EL ESPEJO PERFECTO AUTORA: BERUSAIYU CAPITULO 5: EL JUEGO DE LA GATA Y LOS RATONES. Catalina entró a la taberna dando grandes zancadas y con el rostro radiante de felicidad y con aire bonachón, pidió unos tarros de cerveza. Le gustó el ambiente tosco que le recordaba a su propio barco “La Española”, uno sin presunciones de ningún tipo, salvo burlar el bloqueo inglés o a los piratas de las aguas cálidas del caribe, los cuales, no tenían ninguna diferencia para ella entre los unos y los otros. Siguió conversando de esto y otras cosas para animar el ambiente. André estaba muy callado, pero trataba de seguir la conversación. Asimismo Antonio, sólo se encargaba de que la mesa no estuviera vacía, alimentando la lengua de su ama. - André, no estés tan callado ¡Di algo hombre!- golpeó la mesa con la palma de su mano. - Disculpadme, no soy de gran compañía- dijo con tristeza. - Vamos, vamos, yo no dije eso. Ya ves a Antonio- rodea los hombros de éste con su brazo- es una gran compañía y un excelente amigo, aunque casi no tenga lengua- le da un golpe en su hombro. - Gracias por el cumplido- Antonio recibe el manotazo con ojos achicados. - ¿Ves? JAJAJAJAJA... André vio la inusual pareja con la calidez que le recordaba su propia amistad prohibida. Sonrió contagiado con las carcajadas de ella y no había ninguna distinción de clase social en esa mesa. Parecían sólo un grupo de amigos iguales entre sí. Este último pensamiento lo turbó de improviso y dio un gran suspiro para el asombro de sus acompañantes. - No es nada- sonrió André- ¿no tienen problemas por ser amigos?- su pregunta salió de improviso como si pensara en voz alta. Reaccionó al darse cuenta de una nueva indiscreción- disculpadme, soy un insensato... Es mi peor defecto. - Ya veo- dijo Cata, cruzando los brazos- eres demasiado imprudente para ser un lacayo- André la miró sorprendido- sin embargo, no entiendo eso de “problemas”, ¿problemas porque Antonio y yo somos amigos? Sinceramente, no sé a qué te refieres- tomó un sorbo de cerveza con los ojos cerrados. Por un momento, quedó turbado ante la respuesta. Pestañeó varias veces hasta que su mirada se posó en el tarro de cerveza sin tocar. Por encima del jarro, llevado a la boca, vio como Antonio hizo otro pedido al mesero, previniendo el deseo de su ama. Esta vez sería ron, el licor favorito de los hombres de mar según los libros de aventuras. Antonio y Catalina eran muy diferentes entre sí. A parte de la diferencia de clases, estaba la de generación. Antonio tenía la edad para ser su padre, aunque lucía más joven de lo que en realidad era. Un abismo los separaba, pero ella no lo veía así. André trataba de comprender esto y no podía. La cabeza comenzó a nublarse con todos esos pensamientos, debatiéndose en su interior. - Vamos, vamos, deja esa cara de amargado André, no me gusta ver así a mis amigos, ¡brindemos por la amistad! ¡Levanta tu jarro!- aulló Cata con entusiasmo. No se notaba afectada por la bebida, pero era de sospechar. - ¿Por la amistad?...- preguntó extrañado, y luego explotó- JAJAJAJAJA, pero qué cosas se te ocurren... nosotros amigos... recién me recordaste que soy un lacayo... JAJAJAJAJA- rió André. - ¡Cómo! ¿Y eso qué tiene que ver? ¡Claro que podemos ser amigos! ¿Quién se opone? Preguntemos ahora mismo- se levanta de la silla, golpea la mesa con el jarro y grita- ¡¡ESCUCHADME HONORABLES CLIENTES DE TAL PINTORESCA TABERNA!! ¿QUIEN SE OPONE A QUE ESTE HOMBRE Y YO SEAMOS AMIGOS? André sintió la mano de Cata en su hombro, aún así, no podía creer lo que estaba sucediendo. La gente del lugar los miró como bichos raros. - ¡Yo le contesto monsieur si nos convida una ronda!