THE ROSE OF VERSAILLES por Fátima Capítulo X: El reencuentro con Alain. Sentada en su cama, cubriéndose las piernas bajo los cobertores, con las manos apoyadas sobre el regazo, y el pelo recogido hacia atrás, Oscar se preparaba a dar la bienvenida a su amigo Alain. Al principio, lucía nerviosa, pues se trataba de alguien que estuvo presente durante los días más importantes de su vida. Alain por un momento, olvidaba que la misión que lo llevó hasta esa mansión porque lo embriagaba esa sensación de volver a ver a su amiga, a su amor imposible, a esa mujer que siempre comandaría en su corazón, aunque él no pudiera decírselo nunca. ¡Cuán feliz debió de ser André con ella! Oscar oía la voz de su hermana que desde el pasillo comentaba la antigüedad de su casa, y que Oscar estuvo convaleciente por unas semanas atrás. Pero no oía con exactitud la voz de Alain. Pronto, Cecile abrió la puerta, y con su acostumbrada sonrisa, asomo su figura tras la madera de la entrada: -Bounjour Mademoiselle... aquí hay alguien que viene a visitaros, querida hermana. Pronto Oscar vio como su hermana daba paso a Alain, quien con una actitud de respeto, tenia agachada la cabeza, y el gorro apretado entre los dedos de su mano derecha sobre el pecho. Apenas lo vio, y Oscar no pudo evitar que las lágrimas asomaran en sus ojos. -Alain... -Oscar... -Mejor acompaño a Nanny a preparar el almuerzo. Monsieur, Vuestra Merced nos concederá mucho placer si nos acompañáis en la comida. -Dijo Cecile retirándose, suspirando hondamente tras la puerta cuando la cerró tras de si. “Al fin ve a alguien que la quiere de verdad” - pensó. Oscar y Alain se miraron por unos segundos a los ojos. Ella se secó las lágrimas con la manga de la camisa, y Alain tuvo deseos de estrecharla entre los brazos sin distinguir en si mismo qué sentimientos tenia en esos momentos hacia aquella mujer, que, si bien sabia que se trataba de alguien que vivió días rudos desde su adolescencia, bajo esas sábanas, se veía tan femenina e indefensa a la vez. -Por favor, Alain, siéntate, pasa... siéntate. -Oscar, de verdad, eres tú?... Te creíamos ... -Muerta?- interrumpió ella con una sonrisa. -Pues si... Tú sabes, nunca más supimos nada de ti... -Ja ja ja... acaso no conoces ese dicho que reza “hierba mala, nunca muere?... Se nota que no me conoces, Soisson. -De verdad que no pensamos que sobrevivirías a aquellas heridas o a tu enfermedad... -De verdad, que luego de cierto tiempo transcurrido fue que por fin pude resignarme a haber perdido a André. Fue en ese entonces que pensaba que mi vida ya no tendría sentido. El único que tenia esperanzas en mí era M. LaFontaine, el doctor que viene a visitarme. -André... bueno...él... Alain pensó por un momento en decirle a Oscar que su gran amor estaba habitando en un oscuro y ruin piso de una vieja hostería de París, pero consideró que sería más emotivo si era el mismo André el que le diera aquella grata sorpresa. Decidió callar aquel gran secreto. Sonrió para si mismo mientras se rascaba la cabeza. -Qué me decías de André? -Preguntó Oscar sin evitar emocionarse. -Si, bueno... André tuvo mejor suerte y no paso por esta “grandiosa” revolución. Oscar notó como Alain gesticulaba con ambas manos las comillas al pronunciar -grandiosa- y preguntó sorprendida: -Acaso no era esta la revolución que esperabas? -Francamente Oscar, no. SI hay algo que he aprendido de ti, fue que vengar con sangre la vida de mi madre y mi hermana no remediaría el daño que nos ha hecho la aristocracia. Acaso con sacrificar a De Launay y a sus leales conseguiría vengar tu muerte? Luego de ver en las picas sus cabezas y a la gente gritar con efervescencia su triunfo en las calles... conseguiría traerlos a la vida a ti y a André? No... solo después de unos días comprendí muchas cosas que quedaron en la nebulosa de mi mente durante los sucesos de la Toma de la Bastilla. -De Launay... sacrificado? Pero, acaso no huyó con unos hombres por Rue de Saint Antoine? -Y crees que la horda de revolucionarios no los alcanzaría? Crees que no me lo entregaron para que los juzgara? Quisiera saber dónde estaban D’Anton, Desmoulins o el mismísimo Robespierre en esos momentos para haber decidido la suerte de aquel miserable... -Supongo