EL ESPEJO PERFECTO AUTORA: BERUSAIYU CAPITULO 2: UNA FELINA COMO EMBAJADORA María Antonieta quedó fascinada con el porte de la dama y el rey no podía quitarle los ojos de encima, no sólo porque tuviera una belleza exótica, sino también, porque aquella dama tenía una atracción de poder. Con esto Luis XVI comprendió la razón del rey de España para mandar de emisaria a tal personaje, ya que emitía el poder de un imperio. Ese poder que sólo unos pocos personajes tenían, incluidos reyes, místicos, sabios... Posó su mirada en el comandante Oscar, y lo supo. Después de las presentaciones y saludos preliminares, donde doña Catalina rebeló su título de condesa sin mucha pompa, desplegó una misiva real y comenzó su lectura política. Al terminar, el rey dio su condescendencia por las relaciones bipartitas entre ambos reinos y prometió una respuesta imperial al rey de España. Muy agradecida, la embajadora respondió con una reverencia sin exageraciones, que podría considerarse humilde para una condesa, embajadora, con grado de capitán de corbeta de la real marina española y condecorada por su país. Ella lograba que todas estas menciones pasaran a segundo plano para concentrarlo en lo importante. Los reyes comprendieron esto último, sin dejarse impresionar por el porte de la dama. También, los monarcas se mostraron preocupados por el ataque sufrido a tan digna autoridad. Preguntaron por la salud de doña Catalina antes de seguir con el protocolo. - Estoy bien sus señorías, gracias por vuestra preocupación, pero tenéis increíbles súbditos en vuestro reino. Muy fieles a la corona y de alto estirpe como lo son el comandarte Oscar Jarjayes y don André Grandier - Podéis quedaros en Versalles el tiempo que gustéis- dijo María Antonieta. - No es necesario su majestad. Tengo donde quedarme. Soy invitada de un noble caballero y he dado mi palabra para con él.. - ¡Oh! En ese caso, podéis decirnos, ¿cuál afortunado caballero de mi corte ha sido quien os ha invitado? - Monsieur Jarjayes por su puesto- dijo con una sonrisa. - ¿Oscar?- la reina estaba extrañada. La comandante Oscar iba a protestar, diciendo lo mentirosa que era esa mujer, pero antes que hiciera esto, Catalina se le adelantó. - Más exactamente, el General Jarjayes fue quién lo hizo. El y yo, tenemos asuntos de negocio que debemos atender. Los reyes quedaron conforme con la visita de la embajadora española y le desearon una grata estadía. También, ofrecieron una pronta respuesta al rey de España, y encomendaron a Oscar como su guardia privada por el tiempo en que ella estuviera en Francia. - Oscar, quiero que vos cuides a nuestra embajadora durante el tiempo que permanezca en nuestro país. Esos malhechores pueden volver atacarla y eso produciría un incidente internacional. A Oscar no le gustaba la encomienda que le daba el rey, porque consideraba que ese no era su trabajo. Debía haber otras personas que podrían hacerse cargo de esto. Ella debía su atención sólo a los reyes de Francia. Mientras dudaba en aceptar o no la misión, y para sorpresa de todos, la condesa rechazó dicha protección. - Su majestad- le dijo al rey- no es necesario que el comandante Jarjayes descuide sus obligaciones sólo para protegerme. Yo puedo cuidarme sola- vio en la reina María Antonieta el ademán de la réplica, así que se adelantó- Además, no debéis preocuparos si moraré bajo el techo del comandante... ¿No es como si estuviera protegida del todo? Los reyes se miraron el uno al otro, y aceptaron la postura ingeniosa como algo razonable. El rey sonrió al ver la cara de inocencia de doña Catalina, cosa que la reina María Antonieta no dejó pasar y aprovechó para invitarla a uno de sus bailes en el Palacio de Versalles. Por supuesto, no encontró ninguna negativa, sino al contrario. Así que con estas últimas pláticas, los reyes dieron por concluida la audiencia. Oscar estaba muy intrigada con su nueva “huésped”. La escoltó hasta su casa para tratar de sacarle algo de información, pero resultó ser casi imposible esto último, ya que resultó una maestra en el arte de la evasión. Jamás le contestó una pregunta por más directa que se la hiciera. A cambio de ello, recibió innumerables historias sobre su lucha contra los “odiosos” ingleses. Como obtuvo su apelativo Cata de cat, que significa gato en inglés. Sólo le faltó decir, que también se lo decían por sus ojos amarillentos de mirada gatuna. Parecía un viejo militar recordando sus hazañas, por un momento le recordó a su padre y tuvo que sacudirse el pensamiento con un movimiento de cabeza. - ¿No me creeís?