- gritó un borracho. - ¡Trato hecho, caballero, si me contestáis con sabiduría os regalaré una ronda a todos!- dijo Cata con aire bonachón. La taberna se llenó de gritos de aprobación. Todos los hombres ahí reunidos querían un jarro de cerveza gratis. El lugar estaba cálido y sudoroso con esos cuerpos de trabajadores, la mayoría venían del mercado laboral después de un duro día bajo el sol. Las paredes estaban descoloridas producto de la humedad y la erosión de los años, sin embargo, emanaban el ambiente cordial de aquel sitio compartido para aquellos, quienes su única alegría está en el compartir un jarro de cerveza con los conocidos. Entusiasmado por la oferta, un hombre se levantó de su mesa trató de caminar un paso, pero tropezó con un charco de líquido, no reconocido que estaba en el suelo, y cayó de bruces. Algunos rieron, procuraron insultos varios, como otros no le dieron importancia. Los menos borrachos se rascaban la cabeza, sin saberse si era por las alimañas o por el esfuerzo de pensar una buena respuesta. - ¡Ya, ya, una jarra de cerveza es buena razón para ser amigo de alguien!- gritó uno. El barullo aumentó producto de las risas. Un mejor argumento no se podría dar, pero Cata no estaba conforme con la respuesta y pidió otra bajo las protestas de su público. Un tipo grandote se levantó de una mesa contigua y con voz ronca dijo muy desafiante: - ¿Y por qué queréis otra respuesta? ¡Si yo quiero ser amigo de alguien, lo soy y punto!- dio un golpe en la mesa con el puño. - ¡Bien dicho!- gritó Cata- ¡tabernero, una ronda para todos! Se creó un gran alboroto gracias a las señales de felicidad de toda la taberna. André estaba sorprendido con el desplante de la condesa frente a un grupo de hombres toscos y sin educación. Quería discutirle sobre lo dicho, porque no era tan fácil entablar una amistad valedera si existía la diferencia de clases. Y estaba pensando esto, cuando se alzó una voz sobre la multitud. - Eso no es del todo cierto, monsieur- se escuchó. Los camareros que de inmediato comenzaron a servir los jarros, se quedaron parados en el bar antes de llegar a las mesas. Los clientes comenzaron a reclamar. Pronto se hizo un poco de silencio. Era un hombre de vestimentas finas, al igual que las de Cata y los demás. Estaba en una mesa con un grupo de hombres de la misma posición. Se notaba hombres de letras o alguien más, que un simple jornalero. - ¿Vos lo creéis?- contestó Cata ante el argumento del imprudente- debiste hablar antes, monsieur, la excelente explicación vino de este hombre y no de vos. Me doy por conforme y podéis cobrar mi palabra ¡Tabernero cumpla la orden!- volvió a mirarlo como pidiendo permiso- Al no ser que estéis en contra de una jarra de cerveza- entonces pasó su vista por la multitud y su tono de voz sonaba a desafío. El sujeto sintió la mirada de odio de esos hombres sobre su persona y vio a qué se refería con el desafío. Estaba en un gran problema si comenzaba a dar explicaciones sin quien lo escuchara, lo importante era la sed de aquéllos, y la conveniencia de ahogar sus argumentos en la cerveza. Como supuso, las protestas no se hicieron esperar. Los hombres deseaban su jarra de cerveza y se abalanzarían sobre él, sino se retractaba de lo dicho. - Tenéis razón monsieur, pasó mi tiempo de hablaros- se sentó en su mesa con los ojos cerrados mientras la multitud regresaba a su dicha por tener bebidas gratis. Doña Cata le hizo un ademán con su cabeza como signo de aceptación y volvió a repetir la orden al tabernero. Pronto el sonido de los jarros chocando contra otros inició la fiesta. - Condesa, ese caballero está en lo co... - No lo creo- fue la respuesta cortante de Cata hacia André. - Pero... - No insistas, eso no