EL ESPEJO PERFECTO AUTORA: BERUSAIYU CAPITULO 4: RONRONEANDO Paseó por la ciudad y le sorprendió la pobreza de los barrios más marginados. En su país también existían esos tipos de lugares, a los cuales estaba acostumbrada a frecuentar, ya que en las ciudades puertos le gustaban los bares de poca monta. Sin embargo, pensaba que la mayor pobreza seguía existiendo en la India bajo el dominio de los ingleses y en las colonias de América ni hablar, pero se trataba de otra clase de pobreza, porque aquellos eran territorios conquistados, no hijos de la patria. Durante el día, anduvo rondando por ahí sin que nadie sospechara de su verdadera personalidad. Usó una capa para esconder su ropa, aunque tampoco pasaba completamente, desapercibida por las calles pobres donde cualquier ropaje, por sencillo que fuese, competía con los andrajos de aquellos franceses. - ¡Cuánta tristeza se respira en este lugar!- dijo a su amigo con voz lastimera. Una mujer con un bebé en los brazos estaba pidiendo limosna - Sí, mi señora, es una pena- contestó Antonio y le pasó una bolsa de dinero. Cata estuvo repartiendo limosnas a esos niños hambrientos que comenzaron a rodearlos. Cuando vació la bolsa, volvió a la mansión Jarjayes en una nube melancólica llena de pesares. Necesitaba descargar el peso de su corazón. Lanzó la capa hacia Antonio, tomó su espada y comenzó a practicar en los jardines cercanos a la casa. Estocada tras estocada, su espada era una extensión de su alma dividida. Cortaba el aire con gran precisión, como separando su propia estirpe; la estirpe de sangre y la estirpe del alma. "Pertenecer a la clase noble ¿Qué era eso?..." - Madame Cata... lina- André volvió a dudar del nombre- Condesa... - André, ¿cómo estás?- sonrió- veo que sigues teniendo problemas con mi nombre. No era el único con ese problema, generalmente, cuando la conocían, ignoraban su verdadera naturaleza, y su nombre de mujer provocaba incertidumbre, cosa que no debía sucederle a la comandante Oscar por tener nombre de hombre- esto último fue lo que pasó por su cabeza antes de decir: - ¡Vamos, André!, ¿Qué tal si ahora me ayudas con la esgrima?- le da una señal a Antonio y éste le lanza una espada a André. Las espadas chocan a la par de una hermosa carcajada picaresca. André trata de mantener el paso, contrastando un poco su equilibrio mientras retrocedía, sin embargo, siente el peso de sus pies y cae al suelo en un trastabillón. Cata esgrime su espada al mentón del asustado duelista y le sonríe burlona. - Debiste girar a la derecha, no a la izquierda- le extiende la mano. - ¿Cuál derecha o cuál izquierda?, sólo vi una sombra que me aplastaba- dice André mientras se levantaba ayudado por la mano amiga. Luego se fija en su imprudencia y se petrifica- Disculpadme, no quise decir eso- unas gotitas de sudor salpicaban en todas direcciones. - JAJAJAJAJAJA...- rió Cata- Está bien, supongo que la comandante Oscar también es una especie de caballo desbocado con la espada, ¿no? - ¿Caballo desbocado?, jeje, sí, algo parecido. No termino en el suelo, pero siempre me quedo sin espada. Es que vos tenéis más fuerza. Cata levanta una ceja por la curiosidad. - Supongo que me estás halagando mi forma de pelear- achica los ojos con picardía. - Claro, claro, eso hago- dijo más nervioso que antes. Cata volvió a sonreír y se acercó a él con paso suave, parecía algo sensual la manera como caminaba. André tuvo la alucinación de que se le acercaba un gato misterioso, y no pudo evitar sentir cierta fascinación por ello. - Te diré cómo debes sostener la espada para bloquear mi ataque- tomó su mano y lo rodeó por atrás. André estaba demasiado impresionado como para contradecir a su maestra. Aceptó las clases con un nerviosismo evidente y su espíritu se inclinaba entre la confusión y el respeto. La piel morena de la condesa contrastaba con la suya. Sintió ese calor tan peculiar, cuando su mano se posó sobre la suya; la espada habría caído al suelo sino es por los reflejos instantáneos de ella. - Ten cuidado, no queremos que pierdas un pie en esta lección- volvió a sujetar su mano e inclinó el cuerpo hacia él- esta es la posición- susurró en su oído. La sangre se le subió a la cabeza. Era una posición muy comprometedora así que debía protestar, pero antes de abrir la boca o rechazar la postura, se dio cuenta de que Cata se retiraba de él con mucha naturalidad y alzaba su espada. - Bien, veamos ahora- dijo seria, algo que lo descolocó totalmente. - Sí...