo, porque ella lo hacia de una manera “tan especial” con énfasis en sus gestos, y en aquella sonrisa que ella acompañaba tan naturalmente al hablar. Difícilmente, Cecile hubiera encajado en la Corte de Versalles de donde su hermana estuvo confinada. Los modales de la mujer eran los mismos a los de una gran dama, pero, carecían de la estúpida etiqueta maquillada con arsénico y adornada con pestañas y lunares postizos. En verdad, la espontaneidad de la mujer era lo que había cautivado a Alain. Cecile, tenia mucho parecido con Oscar, o era que Oscar tenia mucho parecido con su hermana mayor. Tenia el mismo color y brillo en el pelo, pero recogido modestamente en un moño hacia atrás. Sus ojos, eran del mismo azul que Oscar pero eran mas brillantes que lo que recordaba de la misma, y los labios iguales de finos que su Comandante. De alguna forma, eran muy parecidas, mas no iguales, porque Oscar en los últimos meses había adelgazado bastante, lo mismo que sus ojeras que se habían acentuado. Su enfermedad había progresado mucho y la había demacrado demasiado. En cambio, Cecile presentaba una robustez exquisita, y aunque sin maquillaje, sus mejillas irradiaban mucha salud. Y había olvidado fijarse en el mozuelo que lo observaba detenidamente cruzado de brazos desde una esquina del salón. Era un chico que presentaba los mismos ojos de la madre, pero, que de alguna forma tenia impregnado en los mismos, ese orgullo Jarjayes que conocía perfectamente en los de Oscar. Aquellas cejas arqueadas le recordaban tanto a su Comandante, cuando ella había aceptado pelear con Jacob en aquella noche fría como bienvenida a su nuevo pelotón. -Y a qué debemos vuestra visita, Monsieur? -En verdad, Madame, tal vez sea un poco rudo en mis modales, pero iré al grano. Tuve noticias desde Paris, que Oscar fue transportada en una carroza con destino a vuestro chateau. Vine a saber de ella. -Monsieur, mi pequeña hermana, estuvo por mucho tiempo enferma sin salir de su cuarto. Demás está decirle que pasó por muchas semanas de depresión. Por eso, tuvimos que encerrarla, porque amenazaba con suicidarse. Pobrecita, no quisiera imaginarme por todas las penurias que habrá pasado. Su vida ha sido marcada por tormentos desde el día que nació. Como me comentaba su nana, desde que mi padre escuchó su llanto instantes después de nacer, y por lo sonoro que era, lo confundió con el llanto de un varón, mi hermana nunca pudo vivir su vida libremente y menos como una mujer. Oscar era tan bella, Monsieur, era tan bella incluso portando ropas masculinas. Yo la quiero muchísimo. De niñas, solíamos jugar en el jardín de la casa de mi padre. Antes que viniera André, Oscar encontraba en mi a la compañía ideal. Mis padres no nos cuidaban lo suficiente, nos ponían a disposición de sirvientes y gobernantas. Mis hermanas vivían para el chisme con las otras jóvenes de alcurnia, y se pasaban de fiesta en fiesta desde la época en que el buen Luis XV todavía daba sus suntuosos bailes en los jardines del Trianon para DuBarry. Mas Oscar crecía, y con los años, era cada vez mas hermosa, aunque no usara los lazos de seda y flores para adornar su rostro. “Cecile, eres mi hermana favorita” me solía decir. Sabed que nunca me perdonó el hecho de haberme desposado cuando ella solo contaba con 11 años y yo 15. Recuerdo su rostro cuando mi esposo anuncio la boda. Sabéis que una vez los descubrí planeando hacer una obra de teatro para deleitar a la familia... Supuestamente, se llamaría Bodas de Sangre, y ella hacia de novio, y el pobre de André, tenia un velo blanco cubriendo su pobre y avergonzado rostro, la trama de la obra seria que luego de casados, mi esposo me asesinaría... -No sabía que vuestra hermana menor contara con un humor bastante negro para hacer semejantes berrinches. -Oh! Sargento, no la conocéis acaso? Ni aun hoy con 33 años pierde esos berrinches! Acaso pensasteis que dirigiéndoos en las barracas ella no demostraba lo malcriada