tiene importancia André suspiró y, eligiendo el vaso de vino en vez de la cerveza, se lo llevó hasta el fondo de un movimiento. Este seguía dolido con Oscar y la actitud de Cata lo confundía cada vez más. Nunca había conocido una, o un noble como ella. Era tan diferente a los demás, que a veces creía que no existía; que quizás había salido de un cuento de esos de aventuras donde el final feliz era eminente por el optimismo del protagonista. - Me disculpáis monsieur, pero nos haríais el honor de acompañarnos en nuestra humilde mesa- dijo un enviado del sujeto que casi arma un alboroto. - Siempre y cuando mis amigos también estén invitados- respondió Cata con seguridad. - Naturalmente, estáis todos invitados. Seguida por Antonio y André, Cata se dirigió hasta la mesa de esos señores. Eran tres personajes bien vestidos, pero sin portar ropa fina de noble. Burgueses en el buen sentido de la palabra y al juzgar por sus modales y juventud, pasaban por estudiantes universitarios. Los jóvenes se presentaron sin ostentar títulos nobiliarios lo que comprobaba sus suposiciones y, efectivamente, Glenat, Chevalier y Moreu eran estudiantes, ni más ni menos que de medicina. Cata presentó a sus amigos y también a ella misma: - Capitán De La Barca para serviros- dijo sin más. - ¿Español?- preguntó monsieur Glenat. - De la Real Marina Española- agregó. Haciendo un ademán de cortesía se sentaron alrededor de la mesa. Doña Catalina sabía de qué se trataba todo esto, simplemente, el sujeto llamado Glenat quería dar su opinión al respecto de lo ocurrido, continuar donde quedó con su argumento. Sin embargo, Cata no quería escuchar algo sin sentido para ella y André no entendía su actitud cerrada. - ... si es así, sólo os engañáis, existen circunstancias prohibitivas y...- comenzó con su argumento monsieur Glenat. - Todo lo que me decís, lo sé, pero no me interesa- interrumpió Cata- Tal como dijo el ganador, puedo ser amigo de quien quiera. Asombrados, los jóvenes estudiantes no sabían si aquél personaje era idiota o si lo estaba disimulando muy bien. Pronto uno de ellos comenzó a reír. - Jajajaja, muy conveniente de su parte monsieur. - Decidme caballeros, ¿vosotros jugáis?- les dijo mostrando con la mirada a un grupo de hombres apostados en las mesas vecinas que tenían un acalorado juego de dados. - ¿Dados? ¿Y eso qué tiene que ver?- preguntó Glenat. - Muy simple, veremos quien tiene la razón- contestó Cata como si hablara del clima. - ¡Bromeáis! ¿¡Lo jugarán a los dados!?- André sonaba más desesperado que confundido. La reacción de los jóvenes fue la misma de antes. Sorpresa primero, risa después, aunque la diferencia estaría en que por un leve momento sintieron molestia, pensando en que se estaban burlando de ellos, pero la situación era tan insólita que volvieron a estallar en carcajadas. Finalmente, lograron controlarse. - No creo que jugarlo a los dados sea una solución erudita- dijo Chevalier, limpiando algunas lágrimas producto de las carcajadas. - Podríamos discutirlo durante horas sin llegar a una solución ¿Os gustaría más eso? Lo que es yo, no me apetece prolongarlo sólo para llegar al principio. Existe una diferencia evidente entre saber una cosa y creer en ella. No podéis cambiar mis creencias sólo, porque me decís lo contrario- vio los rostros de sus interlocutores- Quiero decir, que sigo creyendo en lo que dijo el ganador. -¿No le tendréis miedo a los debates...?