- dijo Cata con una sonrisa. - No es eso...- respondió Oscar al verse sorprendida en su movimiento negativo. - ¡Ah!, entonces, como decía... ¿Dónde iba? - El capitán Smith le apuntaba con sus cañones- le recordó Antonio. - ¡Ah!, cierto, cierto ¡¿Qué haría yo sin ti, Antonio?! - Nada... - Entonces los cañones siguieron apuntando y... Los cuatro siguieron cabalgando con el carruaje lleno de las pertenencias de doña Catalina. Esta siguió contando sus aventuras. Oscar y André quedaron demasiados sorprendidos cuando escucharon el “nada” de Antonio tan lleno de significado. Uno profundo, que valía cada una de sus letras. Al mismo tiempo, la forma como lo dijo fue tan fugaz, que dudaron por un momento si en verdad Antonio habló. Era como si las palabras se las llevara el viento al momento de pronunciarlas, sin que doña Catalina las hubiera escuchado. Al llegar a la mansión Jarjayes, su padre la recibió con gran ceremonia y no le quedó otra cosa que, aceptar a su nueva huésped con toda la hospitalidad de un noble. - ¿Cómo estuvo su viaje?- preguntó muy cordialmente el General. - Algo agitado, pero gracias a vuestro hijo y a don André, estoy de una pieza- le sonrió. - ¡Oh! ¡Qué grata sorpresa!, eso me lo contarán en la cena. Estoy seguro que será un excelente tema de conversación. Esperaremos que ustedes se acomoden en nuestra casa. Deben estar agotados después de tan largo viaje. Después habrá tiempo de tratar lo que nos interesa ¿Os parece capitán La Barca? - Me parece bien. Necesito acomodar mis cosas y darme un baño. Hace días que no como una comida decente y tampoco me baño- rió. Sus carcajadas eran parecidas al de un pirata bonachón que hace una broma. Así todo dio a entender que estaba jugando. Antonio preguntó donde debía colocar las cosas de su señora y André le señaló el camino a las habitaciones de huéspedes. Junto con algunos sirvientes, subieron los dos baúles con sus pertenencias: uno de Catalina y el otro de Antonio. Subían las escaleras bajo la mirada atenta de la Nana. - No me simpatiza esa señora- le dijo a Oscar entre dientes. - Lo sé Nana, es muy extraña- contestó Oscar. - No me refiero a eso- gruñó- no me gusta como mira a mi nieto. No es propio de una dama de su altura comportarse como un tabernero. Oscar sonrió. - Es natural que la convivencia con los marineros la haga un tanto ruda. - ¿Ruda? Yo diría un tanto vulgar- alzó la barbilla y se fue. ¿Vulgar? Oscar no había pensado en eso. Doña Catalina era un marinero, pero no alcanzaba a ser vulgar, quizás rayaba en eso, aunque... no, no le parecía. Esa mujer le simpatizaba de alguna forma. Decidió ir donde su Padre a averiguar la razón de la estadía de tan honorable huésped. Lo encontró en su despacho viendo unos papeles. El general se sobresaltó cuando Oscar entró. - Disculpa, la puerta estaba entreabierta- le llamó la atención el comportamiento de su padre- ¿pasa algo del cual debería enterarme? - No es nada, Oscar, sólo negocios. Oscar no vio el brillo de temor en los ojos del general Jarjayes, ya que estaba de espaldas a ella. Antes de voltear para darle la cara, el general cerró los ojos y en un instante, cobraron nuevo brillo, uno sin sospechas. - El capitán La Barca vino a hablar sobre unas tierras españolas que son de nuestra propiedad. Sólo eso, no es nada importante. Lo importante es que ella vino de embajadora a nuestro país y como había asuntos que tratar, le ofrecí hospedaje. Además, es un gran honor tenerla bajo nuestro techo- se acercó a ella- ¿Te diste cuenta de lo especial que es? Podrías aprender algo de ella. Digo, escuchar sus experiencias en combate “Esa clase la tuve hace poco”- pensó Oscar. - ¿No debería aprender más sobre los negocios de la familia? - No es necesario que te distraigas con este asunto. Te he enseñado todo lo necesario sobre los negocios, más adelante, tendrás la obligación de hacerte cargo tú misma, por ahora, seré yo quien dirija esto, ya que es mi único trabajo después del retiro y casi he terminado con tu educación. - ¿Casi terminado? Creí que me habías enseñado todo lo necesario. - Sobre los negocios sí, pero todavía te faltan algunas cosas- vio la cara de interrogación de su hija- digamos que eres “un poco impulsiva”- hubo unos segundos de silencio- pero no te preocupes por ello, mejorarás como en todo lo que haces. La confianza de su padre le devolvió el espíritu. El siempre le tenía una gran fe, algo muy apreciado por ella. Sentía ese orgullo en sus palabras. Oscar sonrió. - Cómo digas. Iré a descansar un poco antes de la cena. Avísame si necesitas algo- se dirigió a la puerta. - Lo haré, Oscar- contestó, viendo la espalda de su hija al retirarse. Oscar iba camino a su cuarto cuando vio a los sirvientes, que ayudaron a subir los baúles, de regreso a la planta baja. Entre ellos no estaba André. Levantó una de sus cejas, pero continuó su trayecto. En la habitación de huéspedes, Cata sacó algunos trajes de su interés y los puso sobre la cama. - ¿Cuál de éstos, os gusta más André?