THE ROSE OF VERSAILLES por Fátima Capítulo XII: 1791 La primavera empezaba a rendirse ante los dulces aromas del verano. Habían transcurrido dos años de Revolución Francesa, y André seguía en Paris, tratando de rehacer su vida dentro de aquello que se podía describir como una crisis social. Alain había aparecido luego de aquel viaje a Chalôns-sur-Marne y le había explicado la situación de Oscar viviendo con su familia. André se alegró de que su abuela estuviera como siempre al cuidado de ella. Al principio era todo efusividad, quiso ir a buscarla, pero, cuando Alain le había dicho que Oscar lo creía muerto, decidió que lo mejor era mantenerse en París y hacer un poco más de dinero, y es que en verdad, le apasionaba su nuevo trabajo. Oscar estaría más que segura en la casa de su hermana, lejos de la fiebre parisina anti-aristocrática ya que la corte seguía en París y Versalles. Alain iba regularmente todos los meses a visitarla. Compartía unos días en la casa, donde Cecile y Oscar le prodigaban muchas atenciones. Oscar no podía ocultarle a su amigo que había un doctor en el pueblo que la acosaba, y Alain se lo volvía a repetir a André: -Te imaginas, viejo? “La está acosando” “Ay, qué miedo... me siento acosada”... Jajaja... Vaya comedia que hay que ver en esa casa. -No sé porqué me lo vienes a contar burlándote... Me has dicho que ese doctorcito es un hombre joven. Por qué no se interesaría en ella? Y por qué no ha de interesarse ella en él? -Tienes que verlo... hombre! Va una o dos veces por semana... con un ramo de flores para su amada...Lo gracioso es que las flores, si no terminan en el piso, terminan en algún florero que la hermana por caridad acomoda en la sala, la cocina, o algún lugar donde Oscar no pueda verlas. -Me imagino que no son rosas. Por eso hace esa grosería. A las rosas siempre las ha respetado. -Pues, fíjate que no. Me ha dicho Oscar, que el pobre hombre no conoce de variedad. Si viene lunes, trae claveles rojos, si viene un martes, crisantemos blancos, si lo hace miércoles, margaritas, si aparece un jueves, viene con un popurrí de jazmines con otras flores silvestres, si viene viernes, viene con rosas blancas, y si lo hace sábados, viene con rosas rojas, y si viene domingos, aparece con una fina selección de orquídeas... Oscar se lo sabe de memoria... Y hasta hemos apostado qué flores traería ese día... y me había ganado. Me había dado cuenta de que ese día tocaban las orquídeas. Eran muy lindas, y me recordaban a mi hermana Diane. Ya estaban a punto de parar en el basurero, y se lo había dicho a Cecile. Esas orquídeas eran hermosas para mí. -No me causa gracia que ella esté tirando flores. Querrías llevarle uno de estos días un ramo de rosas blancas? -¿¡¿YO?!? - Dijo Alain dando un paso hacia atrás -No, es una broma... empezaría a sospechar. -Hablando de eso... cuándo irás a buscarla? La pobre sigue siendo fiel a tu recuerdo. Hay días que solo se pasa hablando de ti. No tiene vida propia. Ha quedado como una zombi. -Otra vez con la misma pregunta? Ya te he dicho, quiero que pase esta tormenta llamada revolución. Estoy bien aquí con mis amigos y no quiero ir a caer de mantenido en aquella casa. Ya bastante tienen con la holgazana de Oscar y su enfermedad. -Pues fíjate, que me ha contado Cecile, que nunca termina por curarse de la tuberculosis. Ahora, bien... siempre he tenido la siguiente duda: Si tú y ella ya han ... tú ya sabes... cómo es que a ti no se te ha pegado? -No es de tu incumbencia... verdad? -Ah... Disculpa, señor Perfil Bajo... señor Discreción. -No es una cuestión de discreción, amigo: Es una cuestión de hombría y caballerosidad... -Discúlpame, tienes razón. A veces se me olvida de que hablamos del “gran amor de tu vida” y no solo de una vieja más. Un silencio repentino entre ambos, hizo que se oyeran el movimiento de los papeles que André estaba arreglando en su habitación. -Y cuándo crees tú pasará esto de la Revolución? Ya estamos cansados, nada se puede hacer, el trabajo escasea, y no soy tan culto como tú, que te dedicas ahora a escribir y a traducir. -No sé. Supongo que durará hasta que se decidan con enviar a María Antonieta a un convento, o hay gente que quiere disolver el matrimonio acusándola de infidelidad, así, se libran de una guerra contra Austria, enviándola de nuevo a su país junto con su hija. -María Antonieta en un convento? No te lo puedo creer... esa mujer no se me hace dentro de un hábito. Y en qué convento? El que construirán detrás del Petit Trianon? Ja ja ja... Solo de esa forma podría llevar una buena doble vida. -No creo. No es como la piensas... Hay gente que piensa que desde Austria, enviaría tropas de refuerzo para rescatar a su marido y a su hijo, así que sería mejor enviar envuelta en un paquete dorado su cabeza adornada con sus plumas y diamantes... -Puaj! Eso es macabro. Es morboso... Y no piensas es ahí es cuando el hermano nos enviaría a sus soldados a nuestras fronteras? -Si, lo creo, sin embargo, la guerra se desatará de todas formas y piensan que el Emperador, no reclamaría mucho la pérdida de su hermana. Apenas la ha conocido... Mientras más lejos esté Oscar de este ciclón revolucionario, que promete no dejar cabeza a salvo, pienso que es mejor. Al menos, allá no está corriendo ningún riesgo. En la imprenta que Bernard se había construido en unas calles más arriba, André se dedicaba a traducir algunos libros sobre Derecho y literatura de todas las nacionalidades: las inglesas con algunas inclinaciones hacia la realeza, las americanas, con total apoyo a la Revolución, desde Italia habían periódicos que dedicaban enteramente a estudiar los perfiles de los principales protagonistas. Por las manos de André pasaba a diario mucha información. Quien mejor que él podría manejarlas de la manera más profesional y discreta durante aquellos días, en que un simple rumor creaba situaciones de psicosis y extremo terror en el pueblo. Bernard lo había dispuesto así, desde que se separó de su antiguo socio y decidió montar su propio negocio. Con los conocimientos de André, ampliaba el campo y hacía directa competencia a las imprentas montadas por los revolucionarios. Fin del Capítulo 12