- increpó uno de ellos. - Por supuesto que no, tampoco tengo miedo de jugar contra todos vosotros sin ayuda de nadie. Mis amigos sólo observarán. - De acuerdo, haremos lo que vos deseáis- dijo monsieur Glenat- Sois hombre de acción. Comprendo por qué no queréis debatir con nosotros, pero si os ganamos, deberéis escucharnos todo lo que tengamos que deciros... y jugaremos con dinero. - Me parece justo, y aún más, creeré todas sus palabras y seguiré sus convicciones como si fueran las mías propias. Glenat quedó impresionado con la seriedad de las palabras del capitán y supo que era hombre de honor y como tal, cumpliría lo acordado al pie de la letra. Sin embargo, sus amigos no lo vieron de esa forma. - Un momento, no tenemos por qué seguirle su juego sólo para que este sujeto nos escuche. Es pedantería de su parte- dijo Moreu. André escuchaba la discusión en completo silencio, mirando a los tres hombres como trataban de llegar a un acuerdo. Glenat deseaba jugar con Cata, pero los otros dos estaban ofendidos por la actitud de quien pensaban era un capitán arrogante. - Escúchenme los dos- les dijo Glenat al oído de forma que Cata y los demás no oyeran- no sólo humillaremos a este sujeto en su propio juego, sino que también ganaremos un dinero extra. Suficiente. No eran estudiantes ricos y el dinero siempre les escaseaba, tenían una gran oportunidad de conseguir una suma de forma rápida. Sin embargo, estaba el peligro de perder lo poco que tenían. - No se preocupen, yo nunca pierdo- siguió- además tenemos ventaja sobre él, porque seremos tres contra uno. Terminó de convencerlos, las probabilidades estaban a su favor y todo en contra del presumido capitán. El juego comenzó sin ninguna dificultad aparente. Consiguieron unos dados con el tabernero por unas monedas y quedó como tirador monsieur Glenat. - Te demostraré que yo tengo la razón- le dijo Cata al oído de André. André sintió el cosquilleo en su lóbulo producto de aquellas palabras, las cuales, tenían un significado muy necesario para él y así lo sentía. Sentía que estaba ante alguna revelación divina donde todas sus dudas se aclararían por un segundo. Sin embargo, dudaba. Dudaba de sí mismo y de Cata, de los hombres ahí reunidos, de Oscar y de todos. La angustia comenzó a apoderarse de él y pronto se vio con otro vaso de vino en la mano, mientras los nervios lo comían por la visión de aquel juego sin mucha fortuna para la heroína. Cata perdía 3 rondas contra 2 y en la última estuvo de tiradora, pero no hizo más que lanzar un 2 en el tiro de salida y perdió. - ¡Ojos de serpiente! - ¿Dónde?- preguntó Cata, mirando para todos lados por si veía la serpiente. - Jajajajajaja, los que acabáis de tirar, jajajajaja. Eso fue el colmo, porque quienes estaban alrededor de la mesa comenzaron a reírse de buena gana. André se tomó el trago de un viaje en vista de las 4 rondas perdidas. Pasaron los dados a otro tirador para una nueva ronda. - ¿De verdad sabe jugar esto?- preguntó nervioso. - Un poco de fe, André, mi señora no perderá- dijo con seguridad Antonio. Sus contrincantes sonreían ante la victoria mientras Cata se concentraba en el juego. Ella miraba como batían los dados, tratando de adivinar el número que saldría. André por su parte, se fue a la barra y se sirvió otro trago. No soportaba tanto suspenso cuando sentía que ese juego era tan importante como la vida misma. No sabía por qué ese sentimiento, pero no podía evitarlo. Los gritos de los espectadores del juego llegaban a los oídos de André. Este pensaba sólo en Oscar, y en lo maravilloso que sería si no existieran fronteras para ellos. Su mente divagaba, mas recordaba el juego y su mano temblaba. “Es sólo un juego, André, ¡cálmate!”