- respondió algo indeciso. Otra estocada, otro golpe, y sus pies reaccionaron al retroceder. Esta vez no perdió el equilibrio. La lección fue todo un éxito y la sorpresa lo hizo feliz por unos momentos y con ganas de seguir practicando. Ella no se negó en absoluto y le enseñó un poco más de lo mismo, haciendo gala de su sabiduría en el arte de la espada. Cerca de ahí, las clases no pasaron desapercibidas para Oscar, quien se dirigía a los establos en busca de su caballo. Esa española tenía una forma muy extraña de practicar con la espada. André parecía un muñequito en las manos de ella cosa que no parecía importarle a él. Las poses guiadas por las manos de la condesa eran las correctas, pero algo no le gustó. Decidió no darle importancia, y siguió hasta los establos donde encontró a César revolcado en una pestilente masa de estiércol. Estuvo a punto de llamar a André, pero no lo hizo. La imagen de un momento atrás se lo impidió. André estaba demasiado ocupado en sus cosas como para molestarlo. Debía ser algo importante si había descuidado a César al punto de tenerlo en esas condiciones. A él nada lo alejaba de sus obligaciones y ahora... Oscar tomó una cubeta de agua y se arremangó la blusa. No necesitaba de nadie para limpiar un caballo, era algo fácil. Podría dar ese paseo sin problemas, sólo necesitaría un tiempo extra para limpiarlo. Con esos pensamientos, mojó el paño con seguridad y lo untó en las ancas del caballo para sacarle la masa pegajosa que estaba en ese lugar. La retiró con cuidado, pero el paño se embarró por completo con estiércol y tuvo que tirar los restos al suelo. Remojó el paño, otra vez, para una siguiente pasada. El agua se ensució mucho con la segunda mano, flotaban pedazos de suciedad pestilente y todavía no limpiaba ni la mitad de ese lugar. Por lo menos había otra cubeta de agua, así que fue por ella. No anduvo dos pasos cuando sintió algo pegajoso en sus pies. Había pisado el estiércol que ella misma botó al suelo para limpiar el paño. No le dio importancia. Era un soldado acostumbrado al manejo de caballos y no era la primera vez, ni la última, que se ensuciaba las botas. Restregó sus botas en la paja para quitarla. No las dejó perfectas, pero podría seguir con su labor. Volvió con la cubeta y esta vez, no estrujaría mucho el paño, lo estrujaría en las ancas para que el agua escurriera hasta el suelo y limpiara mejor. Todo salió como supuso, excepto por el detalle del recorrido final del agua, cuando golpeó el piso, salpicándole encima. Esto no hubiera sido nada si sólo mojaba las botas, pero su reacción instintiva le jugó una mala pasada: Hizo un movimiento brusco hacia atrás para esquivar la salpicada. El caballo movió la cola con fuerza, la cual también estaba llena de estiércol, y le pegó en la cara, parte del cuello y en el hombro. Oscar perdió el equilibrio, tropezó con las cubetas de aguas pestilentes y cayó sobre ellas, mojándose toda. El olor le llegó hasta la médula de los huesos de su pequeña nariz. Quedó un rato estirada de espaldas al suelo, viendo el techo del establo, ése que no veía hace tiempo desde cuando era una niña y se pasaba las horas estirada en la paja del establo en sus horas de juegos con André, y todo esto, para recobrar un poco la noción de lo que había sucedido. - ¡Oscar!- se escuchó el grito de André. Ella se estaba levantando del suelo, cuando lo vio venir desde la puerta del establo. - ¿Estás bien? ¡Pero qué sucedió!- le dio una mano y con eso terminó de pararse- estás toda... toda...- la mira por todas partes- ¿qué pasó? - Nada, el caballo me botó- deslizó la mano por su cabello para despejarse la cara y se lo ensució más de lo que estaba- a César no le gustó mi baño. - ¿Estabas bañando a César?