Aclaración de la autora: A partir de este capítulo, trataré de acercarme al género de “novela histórica”, claro, sin pretender emular a grandes escritores. Las aventuras de Lady Oscar, estarán en función al desarrollo de los acontecimientos históricos. Mis fuentes bibliográficas me animaron a escribir estos capítulos concernientes netamente a la vida de María Antonieta y a la evolución de la Revolución Francesa. Oscar volverá a aparecer en los siguientes capítulos, o eventualmente en estos, pero quiero dejar marcado el cambio de ambiente y de protagonistas. En los anteriores capítulos, obviamente, eran Oscar y André. En estos, serán pues, la Reina María Antonieta, el Conde de Fersen y el Rey Luis XVI, así como toda su familia. El motivo del cambio, se debe a que en estos últimos meses, la temática psicológica y llena de fanatismo que mucha gente quiere llevar a un manga-anime, no me ha satisfecho. He preferido investigar con mis propios medios a los verdaderos personajes de la Francia del Siglo XVIII. Dejo sentado que Oscar no existió, pero, mi curiosidad y fanatismo extremo, me hicieron caer en la trampa de querer dedicarme a buscarla en todo tipo de libros, y como no la encontré, terminé por enamorarme de los personajes que sí existieron. Tal es así que reemplacé a los personajes anteriores para adoptar a María Antonieta, Axel de Fersen y a Luis XVI. Sé que esta declaración tal vez podría hacer que me dejes de leer, querido lector, pero, tengo que sincerarme conmigo misma y contigo, por supuesto, ya que excusándome con la falta de tiempo, escondí la falta de inspiración para seguir escribiendo sobre los personajes de Ikeda y prefiero dejarlo suspendido hasta aquí para no herir tu susceptibilidad, ya que si me has leído 12 largos capítulos, considero que a BeruBara la has de considerar como parte de tu vida o algo así. Te adelanto que, sin embargo, no abandono a Lady Oscar, ni a André a su suerte para terminar este fan fic con la cabeza expuesta de la Reina, o el cuerpo maltrecho del Conde de Fersen en las calles de Estocolmo, al contrario, inició con Oscar François de Jarjayes y ha de terminar con ella. No puedo saber siquiera hasta ahora, si con un final feliz o trágico, y no te preocupes, mucho de lo escrito hasta el capítulo anterior, tuvo un motivo especial, todo ha sido tiempo atrás muy bien organizado. Por algo cada quien está en el lugar donde los he dejado: Oscar en la casa de su hermana, y André en Paris, y Alain sirviéndoles de intermediario. Veremos cómo sigue. Te invito a que me acompañes en esta nueva empresa. Fátima C. Aquino Barrios. Asunción, 11 de agosto de 2004 THE ROSE OF VERSAILLES por Fátima Capítulo XIII: Planes de huida. Palacio de las Tullerías. Desde hacía tiempo que la familia real tuvo que acostumbrarse a vivir en aquel antiguo palacio, donde Luis XIV organizaba sus primeras fiestas. La servidumbre versallesca tuvo oportunidad de conocer en carne propia cuales eran las precariedades que se tenían en aquellas habitaciones en comparación con las comodidades del gran palacio, recordando las viejas charlas de abuelos, tías o viejos parientes que tuvieron el honor de servir al gran Rey Sol. María Antonieta dedicaba sus primeros años a la política. Ya no jugaba a ver quienes estaban de su parte y quienes de parte de Du Barry. Ya no le importaban los intereses austriacos, ni le divertía ver las rabietas de Mercy producidas por sus travesuras en el mundillo político que ella creía manejar. Ahora había mejorado notablemente su caligrafía. Ya no escribía penosamente como la princesa perezosa que era. Ya no estaba su querida institutriz para pasarle tinta a todo lo que ella dejaba al lápiz por inseguridad. No. María Antonieta sin quererlo había entrado a escribir historia en sus innumerables cartas, escritas a cualquier hora del día y de la noche. Una carta, podría significar el ablandamiento del corazón de cualquier rey, príncipe, duque, o conde que estaba fuera de las fronteras francesas. Su error fue que sus cartas fueron suficientes para ablandar el corazón de cualquier rey, príncipe, duque o