- pensó. Y siguió divagando. No se dio cuenta del tiempo transcurrido. Los gritos se hicieron más eufóricos y se dio cuenta que nadie atendía a su pedido. Todos los habitantes de la taberna estaban reunidos alrededor de la mesa donde jugaba Cata y los demás. Hasta el mismo tabernero con sus ayudantes estaban apostando sobre los resultados. Salió de la barra a trastabillones. El suelo se le movía un poco cuando llegó hasta el lugar, y por más que se estiró sobre las personas, no pudo ver nada. Si no lo hubiera escuchado no lo creería, las apuestas corrían a favor de Cata con un amplio margen, así que trató de acercarse más, pero un tipo le dio un codazo y terminó en el suelo. - Disculpe amigo, no lo vi- dijo el gordinflón, ofreciendo su mano. - Está bien, ¿cómo van?- preguntó André cuando estuvo en pie. - ¡El capitán está a punto de ganar!- la emoción se veía en su cara- sólo debe ganar esta ronda y no dejar que los otros hagan puntos. - ¿Y cómo hará eso? - ¡Debe sacar un 6 o un 8!, lo hará porque hace rato estuvo peor y salió de milagro- decía moviendo su dinero. Antes de que André le preguntara otra cosa, le dio la espalda para volver al juego con la misma emoción de siempre. André siguió buscando la forma de hacerse paso por el tumulto. - ¡Un seis!- escuchó el coro de hombres. Todos comenzaron a gritar y batir palmas. El capitán ganó después de hacer lo imposible. Algunos pensaba que era un milagro, pero ese milagro les dio muy buenas apuestas entre los espectadores. Glenat se levantó de la mesa de un golpe. Su otro compañero también estaba furioso ya que perdieron el poco dinero que tenían. Cata sólo se limitó a recoger sus ganancias sin ningún comentario. - ¿Y dónde está Chevalier?- preguntó Glenat, visiblemente molesto. - ¡Aquí estoy!- se dejó ver entre la multitud. Chevalier no se veía afectado con la derrota de sus compañeros, al contrario, estaba feliz. Glenat lo miró extrañado, un tanto sospechoso, éste se había retirado antes, porque no le quedaba dinero para continuar y él no insistió en que se quedara hasta el final, pero ahora sentía el abandono de su amigo. - ¿Dónde andabas?- le ladró. - Eeeeh... yo... bueno... por ahí- atinó a responder. Trató de ocultar un bulto en su bolsillo, mas fue inútil. Entre Glenat y su otro compañero le quitaron lo que traía tan escondido: Era el dinero de la apuesta ganada. - ¡Puedo explicarlo, puedo explicarlo! - ¡Apostaste en nuestra contra!- gritó Glenat. - ¡Pues sólo intentaba recuperar el dinero! Tú sabes... la comida, los libros, las...- no terminó la frase. Un puñetazo fue a parar en la mitad de su rostro. Entre Glenat y su compañero lo arrojaron lejos del lugar donde se fue a estrellar contra una mesa, derramándolo todo sobre los dueños de las bebidas. Estos se enfurecieron y comenzaron a golpear a Chevalier y a Glenat. En cuanto al otro sujeto, Moreu se defendía como pudo. Pronto el interior de la taberna se volvió un caos. Todos golpeándose entre sí, mesas y sillas volando. Una jarra le llegó a André en la cabeza y Cata aprovechó para repartir algunos golpes con picardía, pero al mirar a André, concluyó que era tiempo de partir. Se abrieron paso con puñetazos, jarrazos y patadas mientras protegían a André hacia la salida. Antonio atendió al accidentado fuera del local. No era nada serio y recién dieron cuenta que André no podía caminar bien, no por culpa de la herida, sino, porque estaba más ebrio que pirata en fiesta. Este reía y cantaba, y no terminó contra el suelo, porque ahí estaban Antonio y Cata para evitar la caída. - ¡Te felicito, Cata, eres increíble! jajajaja... ¡La Gata de los Dados!