- la mira con la cara llena de incredulidad. Pronto se larga a reír. André reía cada vez con más ganas. Oscar vio la espada de André y algo en su interior comenzó a surgir. Debería estar riendo cómo él, era lo más lógico, pero no estaba tan segura al respecto. Estaba tan ocupado que lo hizo por él y ahora se burlaba de ella como siempre. - Jajajajaja, ¡pero qué estabas haciendo! Jajaja. - Tu trabajo- dijo molesta. - ¿Y desde cuándo haces mi trabajo?, ¿eh? ¿Pretendes cambiar de profesión a estas alturas?- siguió, burlándose. - Cállate, André. - ¿Qué? - Sabes a lo que me refiero, no te burles, lo hice, porque no cumpliste con tu trabajo- la rabia le salía por los poros- quería dar un paseo y los caballos estaban sucios... ¿Qué querías que hiciera? - Pues, buscarme- dijo con simpleza. - ¡Buscarte para qué! ¿Te sigues burlando de mí?- la cara de extrañeza de André la sacó de sus casillas- ¿Por qué siempre te burlas de lo que hago? - Pero, Oscar, yo no... - ¡Basta, estoy harta! Siempre es lo mismo contigo, ¡ya no te soporto!- se dirigió a la salida con paso seguro. - Pe... pe... pero, Oscar.... ¡Oscar!- la angustia estaba marcada en su voz. Trató de detenerla. La siguió hasta el umbral donde la luz del ocaso llegaba casi segadoramente. Alcanzó a tocarla en el hombro, pero obtuvo de respuesta una mirada de odio y ésta lo detuvo al instante. André se quedó ahí, sin poder creer lo sucedido, observando como ella se alejaba camino a la mansión. "¿Qué hice? ¿Qué hice?", era la pregunta que repetía, constantemente, en su cabeza. Por más vueltas que le daba al asunto, no le veía una explicación clara. Oscar no se enojaba así con él por hacerle una broma. Estaba acostumbrada. Sabía como era él, ¿o no? ¿Se había cansado de él? No, cualquier cosa menos eso. Sólo de existir aquella posibilidad, el terror lo embargó como un manto frío, oscuro sobre su piel. Debía hablar con ella y explicarle, disculparse si era necesario. No podía permitir un malentendido. Fue a buscarla con el corazón desbocado en su pecho, lleno de ansiedad, porque no deseaba ver de nuevo aquella mirada de odio en el rostro de su adorada Oscar. - Oscar, ¿puedo pasar?- dijo detrás de la puerta. Sintió un ruido adentro y luego le abrieron. Se estaba cambiando de ropa, mal momento para disculparse, además, Oscar vio la espada que todavía André llevaba en su mano derecha. - Oscar... - ¿Terminaste de limpiar a César? - No, yo... - ¿Y qué estás esperando?- le cerró la puerta en la cara. André sintió un escalofrío recorrer su espalda. Tuvo ganas de llorar, pero se contuvo. Volvió a los establos con la cabeza baja, apesadumbrado con las más tristes sospechas. El peso de su espada se comparaba con el de su conciencia y por eso, no se dio cuenta que era observado desde unos metros por Cata. La mujer se acercó sigilosamente, y vio desde la entrada del establo como el bello sirviente daba principio a su trabajo. Deseaba la reanudación de la práctica, tal como habían quedado, mas no parecía ser el momento correcto para interrumpirlo. Volvió a la casa, pensando en la figura taciturna de ese muchacho. Se veía muy triste y melancólico, casi como el mar tranquilo antes de ser cubierto por la niebla. La noche avanzaba con paso lento cuando terminó con su trabajo. André dejó los caballos hermosos y brillantes, no sólo a César, sino también, a todos los demás, incluso limpió el establo. Estaba cansado, sin ganas de hacer nada, con un ánimo desastroso y muy sediento, extrañamente, no tenía hambre. Antes de irse, vio algo brilloso en la paja. Era la espada. Con todo el ajetreo se le olvido devolverla a su dueña. Si la condesa se molestaba por el olvido tendría graves problemas. Tenía suficiente con Oscar y no era su día, así que debía devolver la espada antes que cualquier cosa. Encontró a la condesa en la sala, leyendo un libro. - ¡Condesa!, disculpadme el olvido, pero no pude asistir a la práctica debido al trabajo- le dijo- os devuelvo vuestra espada. - Supuse que estabas ocupado en algo- aceptó la espada- otro día practicaremos. Me la debes- miró al sudoroso joven y dejó el libro en la mesa