THE ROSE OF VERSAILLES por Fátima Capítulo XI: Confusiones en París. André seguía recuperándose día a día. También seguía aguardando las noticias de su amigo. Progresivamente iban atacándole unas dudas con respecto a si Oscar estaba viva o no. Poco a poco sentía que si Alain no volvía, era por algo malo. Tiffany lo acompañaba todo el tiempo. Le encantaba oírlo acerca de sus aventuras con Oscar, que su esposa era amiga de Maria Antonieta y Luis XVI. André hizo referencia a todas aquellas veces que capturaron bandidos, se enfrentaron a delincuentes con espadas, del duelo de Oscar y el Duque de Gines, del verdadero carácter de Madame de Polignac, el caso del collar que también incluyo a Oscar en la lista de amantes de la Reina. -Me gustaría haber presenciado algo así! Ver a tu esposa vestida de hombre... -Eso no era nada para Oscar. Debiste haberla visto luchando, comandando a sus soldados. La niña cosía unas camisas viejas que le habían regalado las señoras de la hostería. Viejas camisas masculinas, que André solía usar. Había empezado a trabajar como maestro por las tardes, en el bar que se encontraba en la planta baja de aquel viejo edificio. Los niños de la vecindad apreciaban sus enseñanzas y su paciencia. Los padres, pagaban con lo que podían, pues conocían la situación económica del hombre. Tiffany se quedaba mirándolo durante sus clases. Sus niños solían sentarse alrededor del mismo, algunos en sillas, otros, en el suelo... Los padres estaban conformes con que sus hijos aprendieran a leer y escribir... -Hoy Madame Adelaide nos ha enviado una tarta de manzanas y Madame Marianne envió una sopa de verduras. -Ah, si, es que le envié una nota con su pequeño Charles, dándole ánimos de que el chico podría ser un muy buen pintor algún día... y al hijo de Madame Marianne, bueno, acepté dedicarle unas horas extras para enseñarle operaciones matemáticas. Quiere que ayude muy pronto a su padre en su tienda. -Nunca descansas André. Ni siquiera te pagan con dinero, y te desvives por esos niños. André se sentó en una silla y se desabrochó la camisa. La niña terminó los detalles de lo que sería un remiendo en una blanca. -Para qué preocuparnos de obtener dinero si tenemos lo necesario para vivir? -Solo comida? Y con qué pagamos la ropa? -Está bien, Tiffany... voy a conseguir algo por las mañanas. Me pregunto si Bernard necesita a alguien en la pequeña imprenta que está montando. -Solo por las mañanas? -Por supuesto! No pensarás que dejaré huérfanos de conocimientos a estos pequeños! La niña extendió la camisa frente a su propia vista. Luego, la colocó sobre la cama. Antes de salir de la habitación, probó unas cucharadas de sopa, y dio un alegre portazo, para dirigirse tarareando una canción, junto a Madame Savorgnan. André cerró la puerta con el cerrojo herrumbrado, y procedió a desvestirse. Se acercó a la tina de madera que aún tenía agua fresca. Se sumergió en aquel líquido para refrescar su cuerpo. Su pelo negro encrespado iba poco a poco empapándose y adhiriéndose a su piel. Extendió los brazos a los costados y se hundió en el agua hasta las narices. Solo quería reposar... no pensar. Mientras más lo hacía, más temía que volviera Alain con malas noticias acerca de Oscar. El agua iba embriagando sus poros con fresco placer. Placer... no pensar más... no podía, porque en la angustia de saber perdida a su amada, a su mente nuevamente volvían los recuerdos de aquella noche en el bosque. El olor de su piel impregnando todos sus sentidos, las hebras sedosas de su pelo, acariciándole el pecho mientras hacían el amor, la sensación de su calor, de su amor... Luego la excitación de poder sentir el roce de su piel y la mirada pudorosa de su compañera. Y las lágrimas que saltaban luego de la unión física de sus cuerpos. Oscar había amanecido entre sus brazos... cansada un poco de tantos besos y caricias, agitada, pues él había probado que de ella, fue su primera vez. Mientras permanecían abrazados, André la miraba y parecía como que hubiera querido guardar toda la escena para sí mismo por toda la eternidad. Oscar lo miraba desde el azul profundo de sus pupilas... -Oscar -su voz sonó tristisima en medio de la habitación. Pronto abandonó el agua fresca y tomó una toalla envolviéndose y fregándose la piel con ella. Se secó el rostro y sus cabellos, mirando hacia la ventana... Había mucho sol. Se vistió con la camisa que yacía en la cama y revisó unos libros que