- preguntó con curiosidad mientras le enseñaba los trajes. - Iré a preparar su baño- dijo Antonio, y se retiró del cuarto. André quedó sorprendido por la rapidez con que Antonio los habían dejado solos. Por un momento creyó, que se había esfumado en el aire y comenzó a sentirse nervioso. - Será mejor que vaya a ayudarlo. Debo señalarle donde están las cosas que necesitará. - No os preocupéis, Antonio encontrará lo necesario por sí solo- dijo sin darle importancia- y bien... no me habéis dicho cuál os gusta. - No creo que yo... - Vamos, ¿no le negaréis un poco de ayuda a una dama?- dijo cruzando los brazos y mirándolo inquisitivamente. André se rascó la cabeza. Observó detenidamente los trajes, todos eran de varones. - Tampoco usa vestidos...- dijo ensimismado. - ¿No te gustan las damas con pantalones?- le respondió Cata con voz suave. Vio la sonrisa de doña Catalina y se mordió los labios al darse cuenta que había dicho una imprudencia. - No dije eso... disculpadme, por favor, no fue mi intención... yo estaba hablando solo...- calló de pronto e hizo una reverencia todo ruborizado. Catalina abrió los ojos de la sorpresa. No le había dirigido la palabra en forma íntima, sino estaba hablando solo y ella comenzó a tutearlo, pensando lo contrario. También, los colores asomaron a su rostro, supuestamente por la vergüenza. - No, no... fui yo quien cometió la imprudencia. Disculpadme- vio la mirada curiosa de André y desvió la vista hacia un lado- Es mejor que os retiréis. - Sí, sí, es mejor, iré a ayudar a Antonio- dijo André, haciendo una reverencia antes de salir del cuarto. “¿Qué me pasa con este chico?”- pensó Cata cuando se vio sola. Sólo había coqueteado como era su costumbre, sin embargo, había algo muy especial en él que la atraía más de lo usual. Ella se conocía bien, el chico le gustaba y quizás debía seducirlo, pero algo le decía que no sería tan fácil como siempre. Ese “tampoco usa vestidos” se refería al comandante Oscar, y si él era tan fiel como Antonio, dudaba mucho que se atreviera a propasarse con los invitados de su ama, aunque, nadie era tan fiel como Antonio, de eso estaba segura. Había perdido la cuenta de cuantas veces la había salvado de la muerte, partiendo por el día en que nació. “¿Será André así?”- se preguntaba. André la había salvado de esos bandidos. Era hermoso, fuerte y hubiera jurado que pertenecía a una noble familia. Quizás era hijo ilegítimo de algún noble. No le sorprendería en los más mínimo si fuese algún niño “erróneo” abandonado para evitar la vergüenza. Esa era una costumbre muy maldita de la clase privilegiada. A veces odiaba pertenecer a esa clase... - Mi señora, está listo el baño- interrumpieron sus pensamientos. - ¡Ah!, sí, muchas gracias Antonio. - ¿Te preocupa algo?- sospechó al instante. Antonio tenía la facultad de leerle la mente. Nada se le escapaba, ¡qué difícil era convivir con un adivino! - Nada, nada, sólo estoy pensando en la cena de esta noche- trató de disimular, dando la espalda. - Es ese chico André, ¿no? Catalina sintió como algo le golpeó la cabeza y se la enterró en los hombros. Volvió a su pose natural después de unos segundos. Alzó su cabeza, con los ojos cerrados, de la forma más majestuosa posible. - Es un chico interesante...- dijo muy seria. - Creo que no debería seducir a éste- le respondió Antonio con la misma seriedad. Ahora el golpe la llevó al suelo, pero se levantó de un salto. - ¡Deja de leerme la mente!- echaba humo de furia. - Es sólo un consejo- le dio la espalda, pero volteó de improviso- el baño se enfriará sino te apuras. Catalina siguió a Antonio por los pasillos, dando grandes zancadas de enojo y refunfuñando entre dientes. Algún día le daría unos azotes a ese sirviente entrometido, pero era inútil desear eso si él tenía razón. ¡Cómo odiaba que siempre tuviera la razón! Continuará.-