con cuidado- Te estaba esperando. - ¿Esperando? - Sí, quisiera ir a alguna taberna local y pensaba que tú sabrías donde encontrarla. Extraño el ambiente rudo de mi tripulación. Soy de naturaleza nostálgica como ves- sonrió. - Conozco un lugar perfecto. Yo os guiaré hasta ahí, pero tendréis que esperadme un momento. Necesito arreglar un asunto primero. - No es mi deseo alejarte de tus deberes. Iremos sólo si estás desocupado, de otra forma, Antonio y yo esperaremos otra oportunidad. - Gracias, es muy amable. Preguntaré si me necesitan y os diré. Así quedaron. André hablaría con Oscar para aclarar el problema de la tarde. Golpeó la puerta de su habitación sin mucho éxito. Descorazonado, se quedó un rato ahí hasta que una sirvienta lo encontró en ese lugar y le dijo que Lady Oscar estaba en la cocina. Las esperanzas volvieron a su alma, aunque si estaba su abuela se arriesgaría a un golpe de los acostumbrados, mas no le quedaba ninguna otra alternativa. Suspiró con tal pensamiento y continuó resignado a la cámara del juicio. - Abuela, ¿has visto a ...?- divisó a Oscar en un rincón. Ella dejó la copa de vino a un lado - Estoy muy cansada, Nana, voy a dormir- abandona la cocina sin dirigirle la mirada a André. El corazón de André se achicó y se le formó un nudo en la garganta. - Oscar...- murmuró André cuando pasó por su lado, pero ella no se detuvo. - Déjala descansar, muchacho, la pobre trabaja demasiado. Ni un hombre podría con ese ritmo que lleva... La vio alejarse en silencio y sus esperanzas volvieron a abandonarlo. - ¿De qué hablaron?- dijo preocupado. Quería saber si hablaron algo de él. - No seas curioso, André, no era nada importante. - Si no era nada importante puedes decírmelo. - ¡Dios, otro terco! ¿Acaso estoy rodeada de ellos?- dijo, sujetándose la cabeza con ambas manos- Está bien, te contaré sólo para que cumplas con tu deber y le impidas seguir con la boca pegada a la botella. Es algo muy feo para una jovencita de su posición. Se lo he dicho muchas veces, pero es tan tercaaaaa, como un mozalbete imprudente que conozco... - No exageres, abuela, a Oscar le gusta beber de vez en cuando y tiene mejor resistencia al alcohol que yo- dijo con una sonrisa. - ¡Cómo puedes decir eso!- le pega con el cucharón en la cabeza. - ¡Ayyyy!- grita André- pero abuela... - ... Una niña como ella no debe tomar de esa forma y... Las palabras de la abuela se extendieron un rato más mientras la mente de André divagaba con las más oscuras sospechas e inseguridades. Si Oscar por alguna razón no lo quería más a su lado y lo despedía... Un temblor azotaba su cuerpo con el solo pensamiento. - ¡Qué chico tan distraído!- dijo la Nana al darse cuenta de la actitud de su nieto. André salió así de la cocina más taciturno que de costumbre. Su única posibilidad quedaba para mañana. Mañana arreglaría las cosas con Oscar, hoy no había nada más que hacer salvo esperar, pero la angustia lo corroía en lo más profundo de su ser. Nunca Oscar estuvo tan fría con él, ni tan alejada como la sintió en esos momentos. Su mirada era diferente, tanto que no la reconoció y eso lo asustaba demasiado. - André, ¿qué te sucede?- escuchó una voz que lo sacó de sus pensamientos. Doña Catalina lo miraba entre las sombras con los brazos cruzado, apoyada en la pared. - Condesa... - dijo sorprendido. - Pareces preocupado por algo- se acercó hacia él- si tienes problemas dejamos la salida para otra ocasión. - No, no, olvidad mi descuido- dijo avergonzado- el general no me perdonaría si no la atiendo como es merecido. Saldremos ahora mismo, sino tenéis inconvenientes. - ¡Fantástico!- exclamó Cata en un aplauso. Salieron rumbo a la ciudad de París, montados en sus hermosos corceles bajo la luz de la luna. Era una noche muy clara y las estrellas se podían ver con la exactitud de un hombre de mar, o en este caso, mujer de mar. Acostumbrada a sentir el viento en su rostro, aceleró el trote seguida de Antonio. Más atrás venía André con rostro melancólico y la mente apesadumbrada con los acontecimientos de la tarde. Un ánimo, totalmente, diferente al de su invitada. Continuará...