- decía André con voz pastosa. - Sólo es un juego... - ... No, no, no... - le interrumpió André. Cerró los ojos medio adormilado. - ¿André?... Cata prefirió guardar silencio como si las fuerzas estuvieran en las palabras y es que lo llevaban cargando entre los dos, cada uno, con un brazo del borracho pasado por sus hombros. De esta manera, lo guiaron hasta los caballos y André se fue en la montura con Antonio, cantando de vez en cuando mientras Cata tiraba del caballo solitario y también tarareaba la letra imitando a su compañero de copas. Jarjayes. Era muy tarde cuando llegaron a la mansión Jarjayes entre risas y canciones. Nadie estaba en pie para recibirlos se suponía que André los traería de regreso a la mansión y no al revés como estaba sucediendo. Antonio sabía donde quedaba la puerta del servicio. Era natural que él supiera esas cosas. Cata no se sorprendía para nada con el completo conocimiento de los lugares que visitaban y como era de suponerse, también sabía del cuarto de André sin necesidad de preguntarle nada al semi-inconsciente muchacho. Lo dejaron en su habitación sin zapatos y encima de la cama a medio vestir. Cata lo tapó con una manta y salieron al pasillo con mucho cuidado, cerrando la puerta a sus espaldas. - Nuestro amigo no sabe beber, ¿eh?- se rió Cata. - Tú tampoco te controlaste mucho- reprendió la embriaguez de su amiga- Ese jueguito lo tomaste muy en serio. - Ya, ya, sólo fueron unos traguitos. Sabes que el efecto se me pasará pronto... ¡Soy un tronco, nada me hunde!- queda erguida con orgullo. - Cuidado tronco con el fuego- desinfló la postura de ella con su comentario mordaz. Cata tuvo toda la intención de reclamarle, pero Antonio se le adelantó- Shshshshshshssssh, sí, lo sé, no hagas ruido, porque despertarás a la gente. Cata se tapó la boca con las manos y miró de un lado a otro. Recién se daba cuenta del volumen de su voz. - Vete a dormir, yo guardaré los caballos. - Bien, bien, lo haré, sólo para que veas cuanto te quiero- sonrió con cara de minina feliz. Antonio sólo dio un suspiro de cansancio y comenzó a caminar, seguido por la mano en alto de su ama, quien se despedía de él mientras se alejaba. Cata se dio la vuelta para ir en dirección contraria, el camino hacia su propia habitación. Dio unos pasos y escuchó un ruido a sus espaldas. Vio una sombra que se tropezaba consigo misma y se extrañó en un principio, pero luego supo de quien se trataba. - ¿André?, ¿qué haces fuera de tu cuarto? - Que... querrría decirte una cosssa- arrastraba la lengua. - Mañana me la dices, porque si me la dices como estamos ahora, quizás se nos olvida, jeje. Vamos, te llevaré de nuevo a tu habitación- pasó el brazo de él por encima de su hombro. - Pe.. pero... ¿tú me llevaste?- no iba a preguntar eso, pero se le olvidó y reaccionó en forma tardía - Sí, sí, Antonio y yo, pero ahora deja de hablar, porque sino despertaremos a todo el mundo. Si seguían así, a más de alguien despertarían. André pasado de copas no estaba consciente del volumen de su voz. Escucharon unos pasos que venían hacia ellos, entonces Cata se apresuró hacia la habitación de André y entró con él lo más rápido que pudo. Con la puerta entreabierta esperó. - ¿Quién...?- fue todo lo que dijo André, porque le taparon la boca con la mano. - Shshshshsh- lo reprendió Cata mientras sujetaba su cabeza con una mano y con la otra le cubría su boca. Los pasos se acercaron más y una voz conocida los sobresaltó a ambos. - ¿Hay alguien ahí?... ¡vaya!, juraría que escuché algo. Era la abuela. Inmediatamente, Cata cerró la puerta con cuidado, sin ruidos. - ¿André? ¡No puede ser que llegara a esta hora!- pensó en voz alta. Cata se apresuró a dar vuelta la llave de la puerta, al tiempo en que la Nana trataba de abrir. - ¿André?- golpeó. Con cara de asustado, André miraba a Cata entre las sombras. Ella intentaba por todos los medios de que se quedara callado. La situación era cómica y a la vez desesperada. Sintió como trataban de entrar otra vez y aguantaron la respiración.