conde... pero no lo suficientemente enérgicas como para hacerlos traspasar las fronteras y rescatarlos de ese infierno. El hecho de que Talleyrand como obispo de Autun había jurado lealtad a la Constitución Civil del Clero, y hecho jurar a casi toda la Iglesia Católica, fue tal vez la gota que derramó el vaso de la paciencia de María Antonieta y de Luis XVI. Desde esos momentos, empezaban los sueños de abandonar Francia ya sea por el rescate de los Poderes Europeos, o valiéndose de sus propios medios en carácter de fugitivos. Y fue peor para la familia real, ya cuando las tías consiguieron alcanzar con ciertas penurias la frontera y llegar hasta Roma, para oír la misa de Pascua en la Santa Sede. Este hecho fue tan mal visto, que para el traslado de la familia por Semana Santa, se armó tal revuelta, que María Antonieta y los suyos fueron atacados verbalmente por la turba, el carruaje severamente castigado, y los arneses destruidos. La familia real, no se pudo ir a prepararse espiritualmente a St. Cloud ese Lunes Santo del 18 de abril de 1791. Fue ahí cuando Luis escuchó a su esposa hablar más convencida del “Infierno” que estaban viviendo. Los horrores de ese infierno, eran los que hacían que ella solo pensara en la huída. Cuantas veces no arengó con sus rabietas a Luis para que tomara la decisión de huir, cruzar un bosque, un río, una provincia, y salvar así la monarquía! Pero, Luis, estaba con el temor de fracasar en esa empresa, y en no mermar su dignidad de ser el Rey de Francia. A Maria Antonieta eso la exasperaba en extremo. Luego de lo sucedido en Semana Santa, no podían dar marcha atrás. Aunque Luis se negara, en la mente de la reina solo existía esa idea: Debían huir. “Al menos a Luis no le falta nada. Tiene comida, y tiene a toda su familia con él.”- Pensaba María Antonieta... Sus dos hijos, los que quedaban vivos, estaban sanos. También Luis tenía su corona y aún mantenía la cabeza sobre los hombros. Pero ya no tenía el poder absoluto heredado por sus antepasados. Su corona, su cetro y su trono, no valían nada. Cuantas veces habrá oído que Dantón se ventoseaba en él? Muchas. María Antonieta sabía que muchos de sus vestidos, descosidos o remendados sirvieron como trofeo a las esposas de los revolucionarios que quisieron asesinarla el año anterior cuando irrumpieron en el palacio. La princesa Isabel supo que muchos de sus sagrados libros, traídos desde Roma, sirvieron para dar lumbre a los pobres que inundaron las calles de Paris durante el invierno anterior. Luis Charles y María Teresa, no se conformaban al pensar que sus juguetes estaban en poder de otros niños y niñas, que los regalos de toda la corte, ahora pasaban a formar parte del inventario de juguetes de otros tantos niños que como él, no sabían valorar aquellas piezas únicas. Una pelota, un regimiento de soldados de porcelana, una muñeca con vestido de encajes... Debían ahora aprender a conformarse con los caballos tallados en madera por el ex Rey, y con la muñeca de sonrisa bordada en un trapo hecha por la ex Reina. -Mamá, por qué hoy no pueden venir mis primos a jugar? -Porque no les dejan, querido. -Y por qué mi papá no exige que mis tíos dejen venir a mis primos. -Algún día entenderás, que papá no puede exigirles a todos. -Acaso mi padre no es el Rey de Francia, Mamá? -Hijito, por qué no juegas con tu hermana? -Acaso mi padre no es el Rey de Francia, Mamá! -Charles! A tu madre no debes levantarle la voz. María Antonieta estaba de verdad afligida. No sabía cómo hacer frente a las preguntas de su hijo, un tanto impertinentes e ingenuas y que la sacaban de quicio. Su cuñada, Isabel, a veces tenía que reprimir verbalmente a aquel niño que aún se tenía por príncipe heredero. -Quiero saber si mi Padre es el Rey de Francia, por qué no puede exigir que vengan mis primos y todos mis amigos! -Charles! Tu padre no puede exigir a todo el mundo que haga lo que tú quieras! Pero tienes que respetarlo en todo lo que él diga. Para nosotros, sigue siendo el Rey de Francia, y sigue siendo tu padre. El niño guardó unos instantes silencio. Madame Isabel, se acercó