Chatelet le había prestado. “Iré a devolvérselos, tal vez necesite ayuda en su nueva imprenta. Los panfletos y pasquines circulan más que el pan en estos días. Para hablar mal de la Realeza no lo hacen en dos líneas, además, están los que imitan al querido Marqués de Sade” - pensó irónicamente. Bajó con el plato de sopa al bar de Madame Anne. Allí estaba la pequeña que lo había salvado arreglando unas botellas mientras charlaba amenamente con la mujer. -Madame, no es mucha molestia si os ruego que por favor agreguéis un poco de agua a esta sopa y la calentéis por mi? También os agradecería si concedierais un momento a esta señorita para que almuerce con este servidor. La niña sonrió alegremente y pasó del otro lado de la barra para buscar una mesa donde ubicarse. Anne se acercó a la pareja y sirvió con panes frescos aquella sopa aguada y recalentada. -Sabes? Estoy llevando estos libros a mi amigo Bernard. De boca de Alain supe que estaba con mucho trabajo en su nueva imprenta. -Si? Y sabes dónde vive? -Si, bueno, recuerdo la antigua casa donde vivían Rosalie y él. Supongo que aún lo harán ahí. Si no tengo suerte, pasaré por el Café Du Foy. -Al Café Du Foy? Qué ahí no se reúnen los caudillos de esta Revolución? Aquel rubio demonio que suele circular por esos lares, ha llamado tanto la atención con sus discursos, la vela de Arrás sigue buscando mas adeptos a su causa, y el buen orador no puede evitar pasar todas las tardes por ahí, debido a que esa es la casa de sus suegros, aunque tengo que admitir que la italiana es muy formidable según que oí. -Veo que te informan demasiado. -Cuando acompaño a Madame en el trabajo, siempre oigo comentarios que hacen todos. Ahora se llaman “revolucionarios” y se siente tanto odio por la monarquía. André suspiró hondo. Quería cambiar de tema... ya que el simple pensamiento de ver más sangre lo abrumaba. -Gracias por la camisa. Tiffany lo miró un poco extrañada. No era la respuesta que esperaba escuchar de él. -Si, no es nada.- Hubo otra pausa. La pequeña se fijaba en los modales de su amigo, distintos a los de ella. Lacayo, sirviente, cochero, mucamo y niñero en una casa de nobles, para esa Cenicienta de cabellos rojizos, André representaba al príncipe de sus sueños. -André... - Interrumpió por fin- por qué me suena el apellido Chatelet a la nobleza? -Y desde cuando te has puesto a estudiar genealogías?- respondió el hombre en tono burlón. -Es que, alguien ya me lo ha preguntado. Chatelet suena a aristocracia y a literatura. Lo último, no me extraña, pero lo anterior sí, ya que siempre ha sido pobre y está constantemente llevando la Revolución de pueblo en pueblo con sus discursos de Igualdad. -Bueno, confieso que me dejas aturdido con tus observaciones, pero, a decir verdad, creo que tuvo una tía abuela, que tuvo un romance bastante singular con Voltaire. Era una marquesa, de Chatelet-Lomont. -La amante de Voltaire!!!- respondió la adolescente con gran asombro. -Tú tienes muchos libros de él en tu rincón, verdad? Me cuentas algo de ese romance? -Creo que tu cabecita está llenándose con furor revolucionario, ideas antimonarquistas y chismes de barrio. Pero, te contaré: Bernard se avergonzaría de hacerlo. En realidad se trata de la hermana de la abuela de Bernard. Esta mujer, había sido casada con el marques de Chatelet, y luego de tres hijos, decidió libremente con su esposo, acabar con la vida conyugal. Se dividieron la mansión donde vivían, y en un ala él llevaba amantes y prostitutas de toda laya, hacían fiestas, y como a esa mujer, mucho no le interesaban esos encuentros tan vanos y mundanos, ella se encerraba en su parte de la mansión a leer, estudiar idiomas, física y matemáticas. Ah, recuerdo algo que la Historia habrá de esconder el detalle que a mí me hacía recordar a Oscar... Esta mujer, de joven, y antes de comprometerse en matrimonio, ya tenía bastantes ideas acerca de política, y como su padre no podía contenerla, ella había decidido que el mundo debería de escucharla. -Como Bernard!