que recitando algunos discursos... -Sonrió Oscar algo irónica. -Me lo entregaron Oscar, sabes? El pobre hombre fue golpeado muchas veces antes de llegar a mí, sus facciones parecían menos arrogantes sin aquella peluca, y con las vestiduras ensangrentadas o con rastros de escupitajos... Pensé que diría algo para alegrar a la gente, pero, qué podría alegrar a aquella jauría de perros sedientos de sangre? Nada. Y para derramar la ultima gota, dijo con tanto orgullo “Dios Salve al Rey”. La multitud lo abucheó... y aquel brillo en sus ojos, tan desafiante, no hizo más que despertar mi sentido de venganza, y sin mucho pensar, hundí en su estómago el filo de la espada que me diste. Oscar se llevo una mano sobre los labios y en sus ojos no cabía el asombro del rumbo que había tomado aquel simple levantamiento de hombres y mujeres contra la Monarquía. -Por favor, no me mires así Oscar. Estaba embriagado de la euforia revolucionaria... mis compañeros también. Contaba con el dolor de tu muerte en mi corazón... y mi deseo de ver morir a aquel hombre era acrecentado por el recuerdo de las heridas que vi en tu cuerpo. Lo maté, Oscar... lo maté y me arrepiento tanto de haber manchado mis manos con sangre. Fue ahí que recordé tus enseñanzas... porque luego de que la espada le haya traspasado el cuerpo y que lo haya separado inerte del filo, los revolucionarios lo tomaron y cual practica salvaje lo descuartizaron y se llevaron su cabeza en una pica. Déjame decirte que hicieron lo mismo con sus fieles. Ellos parecían felices...yo no. También tengo que decirte por qué no puedo considerar como algo grandioso la venganza del pueblo contra la aristocracia... porque si bien en estos últimos tiempos, han saboteado, robado, matado y violado cualquier noble posesión, aun no han conseguido ni más trabajo, ni más pan. En Paris, nadie está a salvo, ni rico ni pobre. Supiste que han incendiado la fábrica de papel de Titonville... y sabias bien que el dueño ni siquiera tenia sangre aristócrata. Solo era un burgués que consiguió un buen negocio. No sé si esta rabia general llevará a Francia hacia algún rumbo mejor... Yo sé Oscar, que esperaba una Revolución desde hace mucho tiempo, que estaba cansado de recibir aquella paga miserable cada semana, de pasar hambre y saber que mi familia también lo hacia. Estaba cansado de ver las injusticias cometidas por aquellos que ostentaban su gran titulo... Pero, créeme... ésta de ahora, no es la Revolución que yo quería. Tal vez esta sea la Revolución de los pensadores, de los Robespierre y D’Anton... son ellos quienes se están luciendo... Pero con sus discursos la gente no come, la gente no vive en paz... -Oh! Amigo mío, no sabía cuan profundos eran tus anhelos de bienestar para este reino. -Ja ja... discúlpame Oscar, es que extrañaba poder charlar con alguien de estas cosas... Ya sabes, gente como tu escasea por estos días en los burdeles y tabernas de Paris... -Burdeles y tabernas? No las he frecuentado desde hace mucho tiempo... No me digas que has pasado el tiempo en esos lugares... -Que querías amiga mía? Mis pensamientos estaban nublados por tanta tristeza... Además, debía vagar mucho hasta obtener información que me trajera nuevamente hasta ti. -Bueno, espero que al menos las señoritas de los burdeles hayan sido de más grata compañía que yo... -dijo ella sonriendo pícaramente con la mano sobre los labios. -Por cierto, no te preocupes, ya te he dicho que no he ido a buscar los menesteres de esa clase de señoritas... (nunca dejaras de mirarme como a un niño, verdad?) he ido a buscar información, de ti, del pelotón, escuche al maître Desmoulins... ya sabes, un gran habitué de lugares oscuros. También vi al arpía de tu gran amigo St. Just... Quise entender Su Revolución... pero, no pude. Oscar lo miraba un poco acongojada... trataba de adivinar algo en los ojos de Alain. Sabia que le estaba ocultando algo importante, pero pensaba que cuando llegara el momento apropiado, sería el mismo quien le confesaría cualquier asunto que fuera de su incumbencia. Pasaron algunos minutos que se hicieron horas de buena charla... de pronto, entre risas y risas, unos golpes suaves sonaron en la puerta. Alain sin perder el tiempo, abrió