y mimada que era? Con mi padre, siempre se salía con la suya! Durante su convalecencia, se paso maldiciendo a todo el mundo y a su medico, particularmente. Monsieur La Fontaine tiene suficiente paciencia como para soportarla, pues él es su victima predilecta de cada tarde. -Ja ja ja!!! Me cuesta tanto creer que ella se portara de esa forma. Jacques empezaba a refunfuñar desde su asiento algunas palabras inentendibles, pero súbitamente, se entrometió en la conversación: -Pero, ella es la mejor espadachín de todo el reino! -Ciertamente, jovencito. Una vez bajo una fría lluvia, batió en duelo a un compañero del regimiento. El hombre media mas de dos metros, y pesaba a lo sumo, cuatro veces que Oscar... y sin problemas, ella venció a aquel oponente. Desde aquel momento, ya nadie dudo de su liderazgo y menos por ser mujer. -Pero Monsieur... disculpadme por estaros entreteniendo. En realidad vos queréis novedades de ella. -En verdad que si. -Hace unos minutos fui a su habitación y vi que ella estaba profundamente dormida. -luego se volteó a mirar a su hijo- Jacques, amor, podrías ir a fijarte como está tu tía? El joven miró a su madre con aire ofendido y agregó: -Dejándoos sola con un hombre? -Jacques, amor, este hombre, es un amigo de tu tía. Vete por favor a ver como esta Oscar. El niño abandono el salón dando grandes zancadas, y subió las escaleras y de dos en dos, con los puños cerrados y una expresión de malestar en su rostro. En el pasillo ensayó algún que otro comentario para hacérselo a Oscar de aquel hombre, pero la verdad, no estaba muy seguro de qué era ese soldado de su tía... Tocó a la puerta, y como no escuchó una respuesta, de todas formas decidió entrar en la habitación. Oscar estaba completamente dormida, bajo sabanas blancas cuidadosamente perfumadas por la Nana. Estaba en posición fetal, tal como solía dormir de niña. Las manos juntas sobre las cuales apoyaba una mejilla, y sus cabellos ligeramente despeinados, se desparramaban como hebras doradas sobre las almohadas. Jacques se colocó frente a ella, y arrodillándose frente a la cama, la llamó suavemente. Al instante, Oscar abrió los ojos, y vio a su pequeño sobrino con el rostro angustiado. -Que ha pasado, Jacques? -Afuera hay un hombre preguntando por ti. Dice que es un amigo tuyo. La verdad, a mi no me cae bien. -La verdad, a mi no me quedan más amigos vivos, querido. - Dijo ella incorporándose y esbozando una pícara sonrisa en los labios. -Pues este hombre, porta un uniforme igual al que trajiste el día que viniste a mi casa. Es muy atrevido, y esta ahora mismo riéndose a carcajadas con mi madre en el salón. -Uniforme? Es un soldado? Aquí? -Llevo unos dedos a los labios y mirando fijamente al techo, trato de adivinar de quien podría ser. Quien podría saber su paradero, la casa de su hermana...-Jacques, mi amor, dime, acaso ese soldado dijo su nombre? -Si, mi madre lo llama Monsieur De Soisson. -Alain! - dijo dejando escapar un gemido y una mirada entre aterrada y de alegría al jovencito. -Entonces lo conoces tía? Es acaso un buen hombre? Es tu amigo? -Si, Jacques, es un gran amigo mío. Puedes decirle a tu madre que haga pasar a Alain aquí. -Aquí?! - Dijo el chico incorporándose súbitamente. -Aquí, Jacques. Entiende, yo no puedo bajar en este estado, y además, para todos los casos, fui su comandante, “hombre”, y puedo hablar con el tan masculinamente como tú sin sonrojarme. -Pero mírate, Tía! Estas en ropas de dormir... y tu uniforme? Póntelo para que te respete aún mas. Oscar no pudo evitar sonreírle a su sobrino al mirarse a si misma. Vestía una camisa de algodón americano en un tono rosa claro haciendo juego con un pantalón ancho del mismo color. Eran ropas de dormir definitivamente, pero no veía ningún problema ella en recibir a su amigo así vestida... al menos no veía el mismo problema que el chico si veía. Pronto les fue comunicada la decisión de Oscar a las personas del salón. Fin del Capítulo 9º