a Luis Charles, se arrodilló y tomó uno de los bucles del niño entre sus dedos: -Ahora, pídele disculpas a tu madre. Fíjate cómo la has dejado. A tu mamá le duele el corazón cuando le gritas. El niño corrió a los brazos de María Antonieta y con sus ojitos tristes alcanzó a decirle un “perdóname mamá, no lo vuelvo a hacer”. La reina lo abrazó tiernamente y le dio un beso en la mejilla. Se quedaron así por algunos minutos, hasta que el niño se quedó dormido. En otros aposentos de las Tullerías, Luis estaba tratando de concluir que definitivamente su cuñado, el Emperador, tenía razón al no querer que su hermana y su familia se aventuraran a cruzar Europa como fugitivos. No al menos hasta el día 10 de julio... Pero, en la mente de Luis solo sonaban las palabras “quiero salir de este infierno” que constantemente repetía la reina. “Ha venido a mí siendo toda una archiduquesa de Austria... y hoy, qué puedo ofrecerle sino penas y desdichas”? Madame Isabel había entrado al estudio donde estaba meditabundo su hermano. -Al fin, has decidido algo, querido hermano? -Pues no. Temo por la salud de mi esposa, y sin embargo, su hermano no puede abrirnos paso entre los aliados para que alcancemos refugio en su país. No al menos hasta el próximo mes. Los Poderes no pueden asegurar ningún rescate, no al menos estando nosotros aquí a merced de los revolucionarios. -Esta noche vendrán Estanislao y su esposa a cenar. Querrás discutirlo con ellos, o quieres que llame a la reina en este momento? -No te preocupes, hermanita. Iré yo mismo a hablarle a mi esposa. El rey dejó su lugar y fue a la recámara de su esposa. María Antonieta ya había dejado hace unos instantes a su hijo, durmiendo en su cuarto al cuidado de M. Hugh; ahora se encontraba escribiendo muy concentrada una carta a la emperatriz Catalina. -Madame, necesito hablar con Vos en este momento. -Su Majestad no debe pedir permiso para comunicarse con mi persona. -La carta que vuestro hermano ha enviado advirtiéndonos de los peligros que corremos, me hacen temer por nuestros planes de huida. María Antonieta lo miraba fijamente aún con los dedos manchados de tinta. -Dime la verdad, Señor. Mi hermano se niega a ayudarnos, verdad? -Querida Señora... me temo que no se quiere arriesgar a entrar en una guerra solo para rescatarnos. -Lo único que a mi familia siempre le ha interesado fue arriesgarse por conquistas territoriales, por dinero, por poder. -la mujer había bajado los ojos que parecían llorosos. Se limpió las manos y se puso de pie frente a su marido- Qué pena pueden sentir ellos en sus grandes palacios, por su hermana aquí, con toda su familia, pasando por la angustia de esta mal llamada revolución? -Antonieta, no te desesperes. Todavía tenemos amigos. Lo sabes bien. -Luis... estamos solos! Los amigos que tenemos aquí no tienen la influencia de un rey o de un emperador para librarnos de este lugar. La nuestra debería ser una “Causa de Reyes” y no simplemente el circo que les gusta mirar desde sus tronos. -Todavía contamos con la berlina que M. De Fersen está ocupado en construir. Ya me ha traído los planos finales. -Tengo miedo a arriesgar la vida de mis hijos huyendo por las provincias. -alcanzó a decir con la voz entrecortada- Tengo miedo de que cruzando la frontera, no falte alguno que le tire una fruta a la cara al heredero del trono francés, no quiero que alguien se burle de tu autoridad. -Señora mía. - dijo el rey, posando ambas manos sobre los blanquecinos hombros de la reina. -Qué nos importa la soberbia y el orgullo de nuestros antepasados si podemos conservarnos vivos y juntos? No es más preciado para ti estar con tus hijos y verlos crecer sanos y libres? Para qué quieres darle una corona si toda la vida le amenazarán con arrebatársela violentamente? -Tienes razón Luis Augusto. Discúlpame por incrementar tus angustias con las mías. -El rey la estrechó en un abrazo- Cuando vendrá el Conde de Fersen con los detalles finales de la berlina? -Mañana, señora, mañana. ************* Fersen seguía siendo la luz de esperanza en el corazón de la Reina. Era el príncipe soñado que