la puerta, y apareció Cecile secándose las manos con una servilleta que guardaba en el delantal. -La comida será servida en el comedor. Si quieres te ayudamos a bajar querida hermana. Monsieur, nos hace el favor de acompañarnos, verdad? -Oh, claro que si Madame. No podría perderme la exquisitez que habréis preparado con vuestras hábiles manos. Cecile solo pudo sonrojarse. -Cecile, no te preocupes, bajaré en unos segundos. Os haré llamar. La mujer se retiró del cuarto de su hermana, y en esos instantes, Oscar aprovecho para lanzar una mirada recriminatoria a Alain. -Recuerda muchachito que mi hermana es mayor que yo, por si no lo sabes, está casada y tiene un hijo que no te soporta.- dijo ella cruzándose de brazos y arqueando una de sus cejas. - Mal pensada como siempre... Menos mal que pasaste mucho más tiempo con hombres que con mujeres... acaso no sabes que es nuestra naturaleza ser galantes...? Oscar no evitó reír a carcajadas... -discúlpame Alain... pero, vosotros, mis soldados, galantes? -Oh, Mademoiselle... acaso nunca alguien ha sido galante con vos? -dijo el soldado extendiéndole la mano, como para levantarla de la cama. Oscar aceptó y Alain la cargó en sus brazos. No pudo evitar que su corazón le galopara en el pecho. Alain la sentía tan frágil, temía mucho que sus huesos se quebraran entre sus brazos. No sabía como cargarla, sus pies quedaron al descubierto y él pudo notar cuán blancos eran. Oscar colgó sus brazos del cuello de Alain y apoyó la cabeza sobre uno de sus hombros. Ella reía, y su risa inundaba todo el pasillo. Alain sentía que algo le quemaba el estomago. A ambos le venia en mente el recuerdo de André... pero para Alain era reconfortante saber que Oscar tenia otra vez ganas de vivir, de reír... tuvo nuevamente ganas de hablar de André, de contarle todo, pero nuevamente reprimió esos deseos. -Oh! Mira eso Nana!!! Mira quien bajó a comer con nosotros!- Cecile daba pequeños saltitos de alegría mientras juntaba ambas manos y sonreía de felicidad. -Mi niña! Con cuidado Monsieur, por favor, con cuidado...! -Descuida Nana, estoy bien... Por hoy me estoy dejando mimar por un galán... Jacques no emitía sonido alguno. Desde su esquina preferida, observaba la escena acariciando a su can... -Míralo, ahí ufanándose de cargar en brazos a mi tía... ni siquiera tiene su mismo rango. -Jacques, querido, lávate las manos y acércate a almorzar. -No, madre, perdí el apetito desde la mañana. -Pequeño ángel rubio... hoy comerás a mi lado... quieres? Hoy quisiera sentirme cortejada por hombres... -El rostro de Oscar parecía irradiar una nueva luz. Tal vez en realidad quería descansar de aquella vida ajetreada que llevó por tantos años... Tal vez, el recuerdo de André y aquel carácter tan apegado a ella y a cada uno de sus caprichos, de repente pudo irse apagando. Alain compartió aquel almuerzo, y varios más durante la semana que permaneció con Oscar y su familia. Jacques aprendió a estimar a aquel soldado. Hacía feliz a su tía. Nada más eso contaba. Nanny obligó a Alain a confesarle los muchos secretos de su nieto... y algunos de su pequeña niña. Cecile siguió preparando los platos que deleitaban a Alain, quien no desaprovechó ningún instante para lanzar piropos a aquella mujer. Alain sabia que debía partir. Había un amigo que esperaba noticias de su mujer... y la verdad, en su corazón, sentía un dolor inmenso al abandonar esos días de alegría entre aquellas personas, pero a la vez, lo consolaba en la partida las ansias de comentarle a André con lujo de detalles acerca de Oscar. Se despidió de Oscar prometiéndole volver muy pronto. Con más amigos y con una importante noticia. -No te olvides de mi, querida Oscar. Cuídate. Pronto volveré y quisiera verte más restablecida... Oscar había decidido salir a la puerta para despedirlo. No ocultó algunas lágrimas. Lo abrazó y le dio un beso en la mejilla. Definitivamente aquella Oscar que comandaba las guardias francesas, masculina y distante, había quedado muy atrás, dando paso a esta nueva Oscar que luchaba consigo misma para hacer aflorar su feminidad. Después de todo el sufrimiento que había pasado, tal vez empezar a vivir como mujer, borraría el dolor de las antiguas heridas. Fin del Capítulo 10