- interrumpió Tiffany. -Tienes razón, como Bernard; solo que nuestro amigo, es hombre, y no tiene problemas para echar un discurso en cualquier salón o en cualquier calle, arengando a las multitudes. Sin embargo, para Gabrielle, que así se llamaba, era un dilema que necesitaba resolución: Había decidido asistir a un café, y le negaron la entrada al instante. Así que dio media vuelta con vestido, miriñaque, sombrero y toda la pompa, se dirigió a su casa, y mandó a que le trajeran un traje de caballero. Entró disfrazándose de hombre al café de Paris. El mundo la escuchó, y los hombres que se engañaban con sus modales masculinos, admiraban su inteligencia, lo mismo que aquellos que sí caían en cuenta del engaño... Al final, todos se terminaron de percatar de que se trataba de una mujer, pero nadie se decidía a ponerle fin a su incursión como hombre, debido a que Gabrielle era calificada como más que grata compañía. -Y a Lady Oscar? La apreciarían en algún café revolucionario de hoy día? Digo, estaría a la altura de los hombres de letras en sus discusiones con ellos? -Bueno, no es que la quiera elogiar porque la conozco de hace tiempo, pero, la verdad, Oscar era muy culta y refinada. Podía pasar como hombre o como mujer... digamos que sus conocimientos transgredían los géneros. Oscar eliminaba en sus parlamentos las superficialidades de los comentarios femeninos, así como también aquellos llenos de vulgaridades masculinas. Aunque... -André respiró hondo y se llevó los brazos detrás de la nuca- Era difícil que Oscar dejara a alguien ileso en alguna discusión. Si alguien estaba en desacuerdo con su opinión; su espada estaba ahí a su alcance para solucionar cualquier desavenencia. -Jajaja!!! Era una joyita temperamental aquella mujer. -Pues... si. ¿Me dejas continuar con el relato? La niña asintió y se acomodó mejor sobre su silla. André prosiguió: -Gabrielle ahora, marquesa de Chatelet-Lomont, luego de casada y separada, tuvo varios amantes. En aquellos años, el hecho de que un hombre tuviera amantes, no era mal visto, ya sabes, si el mismo Rey Luis XV no disimulaba su vida de lujuria, menos lo haría un súbdito suyo. Sin embargo, que una mujer tuviera amantes, era algo que la sociedad no permitía, pero ni al marqués ni a la marquesa no les interesaba mucho esto. Hasta que apareció Voltaire. Desde el primer momento, los dos genios se sintieron atraídos el uno por el otro, y fue cuando el gran escritor, habló razonablemente con el marqués, solicitándole en amistosos términos, la separación definitiva de su mujer. El marqués dejó la mansión y se fue a vivir a otra propiedad. El romance entre la marquesa y Voltaire, duraría 15 años. Eran una singular pareja, los chismosos de la época contaban anécdotas de cuando iban a hospedarse en la mansión de la marquesa. Decían que solo hablaban de literatura, de política o de física... y que ella y su amante, cuando discutían lo hacían en inglés, latín o griego antiguo... -Para que no les entiendan lo que decían? -No. Lo hacían simplemente porque querían demostrar que eran más cultos que el resto de los mortales. -Ah... y por qué Bernard no se siente orgulloso de semejante antepasado? -Pues... es que, al final, parecía que no era la sensualidad del anticristiano de Voltaire lo que le atraía... y, decidió serle infiel a él con un duque de otro país, creo que Polonia.... de quien se quedó otra vez encinta. -A ver, a los cuantos años nuevamente quedó embarazada? -No te burles. Creo que 43. -Pero André! Cualquiera sabe que nadie sobrevive a un parto a los 43 años! Lo logró ella? -Pues no. Ella no sería la excepción, ya ves... ella murió a los 43 años y su nueva niña, a los 10 días de haber nacido. Voltaire la lloró mucho, por muchos años. Dijo que había perdido la mitad de todo su ser. Hubo una pausa, pero antes de esta, Tiffany notó como un largo suspiro era emitido por André. -Aunque sea una vergüenza para su familia, a mí me parece una historia muy romántica... o será que lo es porque tú la explicas con algo de sentimiento? -No lo sé. Para mí también es romántica... aunque no entiendo cómo pudo serle infiel a Voltaire. -Escribirías un libro sobre ella? Además, su sobrino-nieto es tu amigo. -No confío en tener tiempo, ni talento, ni fuentes de información confiables. Lo que te he contado, no está en libros, pero sí que ha sido repetido constantemente de boca en boca, hasta que a Oscar y a mi nos lo comentó Bernard. Mejor sácate esas ideas de la cabeza, y toma tu sopa que se está enfriando. André apoyó los labios a la servilleta que estaba sobre la mesa, y se levantó con cierta pausa, y dirigió una tierna mirada a la niña. -Es mejor que vaya junto a Bernard ahora. Sino, se me hará muy tarde. Termina tu sopa, y pronto ponte de nuevo a disposición de Madame. Tiffany solo asintió y continuó con su comida. Fin del Capítulo 11