la rescataría de todas las penurias de su vida, de todos los monstruos que cercaron su corte, y en ese momento, era uno de los pocos amigos que se jugaban la vida por ella. Desde hacia como dos meses, le fue encargada la construcción de la berlina que los alejaría para siempre de París... así como todo el plan de huída. Fersen ya no contaba con mucho dinero para invertirlo - porque para él era una inversión ver a la familia real a salvo, jamás cruzó por su cabeza considerarlo como un gasto- pero, se las ingeniaba como podía para reunir fondos, materiales y hombres de confianza. No escatimó el último esfuerzo en reunir todo cuanto María Antonieta necesitaba. Una mañana al bajar del ático donde dormía en la casa de la Señora de Sullivan, quiso cambiar de ruta por si lo siguieran los guardias o espías revolucionarios. Se dirigió a la casa del carpintero a encargarle unas nuevas instrucciones sobre algunos detalles de la famosa berlina. La casa del carpintero no quedaba muy lejos del palacio, pero para llegar desde la casa M. Craufurd o Mme. Sullivan (que era el mismo lugar) hasta ahí había que ir a caballo. Tomó un caballo prestado de su protector, y se adentró a uno de los barrios más pobres de París. Se creyó perdido por unos instantes, hasta que reconoció que se encontraba sobre Rue Condé... Unas cuantas calles abajo, se encontraba la casa del famoso Dantón. Temió por su vida y sus planes. Como vio que unos guardias patrullaban la zona, decidió bajarse del caballo y encargárselo a un muchacho que estaba frente al bar que estaba en sus narices. Decidió pagarle unas monedas al chico, y adentrarse al bar, al menos hasta que hubieran pasado los guardias. El bar no representaba gran riesgo. Había poca gente, y no temía que alguien lo reconociese. La falta de pelucas, ni arsénico en la cara, una barba saliente y la desprolijidad de sus ropas harapientas no decían que podría tratarse de un Conde. Una vez en la barra, había ordenado un trago fuerte y un tanto pensativo, se dedicó a observar a su alrededor. El interior no parecía tan miserable como lo era por fuera. Había una escalera de la cual descendían mujeres de mala reputación acompañadas de hombres con el cargo de conciencia escondido bajo sus capas y sombreros. Preguntó al cantinero si había algún cuarto libre, y el hombre le respondió que para dormir con una de sus chicas, debía pagar una suma muy fuerte, porque la clientela era numerosa y las prostitutas cada vez más escasas. Fersen le aclaró que no se preocupara, que de ser necesario nada más, él precisaría de alguna de las chicas. Su deseo era realmente salir de la casa de la Sullivan, que día con día se volvía más insoportable y absorbente para él. Ya había comprado una casa en las afueras de París, pero en aquellos momentos, había pensado que lo mejor era mantenerse dentro de la ciudad, cerca de María Antonieta. Pasaron unos días, y decidió mudarse sin darle muchas explicaciones a Leonora, a aquel lugar poco concurrido por gente bien. Al principio las paredes revestidas en terciopelo y madera, y las sábanas de seda le hacían la idea fabulosa y lujuriosa de querer pasar sus noches con alguna mujer que calentara su cama, pero, cada vez que quería estar con alguien, solo le venía el recuerdo de su reina en cautiverio, y la distancia que existía en aquellos tiempos entre una reina de Francia y un conde de Suecia. Pasaba sus horas en tormento pensando, reflexionando, calculando y trabajando en dar lo mejor de sí mismo a María Antonieta. La primera noche, cuando al fin el sueño lo venció, en la madrugada, los ruidos estruendosos de la imprenta que quedaba frente a su alcoba lo despertaron sobresaltado. Pensó que se trataba de algún motín, y apenas atinó a vestirse con algo de ropa y se precipitó al balcón del primer piso que ocupaba. Se percató de que alguien a quien conocía estaba riendo con otro amigo mientras sacaban a la acera, en grandes cajas sus periódicos para que los muchachos los distribuyeran por toda la ciudad. Fersen no lo dudó en absoluto. Tenía que entrevistarse con aquel hombre. Fin del capítulo 13